I jornadas sobre ideas y activismo político organizado por Prietistas Madrid.

Apertura: Lectura de “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville.

Puntos:
– Gobernanza y gobernabilidad
– Transparencia del Gobierno
– Rendición de cuentas
– Gobierno representativo
– Participación ciudadana
– Democracia electrónica

Cierre: Lectura Indalecio Prieto.

La estructura es de taller. Exposición e interacción. La participación es abierta. El formato es un artículo de dos hojas mínimo o un .ppt de 10. Donde se exponga alguna idea, se reseñe algún libro o teoría, se explique alguna experiencia participativa, se explique un problema, o se lance una propuesta, relacionadas con los puntos de las jornadas.

prietistas@gmail.com

La Giralda de Sevilla

Símbolos, historias, culturas cruzadas, construcción, elevación y sobre todo personas.

I. Tesis y antítesis sobre el municipalismo: valores y conceptos.

II. Sintesis sobre el municipalismo: aplicación.

***

¿Qué esperan los ciudadanos que deberían ofrecer los políticos?

Pensar respuestas para los retos actuales reinterpretando los valores tradicionalmente socialdemócratas y liberales. A la luz de la Convención Municipalista SVQ del PSOE (11-13 Febrero 2011)

“La ciudad es la gente”                 Shakespeare

VALORES Y CONCEPTOS

Cercanía / Proximidad

Los ciudadanos de un municipio aprecian la cercanía de sus representantes públicos.

Tesis. Ser capaces de responder a situaciones concretas que aparecen en la vida de los ciudadanos, ya sea ayundándoles en la resolución de sus problemas o creando oportunidades de desarrollo personal.

Antitesis. Un caso no hace todos los casos. No todo es emic, también hay etic. Un problema de un ciudadano no es el problema de todos, aunque sí es importante. No tomar el todo por la parte. Necesidad de conocimiento estadístico y general a la vez que cualitativo y personalizado.

Transparencia / Ética

Los ciudadanos de un municipio aprecian el control de sus representantes públicos.

Tesis.  La información de la sociedad es de todos y por tanto tiene que ser accesible a todos. El ciudadano paga sus impuestos y el político no puede negarse a rendir cuentas. El desarrollo de la sociedad de la información y una sociedad más formada es incompatible con una sociedad menos informada y atrapada en el laberintos burocráticos. Aspiración a burocracia automática.

Antitesis. La transparencia no puede ser la excusa del filibusterismo, la herramienta del obstruccionista ni del político por vía judicial o administrativa. La reducción burocrática y la mejora del servicio público sólo puede hacer con mayor control político y aumento de la discrecionalidad. No somos antipolíticos, reivindicamos la política para su autocontrol. Transparencia conlleva obligación, como la de respetar los procesos, no filtrar información sesgada y respetar silencios acordados.

Diálogo / Participación

Los ciudadanos de un municipio aprecian la comunicación bidireccional con sus representantes públicos.

Tesis. La representación es mucho más que votar un día cada cuatro años. La representación tiene que ser fiel a lo representado. Esa fidelidad está en tiempo e implica una constancia que no aleje al político del elector. El cambio de los segundos implicará cambio o acción en los primeros. Además el intercambio de opiniones permite afinar y coordinar las opiniones públicas.

Antítesis. No somos asamblearios. El ciudadano no puede imponer su interés particular. Su visión particular le aleja de las dimensiones globales de la sociedad, que afectan al interés general. Hay que dejar libertad de actuación al representante para adaptar su representación al cambio de intereses de la mayoría.

Sostenibilidad / Desarrollo

Los ciudadanos de un municipio quieren que sus representantes públicos mejoren su calidad de vida y su prosperidad.

Tesis. La ciudad no es efímera. Sus proyectos no corresponden sólo a los periodos electorales, sino que son los de décadas y generaciones. La ciudad no vive aislada en el mundo ni tiene su propio ecosistema. Ella también está en la naturaleza y tiene que equilibrarse con ella. Debe cuidar de ella. La ciudad tiene que ser el espacio donde los jóvenes puedan tener un futuro.

Antitesis. Lo sostenible no puede privar de oportunidades a los ciudadanos ni de riqueza al conjunto de la sociedad. La sostenibilidad no es privación. La sostenibilidad no puede ser la desventaja competitiva de una ciudad frente a otras.

Libertad / Personas

Los ciudadanos de un municipio quieren que sus representantes públicos mejoren su calidad de vida y su prosperidad.

Tesis. La ciudad debe ser el lugar donde el ciudadano haga crecer su propio ideal de vida. La ciudad es el escenario de las grandes transformaciones sociales, económicas y políticas. El político tiene que fomentar la autonomía del individuo en la consecución de su plan de vida y en la diversidad cultural, de conocimiento y de actividad para nutrirlo. Se puede cambiar de tribu, se puede no tenerla y a la vez se pueden cuidar a todas las tribus.

Antítesis. La desregulación conduce al caos. Toda tribu contiene el germen de la dominación y la alienación. La ciudad quiere ciudadanos críticos aunque no amorfos sin identidad o simplemente ideales –porque es imposible su existencia, la persona y el colectivo son indisociables-

Fdo. Daniel Casal y Roberto Cadenas

Pensar que se es más de izquierdas en función de que se defienda la jubilación a los 63, 65 o 67, es tan acertado como identificar el nivel de socialismo de un país en función de su mayor número de funcionarios o empresas públicas.

Si uno echa mano de la historia o la filosofía –para lo que hace falta leer un poco- descubre que la medida de la izquierda está en cómo enfrenta la dimensión humana del trabajo y las injusticias fruto del control que de él tienen unos pocos. Hubo un momento en el que conseguir las 8 horas en la fábrica fue un gran logro en un mundo de explotación, de falta de libertades y de esperanza de vida ridícula. Pero un logro parcial. Como lo han sido las vacaciones pagadas o la jubilación. Fue la mitad de un posible camino socialista, que es que el hombre se realice a través de su trabajo y reciba su valor. Unos ideales que tienen que perdurar a diferencia del camino que recorrieron, que va desapareciendo entre revoluciones tecnológicas y crisis financieras.

Fueron sólo una parte porque fue un acuerdo negociado en el que se hicieron concesiones: el trabajo siguió siendo alienante, duro físicamente, repetitivo, jerárquico hasta la sumisión, continuó eliminando la mayor parte de las facultades humanas a favor de la eficacia de la producción en cadena, el trabajador siguió sin preguntarse por el valor de lo producido y nadie tuvo que responder si se atrevía a hacerlo –porque ahí estaba el convenio-, en definitiva, el trabajo no fue ni fuente  de realización ni valió lo aportado. Se perdió en un maremágnum negociado que tendía hacia lo templado, entre redistribución, necesidades, bienestar, empresariado y mercado. Tenía sus logros indudables, pero era sólo una de las posibles fotografías de la izquierda y el humanismo frente al trabajo.

Que a estas alturas, los progresistas recurramos a esos primeros logros y a un mapa de lo que quedó sepultado, cuando intentamos expresar políticamente nuestros principios, podría hacer pensar a cualquier fiel escudero, que estamos muy locos cuando atacamos molinos de viento con nuestras lanzas. Como si estuviéramos de nuevo en esa negociación originaria. Cómo si el mercado del siglo XIX en Europa se pareciera en algo al del XXI o la mayor parte del XX. Lo que no es el caso si es que la realidad nos importa. Y lo que demuestra que muchas de nuestras mentes más representativas ni se acuerdan de los clásicos -Marx- a lo sumo las novelas escritas a partir de ellos, ni saben cómo operan las nuevas empresas ni las posibilidades que ofrecen a los futuros trabajadores –por no decir que ni huelen las nuevas formas de explotación-

El mercado es diferente y las posibilidades del trabajo más aun. Ahora podríamos estar en la negociación de nuevo para buscar lo originario –la universidad pública y las TI abren un mundo nunca imaginado- Podríamos estar explorando que las personas dediquen más horas a su profesión pero que con ello se realicen –lo que se transforma en más formación, libertad de acción e iniciativa- Podríamos estar en que el trabajo debería ser lo menos penoso físicamente y que si es inevitable, las personas dedicadas a ellos tendrían que ir sustituyéndolo o mezclándolo con tareas más intelectuales y organizativas, a cambio del compromiso de formarse y asumir responsabilidades. Deberíamos estar en que cada persona fuese dueña de su trabajo a través de su emprendimiento, de sus posibilidades reales de crear empresas o de asociarse con otros trabajadores en diferentes proyectos. Deberíamos estar en que la gente siga siendo útil a los 65, 70 o 75 si es que vamos a terminar viviendo en unas décadas hasta los 100, 105 0 110 años. Deberíamos hablar de la flexiseguridad y del compromiso individual que tendría que tener todo trabajador con un programa colectivo de izquierdas.

Pero me temo que preferimos pensar la izquierda desde las 8 horas, desde la pertenencia de por vida a una única y tediosa labor y a una empresa, desde el número de los funcionarios por ciudadano y desde el volumen de las empresas públicas. Algunos pensarán que es la medida de su socialismo o de su socialdemocracia. Pero tengo la sensación que es sólo la medida del olvido de lo que da sentido a nuestros valores: el trabajo pleno, un olvido que demuestra que nuestra respuesta es tan estereotipada como la de un ave que de pequeña tuvo su impronta y la repite sin cesar, ya tenga delante otra ave de verdad o un muñeco de goma. Como sombras al final de la caverna.

eliseaja

Después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el papel jugado por el PSOE y el PSC en su defensa, la posterior y multitudinaria manifestación en protesta contra la interpretación de la sentencia y la postura del presidente Zapatero de volver a recomponer posiciones con Cataluña cuidando su fuerte sentido de identidad, un simpatizante socialista, por no decir ya muchos socialistas con cargo, se pueden preguntar si será coherente aspirar a gobernar España mientras se mantiene una actitud de apoyo al Estatuto aunque se diga respetar la criticada sentencia. Y con su pregunta puede plantearse si merece la pena volver a votar PSOE.

Voy a intentar contestar que sí, que es coherente y además que es la mejor opción -aunque como todo proceso complejo tenga sus peligros o sus tensiones a veces inconscientes- que podemos representar en dos partes, por un lado la de socialistas aparentemente más centralistas como Ibarra, Bono, Guerra, etc. y por otro la de socialistas aparentemente más federalistas como Zapatero, Felipe Gonzalez, o Montilla. Y digo aparentemente porque creo que su discurso se apoya en el centralismo o en el federalismo pero sólo de forma tangencial para defender dos aspiraciones básicas del PSOE actual, una que trata al estado como distribuidor igualitario de riqueza -los llamados centralistas- y otra que trata al estado como un proyecto progresivo de cada vez mayor representatividad y mayor división de poderes –los llamados federalistas-

Intentemos reconstruir el panorama.

La izquierda por encima de la identidad defiende la redistribución.

Cuando vimos la manifestación en Barcelona con uno de sus principales carteles exclamando: Somos una nación, nosotros decidimos. Uno piensa inmediatamente, el PSC se está suicidando políticamente. Para defender la identidad la gente vota nacionalistas, para defender izquierda e independencia ya existen otros partidos, y su sitio, si quiere ganarlo, es el de un socialismo que respete la identidad pero no lo encumbre por encima de su tarea de izquierdas y es más, que sólo lo suba al nivel que haga posible enlazar su identidad con el resto de identidades de España, donde también están sus compañeros socialistas. Sobre todo si pensamos que una gran mayoría de catalanes se sienten españoles y catalanes al mismo tiempo como se puede ver en la reciente encuesta  de El Periódico.

Al alimentar esa manifestación y promover una causa de la que él ni siquiera es el mejor representante, el PSC se estaría alejando de su electorado y encima estaría movilizando al del oponente haciendo flaco favor a la izquierda.

Como dice el profesor de la universidad de Barcelona Felix Ovejero en El País, el PSC parece haber alimentado un monstruo que no hubiera nacido sin su ayuda -Tengan en cuenta que Felix Ovejero no es un representante de la derecha catalana, sino de su universidad y de la izquierda, como se puede ver en que sus escritos son referencia en la Fundación Pablo Iglesias del PSOE- Dice en su artículo, La sentencia y la hidráulica:

El argumento tiene dos partes. La primera apela a los hechos. Los políticos catalanes se presentan como portavoces de una realidad que el Estado central se resistiría a reconocer. Una realidad que tiene que ver, sobre todo, con la identidad. El Estatut sería la cristalización política de esa demanda de reconocimiento.

Si hay que tasar esta imagen por su grado de realismo hay que pensar que el guión de la política catalana lo escriben a dos manos Tim Burton y David Lynch, no del todo sobrios. Primero, no había demanda social: según una investigación realizada por una universidad catalana antes de que comenzara este lío, los catalanes éramos de los españoles más satisfechos con nuestra autonomía. Convertido ya el lío en eje de campaña electoral, antes de la victoria de Maragall apenas un 4% consideraba la simple reforma del Estatut como un asunto prioritario. Y el remate: la masiva abstención en el referéndum, a pesar del febril activismo de los medios de comunicación catalanes que, alineados con los poderes políticos y en un no parar hasta hoy mismo, han ahogado cualquier discrepancia bajo la acusación de anticatalanismo. Segundo, es irreal la tesis de la identidad centrada en la lengua, el rovell d’ou del argumento. El desajuste entre la Cataluña real y la oficial asoma por todas las costuras. Una muestra entre mil: la televisión de Barcelona, en aras de la integración de los inmigrantes, mantiene informativos en 20 lenguas, pero no en castellano, la lengua del 61,5% de quienes vivimos en el área metropolitana barcelonesa (el catalán supone un 32%) y, por supuesto, de la inmensa mayoría de los in-migrantes. Tercero: hay una voluntad explícita de escamotear la realidad, como se vio hace apenas un par de meses cuando los votos del Tripartito y CiU en el Parlament vetaron una propuesta de incluir en el censo una pregunta sobre “lenguas de identificación y conocimiento de lenguas de la población de Cataluña”.

El autor continúa señalando además un punto donde el sentido de la izquierda podría chocar frontalmente con un programa nacionalista:

a mí me resulta difícil pensar que la izquierda, y la más elemental sensibilidad democrática, puedan encontrar justificadas las apelaciones a los derechos históricos, a la necesidad de poner límites a la solidaridad o unas políticas lingüísticas que, en un contexto de existencia de una lengua común, tienen consecuencias manifiestamente discriminatorias en el mercado de trabajo, entre los propios catalanes y en el conjunto de los españoles. Pero todo podría ser.

Para terminar señalando que este es un monstruo que nunca se sacia y cuanto más se le da de comer más quiere hasta que llegue a su fin: la independencia.

En la misma dirección escribe Ibarra en el mismo periódico en su artículo Lo que no se puede ni debe ceder:

Lo único que no puede ser España es aquello que vaya quedando después de un proceso continuado de reforma de los estatutos de autonomía. España no puede ser un residuo. Si cada uno piensa en su trozo, alguien tiene que pensar en el todo, y ese es el papel y la responsabilidad del presidente del Gobierno. Para ello, muchos estamos dispuestos a ayudarle desde la lealtad y desde la responsabilidad. Estamos dispuestos a colaborar en un proceso que nos permita saber que nuestros derechos de ciudadano van a seguir estando garantizados por el Gobierno español y que, sea como sea el proceso, no se ponga en riesgo lo que nos es común y lo que nos hace fuertes y diversos.

Apuntando a otra intuición propia del PSOE más republico –en el sentido de pensador de cabecera de Zapatero, Philip Pettit – a saber, que un ciudadano no debe estar indefenso ante los múltiples poderes a los que se enfrenta, que tiene que tener capacidad de influir democráticamente en ellos, para introducir su voluntad en aquello que le termina afectando de una forma indefectible. Con otras palabras, como españoles, cualquier cosa que le pase a España nos afectará a nosotros. Algo que vemos muy claro hoy en día con la crisis, donde hasta las hipotecas de la ciudad más remota de EEUU nos afectan, por no decir la valoración que hacen de nosotros agencias de riesgo, bancos, gobiernos europeos, etc. Si la izquierda hoy en día tendría que querer algo, es una ciudadanía global, donde una persona no sea un simple sujeto pasivo del mundo que le rodea. Y si queremos aspirar a eso con el mundo entero ¿Cómo vamos a renunciar a ser sujetos políticos de lo que pasa en España para quedarnos en nuestro rinconcito? Como dice Ibarra a continuación:

España, como dice Felipe González, es un espacio público que compartimos.

Y sigue:

Yo puedo hacer el esfuerzo de comprender las razones que le llevan a pretender adaptar la legislación a las demandas ciudadanas de algunos territorios para quedarse con 20 o 30 competencias, que nos pertenecían a todos. Pero esas competencias no son del Gobierno, ni siquiera de las Cortes Generales. Esas competencias nos pertenecían a todos los españoles y a ellos no se les ha preguntado para que dejen de ser suyas y pasen a ser de unos cuantos. Sin duda, el Gobierno, al quedarse sin esas competencias, se debilitaría, pero en mi opinión, todos saldríamos más débiles de esa operación.

El nosotros decidimos sobre competencias que son de todos porque nos sentimos nación, es un acto arbitrario que no cuadra con el socialismo, la socialdemocracia, el republicanismo o el liberalismo de izquierdas.

España queda vertebrada y mejor representada con el desarrollo federativo.

Una vez dicho esto un habitante de Madrid podría romper definitivamente con el PSOE para arrojarse en brazos de las grandes defensoras de España llamadas Rosa Díez o Esperanza Aguirre, con su espada común, de las consignas simples y populares. O podría hacerse preguntas inteligentes, como:

¿Defender una articulación del Estado más federal es alimentar el monstruo de la independencia? Entonces, no defenderlo ¿no será alimentar un monstruo del centralismo que todo lo deja en las manos arbitrarias del gobernante central? ¿Queremos que un gobernante desde su trono dicte como debe funcionar España entera sin qué ésta esté representada en un entramado de instituciones y leyes? ¿Sin que los ciudadanos de cada territorio puedan expresar cada vez más fina y cercanamente sus necesidades? ¿Nos gustaría que nos gobernase alguien que no nos conoce y no tiene las herramientas políticas para hacerlo por ejemplo desde Bruselas aludiendo simplemente a nuestra identidad común de europeos o a qué somos igualmente bípedos del siglo XXI?

Bien lo dice Ibarra en el artículo citado:

Los extremeños, por ejemplo, no queremos ni oír hablar de la España centralista ni del nacionalismo económico español; ese nacionalismo que fue desde la Restauración del XIX hasta la Dictadura franquista, pasando por la Dictadura de Primo de Rivera. Para los extremeños, y para otros territorios, ese nacionalismo significó la ruina económica y la hemorragia de la emigración. El sistema fue la protección arancelaria del nacionalismo español, reservando el mercado interior para los productos textiles catalanes y siderúrgicos vascos (el arancel de 1826, el de 1849, el de 1869). Con Primo de Rivera se reservaron las cuotas de producción para los que ya producían, de tal manera que nadie podía fabricar en otro territorio lo que ya se hacía en las zonas protegidas.

Ese centralismo no va a ser ninguna garantía de la igualdad o la prosperidad de los españoles. Al contrario, la historia de España nos demuestra que esa centralidad es arbitraria, discrimina y empobrece a España entera. Como lo hizo especialmente durante los años de la última dictadura que sufrimos.

Esto lo vieron claro los arquitectos de la Constitución. Por eso plantaron el germen de un federalismo en versión autonómica, que fuese desarrollándose durante las siguientes décadas con la protección de la Constitución y el Tribunal Constitucional que en la mayor parte de nuestra historia moderna ha fallado a favor de las autonomías en cuestiones cruciales para su desarrollo.

Eliseo Aja escribía antes de la sentencia del TC:

No existe <<una>> sentencia importante que pueda considerarse desastrosa, y en cambio sí varias muy positivas, aunque puedan discutirse algunas líneas de interpretación. Además, casi cada año, ha elaborado alguna doctrina que ha permitido avanzar en el autogobierno de las CCAA: la aceptación de su actividad internacional, la prohibición de que el Estado mantenga las subvenciones en los sectores que ha traspasado, la posibilidad de la apertura de sedes oficiales en Bruselas para facilitar los contactos con la Unión Europea, la prohibición de que el Estado legisle en materias en que carece de competencia escudándose en la supletoriedad del derecho estatal, etc. (p.155 El Estado Autonómico, Alianza Editorial, 2003)

Frente a una identidad de España vaga –tan vaga como la de una Cataluña independiente- soflamada por gargantas irracionales cuando se entra en el discurso del y tu más o yo el mejor ¡o de los toros sí, toros no! o peor, autoproclamada por demagogos o dictadores, los padres de la Constitución sembraron una España que progresivamente iría desarrollando un sistema nervioso propio que llegase a todos los rincones de España, levantando una red de relaciones de poder, representativa de los ciudadanos y de los territorios a los que tenían ligados sus aspiraciones y necesidades.

Esa red era un multigobierno, que iba desde el central hasta el local pasando por el autonómico. Con su propia capacidad legislativa, judicial y administrativa. Diferentes gobiernos con sus diferentes instituciones, con su financiación asegurada y su personal propio, que aunque con la obligación de mantener la igualdad de los españoles en derechos fundamentales, nunca se vio impedida por el Tribunal Constitucional en su desarrollo particular, al contrario.

Pero incluso para algunos que aceptan este hecho autonómico, el Presitende de Cataluña es un separatista encuvierno, pero yo aunque podría tener mis diferencias, no ve en Montilla no un rechazo de la idea de España ni de su presencia en Cataluña. Veo una pelea por levantar su propia idea de España allí, su propia forma de ver esa representación. Igual que hacen el resto de los políticos en sus territorios con sus estatutos, leyes y acciones de gobierno.

Citando a Ibarra de nuevo:

Frente a los que quieren o añoran una España uniforme, defiendo la libertad de cada uno para sentirse español como mejor le parezca o a no sentirse español. Entiendo el derecho a definir a España como quieran.

Y recuperando otro artículo de El País, Catalunya y España en la encrucijada, esta vez escrito por Presidente Montilla:

Otros, los que creemos en la España plural, nos preocupamos de cómo aplicar el Estatuto a partir de ahora y cómo recuperar el cumplimiento de lo pactado.

Para continuar defendiendo un encaje de Cataluña en esa representación creciente de España, que no pasa por negar ni la Constitución ni el Tribunal Constitucional.

Nuestra respuesta buscará conjugar el respeto de la voluntad popular, la defensa del autogobierno, el cumplimiento del pacto político y el respeto al Estado de derecho. Desde la Generalitat iniciaremos un proceso de diálogo con los principales responsables de las instituciones y fuerzas políticas del Estado. Un diálogo orientado al cumplimiento del pacto estatutario y el reforzamiento del pacto constitucional. Conscientes de que es posible explorar soluciones legislativas a algunas de las afectaciones del Estatuto, y también de que algunas de las garantías del autogobierno han sido disminuidas por la interpretación del TC y no renunciamos a recuperarlas.

Justificando su papel en la manifestación:

Con esta sentencia, lamentablemente se ha perdido una oportunidad para hacer una contribución positiva a su resolución. Peor aún, hemos retrocedido con respecto al espíritu que hizo posible la Constitución de 1978. Estoy convencido de que este problema solo puede resolverse desde el reconocimiento de nuestra realidad plurinacional.

Porque serían los recursos del PP y parte del TC los que habrían adoptado una postura que va en contra de inicialmente impulsado por la Constitución. El PP estaría negando la realidad plurinacional que conllevaba la Constitución al reconocer los estatutos como fuente normativa y los pactos entre Congresos como la fuente de legitimidad, y además se estaría contradiciendo al consensuar y aprobar en otras comunidades lo que le niega a Cataluña.

No nos queda otro camino que recuperar nuevamente el espíritu constitucional primigenio para restablecer el reconocimiento y respeto a las distintas identidades, culturas y lenguas de España, en el marco de un Estado que acepte, ampare, anime y defienda sus singularidades y su pluralidad. Ello requiere la complicidad y el apoyo de quienes defendemos una visión de España como un proyecto ampliamente compartido.

Porque esa multiplicidad conectada sí es España.

Como bien señalan Felipe González y Carme Chacón, también en El País, con sus Apuntes sobre Cataluña y España:

El camino recorrido por nuestra democracia ha ido superando dos resistencias. La de los centralistas, que consideran el proceso como un debilitamiento de la nación española y una afrenta al castellano. Y la de los separatistas, que presentan los avances como un engaño y magnifican cualquier fricción como ofensas a Cataluña.

Aludiendo a lo que el profesor Eliseo Aja describe como el paso del estado más centralizado de Europa a ser uno de los más descentralizados, sino el que más.

Y reforzando la idea de Montilla que defiende que quienes más alejados están de la Constitución son aquellos que han decidido rechazar su idea de pluralidad para despreciarla con calificativos como subgénero o haciéndose valedor de la unidad de España cuando su valía está en conectar la multiplicidad y no en unificar lo diverso, aludiendo incluso a la Biblia:

– La sentencia aprobada por la mayoría del TC resulta ambivalente. En su fallo preserva la inmensa mayoría de los preceptos estatutarios y rechaza casi todas las objeciones del recurso del PP. Pero en los fundamentos de la sentencia se refleja un desconocimiento de la diversidad catalana en la realidad española. Usa expresiones ofensivas: ciudadanía catalana como “una especie de subgénero de la ciudadanía española”; injustificada primacía natural de cualquier norma estatal, u obsesión injustificada por la indisoluble unidad de la nación española.

– Si a ello se unen las dilaciones, la obstrucción intencionada de su renovación por parte del PP, o la recusación de algún miembro, se entiende perfectamente que la sentencia del TC, mucho más que el fallo, produjera indignación y rechazo en sectores amplios de la sociedad catalana.

– Los votos particulares que respaldan la impugnación del PP expresan una visión preconstitucional del Estado. Se niega la noción misma de autogobierno, se cuestiona la inmersión lingüística que cohesiona a Cataluña, se escatima la condición de parte del Estado a la Generalitat, y se llega a desfigurar incluso su nombre. Y, para ello, se invoca como autoridad jurídica y política… la Biblia.

En una intervención judicial que se parece mucho a la que en su día denunciaron los demócratas norteamericanos, con un Bush subvirtiendo los tribunales con sus jueces jóvenes nombrados a perpetuidad, sabiendo que lo mejor no era su capacidad jurídica sino que estarían 40 años defendiendo sus tesis políticas sobre religión, aborto, defensa, libertad de mercado, etc. Porque al fin y al cabo los profesores de sus think tanks son los mismos.

El problema sigue estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España y en la obstinación de los sectores catalanes que magnifican las fricciones y minimizan los avances históricos que hemos vivido. Y radica también en la falta de energía de quienes desde Cataluña y desde el resto de España apostamos por la vía del entendimiento y rechazamos tanto el camino de la imposición uniformadora como el de la separación.

Un problema que es propio de todos los partidos y se acepta:

Las responsabilidades políticas de esta situación están repartidas, aunque en distintas proporciones. Todas las fuerzas políticas incurrimos en oportunismos.

Pero con menor grado, porque aquí de lo que se trata con los estatutos es de construir una España más representativa, mientras que otros no muestran más alternativa que la de confrontar españoles intentando pescar votantes. Una España que responda a esa noción Constitucional como decía Montilla, que no es ni las de los que añoran otra España previa o la de los que quieren separarse de ella:

Las de quienes no confundimos el griterío anticatalanista de los centralistas con España, igual que distinguimos entre una minoría estridente de catalanes y Cataluña; los que pensamos que esta sentencia no es la Constitución; los convencidos de que la fuerza de España está en su diversidad, en la potencia del autogobierno, de la federalización inserta en el marco normativo que nos dimos. Es el camino de la mayoría de catalanes y españoles.

Para defender eso que al final parece que tanto les pica a algunos, la palabra nación:

que la concepción de España como “Nación de naciones” nos fortalece a todos. Que no hay ninguna razón para rechazar la diversidad identitaria que caracteriza a España como una nación política y cultural, no como un mero armazón jurídico.

HACIA UNA MATRIZ AUTONÓMICA Y UN SENADO DE AUTONOMÍAS.

Creo que hay suficientes elementos comunes de los diferentes discursos del PSOE, para construir un discurso coherente y un camino común para los próximos años, que sea realmente útil a la igualdad de los españoles, a sus oportunidades, a su representatividad, a su inserción democrática y republicana, por encima de las dos tendencias, centrífuga una o centrípeta otra, que existen de forma colateral en lo que defienden. Las tienen que depurar.

Su tarea es ponerlo en valor lo común y separar conceptualmente eso que separa, lo que seguramente esto exento de tensiones, como no lo está nada complejo en su etapa de crecimiento. Creo que Zapatero está en gran medida en esta postura y creo que desde dentro del PSOE hay voces suficientemente poderosas y persuasivas para afianzarle en esta ruta complicada. Pero desde luego prefiero los posibles riesgos que conlleva levantar un edificio así a no levantar nada, adoptando un discurso centralista donde España sólo se queda en frases huecas para luego entregarla, eso sí, detrás de las cortinas y sin debate público, como nos podemos acordar de aquel Aznar que practicaba catalán y aumentaba cotas de soberanía del 15 al 30 por ciento a cambio de gobernar. Y que no dudará en repetir Rajoy con CIU si está a su alcance.

¿Qué debería hacer el PSOE?

Pues no entrar en una guerra con el Constitucional, que ya han negado todos sus dirigentes, afirmando al contrario su acato. Ni siquiera en una guerra con el PP. Y posiblemente tampoco entrando en un debate jurídico buscando los huecos a las leyes para devolver la vigencia a la parte mutilada del Estatuto.

Creo que debería tener una estrategia clara que afiance su programa social y de igualdad de todos los españoles, con esa soberanía cada vez más amplia de los ciudadanos sobre todos los asuntos que le afecten, hasta integrar ese vector de creciente representación a través de más autogobierno ¿Cómo hacerlo?

Construyendo –habría que conseguir el respaldo de la gran mayoría de partidos- una gran Matriz de indicadores concretos de todos estos objetivos: nivel de oportunidades de un ciudadano en su región, posibilidades de estudio, participación en la creación de normas, atención sanitaria, desarrollo industrial, nivel de seguridad y un largo etc. que permitiría a todos los españoles dos cosas: asegurar su igualdad en lo básico y juzgar la eficacia de sus gobernantes autonómicos y locales.

Esta Matriz de indicadores ¿50, 100, 200? debería ser de dominio público, todos los ciudadanos y organismos deberían poder acceder a sus bases de datos, debería estar explicada en términos comprensibles y su construcción –decidir que parámetros se miden- su estandarización –como se miden y la presencia del Estado midiendo a todas de forma objetiva- y su análisis –existen múltiples interpretaciones de los datos en brutos que muchas de ellas llevan a engaño, como cuando cualquier político muestra una gráfica en un debate televisado- deberían ser cosa de un Senado de Autonomías donde estuviesen representadas todas junto con el gobierno central.

Una vez al año se produciría un debate del Estado de las Autonomías, en ese periodo todos los ciudadanos recibirían un informe básico con los datos básicos de todas las autonomías comparadas con la suya en ese momento y en el tiempo y cada Presidente tendría la palabra en ese debate defendiendo sus datos.

El autogobierno y sus normas se verían forzados a un debate público donde tendría que demostrar su eficacia ante los ciudadanos, que sirven para interconectar España, que responden al principio de cooperación y que allí donde fallan son conscientes para mejorar.

Los gobiernos responderían a hechos reales, no a sentimientos identitarios particulares. Estos serían de consumo propio y no molestarían a nadie. El estado se ocuparía de los ciudadanos en cuanto su soberanía difuminada por España, sus iguales oportunidades y  de la transparencia del sistema. Y dejaría la cuestión de la identidad general para su debate del Estado de la Nación y no para la tutela de los diferentes territorios.

En esta propuesta futurista –que no lo es tanto porque los medios tecnológicos existen, el senado y el senador jugarían con una suerte de Cuadro de Mando Integral que atacaría todas las bases de datos autonómicas- si que tendría un debate tan avanzado como el que incita Ibarra aludiendo a la teoría de juegos: hacer del juego autonómico algo que sea mayor que suma cero, y en cuanto sea cero, se cortocircuita para volver a levantarlo con nuevas propuestas:

Hasta ahora el proceso territorial se ha basado en un juego de resultantes, donde España como un todo y los territorios como partes, han salido ganando, han salido fortalecidos. El juego no consistió nunca en decir: lo que yo me llevo a mi territorio lo pierde España como conjunto; cuando yo me fortalezco usted se debilita. No, no ha sido así. Ha sido siempre en positivo. El territorio se lleva como competencias lo que al ciudadano le viene bien, y el Estado mantiene, por su parte, las competencias que permiten la cohesión del conjunto y la igualación de derechos en el espacio que compartimos y que se llama España. Ese es el camino que debemos seguir recorriendo para perfeccionar el sistema, para hacerlo más eficaz y para que el proceso siga siendo de suma positiva para las partes y para el todo.

Creo que este es el camino para la izquierda y España. Creo que desde ahí es desde donde mejor se defiende un estatuto y no desde el somos una nación, nosotros decidimos. Eso no tiene nada que ver con el programa de izquierdas ni con el republicano, que es: todos somos ciudadanos, todos participamos. Y que puede hacer realidad ese valor intangible tan esquivo de la lealtad federal.

España queda vertebrada y mejor representada con el desarrollo federativo

El factor humano

El Factor Humano, Seix Barral, de John Carlin

Invictus, nos lleva por el camino que eligió Nelson Mandela, el de proporcionar a una población oprimida un espacio donde crecer en libertad y en prosperidad, y muestra el otro camino que se evitó recorrer, por ser en la práctica incompatible con el primero, el de dar un juicio histórico justo con todas sus consecuencias a esa misma población negra que tanto había sufrido y una condena explícita y dolorosa a sus verdugos activos y pasivos. Una condena a la gran mayoría de la población blanca.

Como Mandela le dijo al poderoso general Viljoen, capaz de dinamitar el proceso de construcción nacional basado en el no racismo, podía elegir entre dos formas de proceder, una a través de la guerra, donde él con su ejército serían los más poderosos pero incapaces de alcanzar nunca la victoria, debido a las presiones internacionales y a que la población negra era una gran mayoría que no iba a desaparecer, eliminando cualquier oportunidad de futuro tanto para negros o como para blancos, o actuar desde una premisa básica, el que ningún bando podía vencer al otro, para llegar a un objetivo común: vivir en paz y con confianza mutua.

Como dijo el arzobispo Desmond Tutu y relee John Carlin, Mandela había creado un nuevo modelo de revolución que no buscaba la eliminación del enemigo, sino que le incluía, que no buscaba superar lo existente volviendo al punto de partida, a un cero temporal, sino que se asentaba sobre lo existente, desde el propio sistema, impulsando su parte positiva. Una revolución sabia, que sabía que las personas, los vencidos, no iban a irse. Que conocía algo tan obvio como que las personas no vuelven a un punto de partida cero, como si lo hacen las ciegas teorías revolucionarias.

Mandela consiguió reconstruir el sistema pacientemente, tirando de un fino hilo que empezó con sus carceleros y que acabó en el equipo de rugby nacional, pasando antes por ministros, jefes de servicios secretos, presidentes, periodistas del sistema y líderes de la extrema derecha. Un hilo que le permitió trenzar complicidades con una larga cadena de líderes hasta tejer una manta protectora para Sudáfrica entera.

Su método fue principalmente psicológico. Quién sabe si Nietzsche, hubiera dicho de él que era uno de esos superhombres, que por encima de todo eran grandes psicólogos y que en su forma de vivir llevaban acabo de grandes máximas: dar antes que recibir y ser francos. Y así lo hizo. Como dijo de él Niël Barnard, aquel jefe del Servicio Nacional de Inteligencia durante el apartheid que acabó atándole los cordones al anciano Mandela, el líder xhosa primero llegaba a las vulnerabilidades de sus oponentes tranquilizándoles, demostrándoles que destruirles no era su misión, para luego pasar a un ataque directo, defendiendo su postura, la de su pueblo, pero siempre sin ofender. Su sonrisa y su confianza en sí mismo y en los demás hacían que todos acabaran confiando en él y en su liderazgo. Tanto, que hasta la población afrikáner concentrada en el mundial de rugby sudafricano, esa población que había visto a Mandela como el símbolo de sus mayores miedos, acabó coreando su nombre en la final victoriosa.

Mandela era un genio en la persuasión cara a cara pero también lo resultó ser con la gran población. Ya de joven demostró ser un pura sangre para la política. Siempre con una buena imagen y carisma –sus caros trajes o sus vestimentas tradicionales de la realeza xhosa- y siempre liderando con ejemplaridad y riesgo –fue el primero en quemar su carnet del apartheid delante de las cámaras, desatando un movimiento subversivo a nivel nacional- Un instinto político que no perdió tras décadas de cautiverio, y que explotó al máxima con su salida de prisión. En su primera rueda de prensa ofreció tranquilidad a los blancos y negó ningún ánimo vengativo. En su recorrido por Sudáfrica supo encauzar las aspiraciones de una población negra oprimida y fragmentada, que bien podría haber exigido una reparación inmediata e incluso violenta, hacia la democracia pacífica y la reivindicación del no racismo. Sacó lo más generoso de ellos. Devolvió a las instituciones y a los deportistas una dignidad internacionalmente perdida. Y sobre todo ofreció a toda la población un símbolo común y una gran experiencia compartida, el mundial de rugby y la victoria de los Springboks, que curó en una gran catarsis unas heridas muy profundas. Que nunca habrían cicatrizado de esa manera con grandes discursos ni con grandes acciones políticas, como dijo Desmond Tutu.

Mandela permitió con el rugby todo lo contrario a la venganza y la reacción producida por el miedo, quizás tan naturales e instintivas del hombre. Consiguió que los blancos se libraran de gran parte del miedo y la culpa. Para ello pidió que la población negra fuera generosa, que apoyaran al equipo. Lo hicieron y ante ese gesto los miles y miles de aficionados blancos consiguieron la herramienta para su expiación. Devolvieron el favor coreando a Mandela, cantando esas canciones negras que tanto miedo les habían dado y aceptando los nuevos símbolos como la bandera multicolor y el himno que venían de la mano de la nueva democracia. Impulsó una experiencia común donde todos daban y sacaban lo mejor de sí mismos.

Mandela hizo una nueva revolución, tocando los elementos claves del sistema, no para su propia supervivencia, o para asentar como élite a los suyos. No para practicar una nueva opresión, sino para crear un orden donde todos tuvieran la seguridad de pertenecer; algo que experimentaron desde el principio. Mandela hizo una revolución a partir de un símbolo palpable.

PS: El ejemplo de Mandela y la narración de su estrategia política es digna de leerse. John Carlin la escribe fabulosamente. Consiguió en Sudáfrica lo que otros muchos países africanos han echado de menos. Unió a una población negra muy heterogénea, evitó la colisión sangrienta de la mano de la extrema derecha afrikáner –blancos- y zulú -negros- Y dio paso a un país, que con sus problemas, tenía y tiene futuro. Toda una hazaña política que daría para horas de discusión sobre liderazgo político, ética, moral y para historia comparada, especialmente con la transición española. Pero eso para otro artículo.

7738E7DE2978FA2B6F9B870F9EE4B“Sucede que a veces la socialdemocracia parece enferma, pero mientras algunos comienzan a alegrarse de la desaparición del enfermo y a pensar en el día después, éste contra todo pronóstico se levanta y con la energía de un joven comienza de nuevo a andar, creanme cuando les digo que socialdemocracia siempre estará liderando los cambios”.

Willy Brandt. 1989.

Como diría un compañero de agrupación, quiero empezar este artículo con una matización al Profesor Sami Nair, que hoy escribe un interesante artículo en El País sobre la situación actual del socialismo democrático en Europa.

Partiré de un cierto consenso respecto de que no es el mejor momento de la socialdemocracia europea, a excepción de los países escandinavos, las elecciones alemanas y las elecciones europeas han puesto de manifiesto una pérdida de respaldo del electorado hacia las ofertas políticas de los partidos socialistas.

Sami Nair analiza la situación política del Partido Socialista francés, el SPD alemán, el Laborismo Británico y la izquierda italiana. En líneas generales y salvo el caso italiano la fecha clave para Nair es el año 2000 y el factor determinante es que todos estos partidos asumen como inevitable la globalización “liberal”, siendo según Nair 2000, el año en el que la socialdemocracia se vuelve pragmática y liberal y siendo este momento en el que comienza la debacle.

Pero si hacemos un ejercicio de memoria y viajamos al año 2000 nos encontramos con una situación curiosa en el mundo occidental, en la UE de los entonces 15 países que la conformaban, en 12 había gobiernos presididos por socialistas, en 2 los socialistas eran socios minoritarios y solamente España aparecía como un reducto de la derecha con los gobiernos de Aznar, Clinton cerraba un mandato de fuerte avance social en EEUU que solo el fraude  en Florida pudo cortar (no olvidemos que ganó Al Gore) en Canadá el Partido Liberal (centroizquierda) parecía inexpugnable y en América Latina Lula, Lagos y Tabare engrosaban la lista de gobernantes progresistas.

Esta hegemonía del centroizquierda en el mundo occidental comienza a finales de los 90 y en todos los casos de victorias electorales de partidos socialdemócratas y progresistas se puede observar una pauta común: todos ellos redefinen un discurso adaptado a la globalización, intentan romper las rigideces del discurso tradicional e incorporan valores y políticas tanto de la tradición liberal (en lo político) como de otros movimientos progresistas (discurso sobre derechos de las minorías, participación ciudadana, conciencia ecológica..).

Pero centrándonos en los ejemplos que cita Sami Nair vamos a ver qué sucede con todos estos partidos:

El Partido Socialista francés accede al poder en 1997 Lionel Jospin pacta con la izquierda previo proceso interno de modernizar el discurso de un partido, su gobierno dura hasta 2002 en que pierde las presidenciales por culpa de la polarización del voto de la izquierda (a pesar de lo cual Jospin se va con reconocimiento y el PS gana claramente el mismo año las elecciones locales y regionales).

El Laborismo Británico en 1997 vuelve al poder tras casi una década decir que el nuevo discurso de la Tercera Vía no tiene nada que ver es no percatarse de que gracias a Blair el laborismo volvió a ser un partido de gobierno. Tanto es así que lleva 12 años gobernando un país como Gran Bretaña.

El Partido Socialdemocrata Alemán, gana en 1998 con el nuevo discurso de Gerhard Schröeder de acercarse a las clases medias, incorporar elementos ecológicos sin renunciar a la justicia social.  Gobierna hasta 2005 y desde este año hasta 2009 es socio menor en coalición con la CDU.

En Italia la coalición de antiguos comunistas junto a democratacristianos progresistas logra formar gobierno en 1996 con Romano Prodi. Volviendo al poder en 2005, pero brevemente.

Además en 2004 en España gana el PSOE, en 2004 en Austria vuelven los socialdemócratas a la Cancillería y en lineas generales se puede afirmar que los inicios del siglo XXI han venido marcados por una preponderancia de gobiernos de centroizquierda en los países más importantes de la UE.

Además de los países escandinavos cuya “especial tradición” dice Nair que los hace no comparables, esa tradición socialdemócrata nórdica se basa en: partidos de perfil mayoritario, innovación en el discurso y comunicación eficaz.

En todos estos casos podemos encontrar tres puntos en común: primero sustitución de discurso de partido de minorías por un perfil de liderazgo hacia el conjunto de la sociedad esto da capacidad de generar consensos y por tanto de sumar por la izquierda y por el centro, segundo intento ideológico de casar la tradición socialdemócrata con la tradición del republicanismo o liberalismo político, con lo que se produce un rearme de valores en un momento como el de la Globalización en el que hay diferencias profundas sobre como encararla, tercero modernización en las formas de comunicar.

Es decir la socialdemocracia continental se volvió capaz de liderar mayorías, innovó el discurso y mejoró notablemente la comunicación. ¿No nos retrotrae esto al modelo escandinavo?. Continuemos.

Hay quien dice que esta evolución de la socialdemocracia es una derechización, Nair no lo dice, pero comparte parte del razonamiento, yo particularmente no estoy de acuerdo y creo que es interesante ver que hay diferencias entre la visión de Europa de Jospin o Schröder con la idea que tienen Aznar o Berlusconi, incluso acudiendo al país cuya izquierda es la más denostada por los progresistas europeos, en parte por errores propios, en parte por desconocimiento de la política interna, Gran Bretaña. Los conservadores hubiesen desmontado todos los servicios públicos e impuesto las reglas del neoliberalismo salvaje en un momento de expansión de la economía mundial y de adoración al beneficio ilimitado (nunca conviene olvidar que en 1997 Tony Blair promovió un impuesto que gravaba los sobrebeneficios de los grandes ejecutivos, y lo hizo cuando la economía crecía y mientras se los reducía a las clases medias. Eso es algo que se llama progresividad).

Pero es que además el ciclo adverso para la socialdemocracia tampoco se puede señalar en el caso de los partidos que cita Nair en el 2000. En ese momento Europa, EEUU y los países occidentales estaban gobernados por progresistas y el ciclo continuó durante varios años.

¿Cuando comienza el ciclo descendente del PS francés? No en 2000, si no en 2005 cuando con todo a punto para derrotar a la derecha, el error del PS sobre como afrontar el debate de la Constitución Europea (la mitad del partido públicamente ignoró el apoyo de la mayoría al texto con una contracampaña) le costó credibilidad y le sumió en una crisis de liderazgo e identidad que aún continúa.

¿Qué pasó en Alemania? Que la intransigencia a reformar algo que pedía a gritos la reforma (el modelo social alemán) dividió el SPD con una escisión traumática, yo me pregunto ¿es mejor que el estado del bienestar lo recorte Merkel y los liberales carentes de sensibilidad social o hubiese sido mejor reformarlo desde la idea de mantener un modelo social moderno y prospero tal y como pedía Schröder?. El tiempo lo dirá, pero en 2005 la división del SPD y el infantilismo de algunos sectores encabezados por Lafontaine les llevó a perder la Cancillería.

¿El laborismo? No se puede negar que la disputa de Blair contra Brown ha pasado factura, junto a doce años de gobierno y errores fundamentalmente en la política exterior.

Algo así sucede en Italia, pero agravado por su sistema político que fomenta la inestabilidad con un sistema electoral puro.

En todos estos casos encontramos que el declive tiene una fecha más o menos cercana: 2005 y tiene mucho que ver con la incapacidad de sectores de los partidos de aceptar la innovación, con el abandono de posiciones de liderazgo y el paso a la invocación del voto como si de una hinchada deportiva se tratase, tiene en definitiva mucho que ver con el refugio en la ortodoxia cuando se agota el discurso innovador y con el error fatal de entrar en una dinámica de confrontación interna en los partidos en muchas ocasiones inexplicables para los electores.

El dilema para el socialismo europeo no es si debe volver a la ortodoxia o refundarse, no es ir al centro o a la izquierda, si no que el verdadero reto es ser capaz de generar liderazgos con capacidad de integrar los intereses de sociedades cada día más complejas y poder conformar mayorías y alianzas amplias, dando participación y comunicando de manera eficaz. Para ello más que una nueva revelación cuasireligiosa, yo que soy algo más laico creo que lo que se necesita es seguir apostando por la innovación con espíritu emprendedor, algo que siempre que ha hecho la socialdemocracia, le ha salido bien.

dialogoMedidas como la que ha adoptado el Gobierno de Canadá (Conservador) en relación a establecer mecanismos de toma de temperatura a través de la opinión de los ciudadanos (en el caso canadiense por una Web) para lograr la aprobación de una Ley que incide sobre los derechos de propiedad intelectual, ponen de nuevo de manifiesto el debate de lo que el Diputado Socialista por Madrid, Rafael Simancas, denomina Gobierno a la Carta, en un reciente artículo en su blog.

Simancas señala con cierta razón en su artículo que este tipo de medidas pueden suponer un menoscabo de la legitimidad democrática que tienen las instituciones, vaciar de contenido los programas electorales y en definitiva convertirse en una nueva forma de populismo. El diputado socialista hace suyos los recelos que Tocqueville manifestaba respecto de la participación ciudadana en el sistema americano, diciendo que si todo era deliberativo, el poder sería de las minorías.

Y es cierto que un cierto dogmatismo respecto de la participación ciudadana puede dar pie a formas de populismo, de lo cual dan testimonio los sistemas que en determinados países de américa latina se están implementando, que es pura y simplemente el cercenar derechos a las minorías sobre la base de consultas continuas.  

Afirmar como hacen algunos que la participación ciudadana es la panacea y la solución a todos los males es erroneo, tanto como decir que la participación política se limita al sufragio cada 4 años. En un caso la participación como dogma llevaría a un modelo en el que el que más grite tendrá la razón, en el otro, el sistema político se cosificará.

Parece por tanto más lógico pensar que ambos conceptos no son excluyentes si no complementarios desde el punto de vista del socialismo democrático.

Las instituciones propias de la democracia parlamentaria pueden tener un tenor liberador de la dominación para el ser humano (Gregorio Peces-Barba) justamente ese es uno de los puntos de debate entre lo que denominan los contemporaneos socialismo de los ciudadanos, Peces-Barba socialismo ético, Roselli socialismo liberal y Bernstein revisionismo, con la ortodoxia del socialismo científico. El segundo niega la validez del liberalismo y sus instituciones (Gobierno, Parlamento, poder judicial y derechos fundamentales) considerándolas un instrumento al servicio de la opresión de los trabajadores, mientras que el socialismo a fuer de liberal, considerará que la revolución más efectiva es aquella que desarrolla al máximo los derechos fundamentales a través de leyes aprobadas por parlamentos democráticos y ejecutadas por gobiernos.

A su vez la participación ciudadana permite incorporar elementos de refuerzo de la legitimidad de las instituciones tradicionales a través de sistemas de “toma de temperatura”, puesto que no todo sistema de participación es un plebiscito populista. Podemos ver algún ejemplo de manual que puede ilustrar sobre por qué en ocasiones conviene emplear sistemas de “toma de temperatura”.

El Gobierno del PP desde 2001 desoyó al toda la comunidad universitaria española, con la LOU, algo parecido sucedió con la LOCE un año después y continuó con el decretazo, incluso la Guerra de Irak serviría de ejemplo, en todos estos casos un porcentaje muy elevado de la población, que llega a rozar el 90% en el caso de la guerra contestó con diversas protestas y movilizaciones esas medidas, estoy convencido de que de todos los que se movilizaron contra cualquiera de estas iniciativas, muchos eran votantes del PP, y creo que muchos de ellos han continuado siendolo después.  

No estando, yo, de acuerdo con ninguna esa actuaciones, creo que el Gobierno Popular pensó que la reforma universitaria, imponer itinerarios segregadores en la educación, abaratar el despido, o meter a España en una Guerra en Oriente Medio, eran las mejores decisiones para la buena marcha del país.

Establecer en aquellas decisiones algún sistema de “toma de temperatura” no significa que el gobierno de Aznar no fuese adelante con sus decisiones, ni abjurase de su ideología, creo sinceramente que saber escuchar le habría permitido explicarlas y tratar de convencer a muchos ciudadanos sobre por qué el Gobierno de Aznar pensaba que eran políticas adecuadas, en todos estos casos.

Sin embargo nadie puede negar que el desprecio a quienes protestaban, la soberbia y el fundamentalismo de decir que el programa es sagrado y la mayoría parlamentaria es la única expresión posible de la voluntad popular influyeron en que muchos ciudadanos retiraran su confianza al gobierno de Aznar.

Cuando además se vió que además eran políticas erroneas, el resultado de 2004, diga lo que diga la derecha, estaba más que cantado, iban a salir del poder y Zapatero iba a ser Presidente.

Incorporar la comunicación continua a la forma de gobernar no es nuevo antes al contrario se viene realizando desde hace más de medio siglo cuando la Casa Blanca pone en funcionamiento su Secretaría de Prensa (Costa Badía). Hoy el desarrollo de nuevas formas de comunicación convierten a un ciudadano que cada día más formado e informado es un sujeto con mayor capacidad de crítica, no solo en receptor, sino en emisor de comunicaciones, con capacidad en algunos casos de generar opinión pública.

Es verdad que no se puede caer en lo que alguna mente lucida pretende que es digitalizar todos los procesos de toma de decisiones a modo de asambleas virtuales en las que quien más tiempo libre tenga para escribir en el twitter o agregar adeptos en el Facebook, gane.

Pero a la vez es cierto que las instituciones pueden y deben incorporar mecanismos de escucha y toma de temperatura, para poder ser más pedagógicas en lo que explican, puesto que con ello mejorará la calidad de la democracia.  Hacer esto ultimo no es Gobierno “a la carta” sino simplemente saber escuchar y tener una mejor capacidad de convicción.

Artículo del economista E. Campos.

Hace unos dias visitó España el gobernador del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet,  y manifestó, una vez más, las opiniones ya hechas pública y reiteradamente por  su homólogo en España, el gobernador del Banco de España Miguel Ángel Fernández Ordóñez, sobre el estado del mercado laboral español, y sus soluciones claro está, que solo pasan por una “flexibilización” del mercado laboral, seudónimo de abaratamiento del trabajo y del despido.

España es, dentro de la Unión Europea, el país donde más ha crecido el desempleo en este año y medio, hemos pasado en menos de un año de poco más del 11% a más del 18% y subiendo, tasa que dobla la media de la Unión, y cuya subida sólo es comparable a la de Irlanda y a la de los países del este de Europa, sin embargo, en países como Alemania, Holanda, Dinamarca, Suecia, Bélgica, la tasa de paro no está en estas cifras ni en esos ritmos de crecimiento (http://epp.eurostat.ec.europa.eu/tgm/table.do?tab=table&init=1&plugin=1&language=en&pcode=teilm020).

Y a estas alturas, cualquier persona con sentido común se preguntará, ¿porqué se quiere flexibilizar (abaratar) el despido en un país en el que se está despidiendo a gente al mayor ritmo de la Unión Europea? ¿Qué se persigue con el intento de abaratar despidos, que sean más fáciles porque se está despidiendo a poca gente y las empresas no se pueden reajustar? ¿Por qué no nos cuentan las medidas que se están tomando en otros países en donde no crece el desempleo, y que es lo que nos diferencia de estos para tener una tasa de desempleo que en algunos casos triplicamos? ¿Por qué España no es capaz de retener el empleo que genera en las épocas de bonanza?

Todas estas preguntas son las que se hacen todas las personas que se paran a reflexionar sobre las “recomendaciones” de  Jean-Claude Trichet,  Miguel Ángel Fernández Ordóñez, la OCDE, etc. que hacen bueno aquello de “pescar en río revuelto”. Se dice que el mercado laboral español es poco flexible, ¿Qué quiere decir poco flexible? En pocas palabras, y en el diccionario de neoliberales con fe ciega en el mercado, que el trabajador salga barato cuando trabaja, sea fácil de trasladar en el espacio-tiempo, es decir pueda echar horas no retribuidas y que se le pueda destinar en cualquier punto geográfico y que sea barato a la hora de rescindir de sus servicios, claro está. Pero yo me pregunto, si en un país donde se tiene la mayor tasa de temporalidad de Europa, y donde más se despide, ¿Qué pasaría si introducimos elementos de mas precariedad en la contratación y más libertad en los despidos? ¿A quién beneficiarían esos cambios? Creo que a quienes están yendo al paro no,  y tampoco  creo que con estas recomendaciones se persiga un mejor puesto de trabajo y una mayor estabilidad en este.

Se quiere perseguir el modelo norteamericano, en el que dicen, el mercado laboral es superflexible, y que sólo existe una tasa de paro friccional (o existía, ya está cerca del 10% la tasa de paro en EEUU) es decir, sólo aparecen en situación de desempleo en las estadísticas aquellos que se acaban de quedar en situación de desempleo y que están buscando trabajo que en breve encuentran. Me parece bien y en cierto modo es normal, que se quiera perseguir ese modelo por parte del sector empresarial, ya que en este modelo el trabajador tiene poco que decir. En ese modelo no existe la protección social, y los trabajadores no tienen alternativa a la hora de tener que aceptar un puesto de trabajo precario o alejado de su familia. Siempre nos han contado que eso es el modelo a copiar, que nos evitaría las altas tasas de paro, porque las empresas contratarían mucho más así. Pero, ¿Qué pasará ahora con los millones de parados de EEUU que forman parte de ese 10% de tasa de paro, y que parece no disminuir? ¿Y si el mercado no es capaz de absorber ese excedente de trabajadores? ¿Y si nos quedamos en un equilibrio con subempleo como pasó en los años 30? Como ya se demostró en los años treinta por Keynes, y antes de él en el norte de Europa por la escuela sueca, el mercado puede estancarse en un equilibrio con desempleo y no tender ni alcanzar un equilibrio con pleno empleo. ¿Qué pasará entonces con los defensores del ajuste automático? ¿Y con sus víctimas? Un sistema aplicado en un país que tiene dimensiones de continente y con un sistema productivo muy distinto al de España no tiene que ser el modelo en el que mirarnos.

El mercado no crea su propia demanda por mucho que lo repitan los liberales del mercado, esa premisa no se hace cierta, un trabajador de la construcción que pierde su empleo no se convierte de repente en un programador que necesita una empresa de software, o viceversa. En el camino que lleva del paro a la recolocación se necesita una política pública activa y de protección del desempleado en lo que dure ese camino.

Sería bueno que nos contaran que es lo que hace que Alemania, por ejemplo, no cree desempleo. En un artículo en el diario El Pais http://www.elpais.com/articulo/economia/Alemania/crea/paro/elpepieco/20090618elpepieco_9/Tes, se repasaban algunas de las medidas que se siguen en este estado para seguir empleando a gente sin tener que mandarla al desempleo, ese, a mi entender es el camino a seguir, no el del abaratamiento del despido, o de la merma de derechos y estabilidad de los que están empleados. Medidas teniendo en cuenta un modelo productivo a largo plazo, no a corto, y con medidas activas de empleo, como formación a desempleados y un verdadero papel de colocación a la agencia de desempleo estatal (el INEM en nuestro caso)

Así en España, tenemos que tener en cuenta que un muy alto porcentaje del desempleo creado viene de un sector muy concreto, como es la construcción, y los posibles sectores que tengan relación con él, al igual que el gran crecimiento del empleo en la época de bonanza fue gracias a este mismo sector. Pero que es un sector muy procíclico, crea mucho empleo cuando las cosas van bien, pero lo destruye muy rápido en cuanto las cosas van mal.

Un sector, que responde a las características de los que llaman a la flexibilidad del mercado laboral como la solución a todos los males del desempleo, es decir, en el sector de la construcción es muy fácil contratar, es flexible en cuanto al espacio, mueve obreros por toda la geografía según donde esté la obra donde se necesiten, es muy flexible en el despido gracias a ese gran invento llamado contrato por obra y servicio… entonces los que hablan de que el gran error del mercado laboral español es que es poco flexible, ¿se refieren a que todos los sectores se deben parecer al de la construcción? Porque el sector de la construcción es el sector flexible por definición.

Asique los que quieren, en teoría, arreglar el desempleo, lo quieren hacer igualando los distintos sectores productivo de la economía al sector que más problemas está dando y mas parados produce… es por lo menos curioso. Y hace pensar en que no sea lo que he dicho antes, intentar aplicar el dicho popular de “a río revuelto, ganancia de pescadores” o del sector empresarial en este caso. Solo hay que dar gracias a que en el Gobierno no haya al frente muchos de los que llevan la bandera del liberalismo entendido como ausencia de intervención en el mercado, y si se interviene sea solo por un lado, y que sigan aguantando mientras puedan quien defienda la intervención de lo público para paliar las consecuencias de la crisis.

Políticas activas de empleo; otorgando al INEM recursos financieros, materiales y humanos necesarios para convertirse en lo que tiene que ser, que es una agencia de colocación y reciclaje de trabajadores; políticas fiscales que incentiven una contratación estable y desincentiven la contratación temporal y de poca calidad; y una posible flexibilización para un ajuste vía precio y no vía cantidad en el empleo, es decir posibilidad que ante periodos de crisis se puedan negociar reducciones de jornadas, por ejemplo, y dejar de pensar a corto plazo y en el “pelotazo” para empezar a pensar en un modelo productivo a largo plazo. Aprendamos de quien lo esté haciendo bien y no imitemos formulas que no se pueden ni se deben imitar.

PS: El artículo está publicado originalmente en El Giro de Torrejón

Hace unos días el señor A. G. B. -y no es que sea candidato al CNI- nos pasaba un interesante enlace, sobre un vídeo inédito encontrado en la casa de un alcalde de un pueblo de Córdoba durante II República.

Hoy he visto el vídeo en mi ruta habitual y silenciosa por los blogs de izquierdas, en lakomarka con una buena entrada.

El nacimiento de una democracia, la emancipación de las mujeres, el municipalismo empezando por Madrid, etc. Recogidos en imágenes. Todo eso se se empezó a tener y todo eso se perdió. Ya saben que la lucha es perenne.

Nosotros nos quedamos además con dos momentos de Prieto, el discurso en el entirro de Pablo Iglesias y la entrega de la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid, a través de su alcalde.

Pedro Rico: Infraestructura, vivienda, empleo, centros escolares.

Dando un repaso por los blogs de los políticos, podemos ver que Leire Pajín ha contestado desde su espacio a la rumorología electrónica puesta al servicio del difama que algo queda, tan del gusto electoral de cierto sector de la política española. Diciendo lo que gana como secretaria de organización y lo que le corresponde en concepto de compensación por haber sido secretaria de estado y tener que someterse a las normas sobre incompatibilidades de dirección en las empresas privadas. No es la primera que lo hace, pero sí que es un ejemplo para la inmensa mayoría de los políticos de España. Y abre un necesario debate sobre la transparencia que parece que va a seguir estos días con el tema de las incompatibilidades de los diputados, con la trama de imputados del PP y con el ruido que trata de lanzar la prensa afín al PP.

UN DEBATE ESCASO EN ESPAÑA

No sé si es porque somos españoles o mediterráneos con toda su historia católica tan distinta del resto de los europeos con su espíritu del capitalismo, o porque a nuestra cultura le falta aún mucha filosofía sobre el dinero, el trabajo, la empresa y las responsabilidades públicas. Pero está claro que nos hace falta un fuerte debate público sobre estos temas para cambiar ciertas ideas.

El espíritu de la riqueza y la culpa.

¿Hay que sentirse culpable por ganar dinero y más si uno es de izquierdas?

Generalizando, España que tiene mucho pasado de curas, inquisiciones políticas y caballeros hidalgos y menos de empresarios, burgueses y profesionales, y esto ha hecho que tengamos un fuerte rechazo a la idea de enriquecimiento. Pensamos que quien tiene dinero es sencillamente porque lo ha robado legal –bajo pseudoleyes progresistas- o ilegalmente. Y no nos dé por pensar que se lo han robado a quienes no han tenido oportunidad para ganarlo, sino que la tendencia es a asignar las bienes a los que antes poseían todo por la gracia de Dios o de la herencia. Idea -latente en gran parte de derecha más rancia de este país y que infecta en otros grandes espectros- que sólo tolera que quienes tienen sean los que siempre han tenido. Mientras que a los demás sólo les cabe la culpa, porque además el sistema no permite tener ganancias con juego limpio y justicia, al menos el sistema que ellos se esfuerzan en imponer para cerrar su círculo.

Mientras que por un lado defienden un derecho atávico de exclusivo enriquecimiento y casi casi de pernada, por otro lado se dedican a difundir el espíritu de la culpa entre todos aquellos que pretendan vivir bien con su dinero, utilizando la religión, el espíritu de culpa con la pobreza de los demás, etc.

Y en parte funciona, porque nuestra herencia católica es dura hasta para las peores cosas. Tan es así que seguimos dando más valor al sentimiento de culpa –del arrepentido reincidente- que al de la responsabilidad. Siempre preferimos al que se arrepiente y confiesa públicamente entre sollozos, que al que se equivoca, calla con su orgullo herido y se esfuerza en mejorar para que nadie pueda volver a tener la posibilidad de llamarle la atención. Así somos.

Pero ya es hora de que abandonemos esa trampa de la culpabilidad y de esa falsa moral sólo aplicable a los demás. Y más cuando nos lo intentan infundir los más irresponsables y los que menos han hecho por ganar lo que tienen.

Noción del trabajo y la recompensa.

A cierta izquierda reaccionaria –política y sindical- le interesa confundir la idea de enriquecimiento con la idea de explotación. Hace sospechosa a cualquier persona que gane más que el sueldo de un trabajador medio. Ya sea porque se esfuerza y colabora con los explotadores, ya sea porque es ella misma un potencial explotador.

A parte del sector empresarial le parece que está en guerra con el trabajador. Que lo suyo no es una colaboración, sino un choque de fuerzas y un regateo permanente siempre buscando el menor sueldo posible.

A parte de la clase trabajadora le parece que a ellos les compran –se dejan comprar a veces y otras no les queda más remedio- por tiempo y no por trabajo hecho. Y que ya que es eso, encima no van a contribuir a quienes les fuerzan a trabajar. De ahí que seamos menos productivos que la mayoría de países ricos del planeta.

Y con estas ideas, los trabajadores están mal pagados -aunque sean de los serios y profesionales- comparados con cualquier país de occidente, entendemos que los negocios son cosa de explotar, que la competencia es exclusivamente ganar unos y perder otros, que lo de producir no va con nosotros, etc. Así, tenemos la crisis que tenemos y la especulación tipical spanish, ganada a pulso entre todos.

Algún día entenderemos que las empresas son esenciales para el buen desarrollo de un estado, que una sociedad necesita reconocer el trabajo de los profesionales, que defender el poder adquisitivo de todos no pasa por demonizar el dinero, y que el trabajo y los negocios son gano yo y ganas tú y no una guerra.

No hay que criticar los sueldos, sino él no ganárselos.

¿Tenemos que confundir él trabajo bien pagado con enriquecerse sin aportar nada a la sociedad?

A cierta derecha reaccionaria –política y empresarial- le interesa confundir la idea de enriquecimiento por cualquier medio con la idea de que ganar dinero es bueno. Pero son dos cosas distintas. Uno puede pensar que ganar dinero no está nada mal y sin embargo puede tener una idea clara de cómo es justo ganarlo y cómo no.

Uno puede tener la idea –nada utópica- de que un objetivo como progresistas es conseguir que el dinero sea cada vez una información más precisa de las relaciones y propiedades de los sistemas de trabajo y comercio. Pero también hay que reconocer que esto en parte se ha conseguido –en la Europa del bienestar-. A través de un sistema que posibilita estudiar a la mayoría, que protege al trabajador con derechos y convenios colectivos, que tiene mecanismos para controlar la competencia y el fraude, etc.

Es verdad que existen situaciones injustas presentes y heredadas. Patrimonios fruto de prácticas caciquiles pasadas, fraudes modernos y de naturaleza casi tecnológica. O simplemente las diferentes circunstancias de cada uno, con sus barreras y oportunidades. Pero de ahí no se sigue que el sistema sea esencialmente injusto y que todo lo que existe en él no es más que pecado injustificable.

El sistema, en la medida que es producto de las mentes más progresistas de la Europa moderna, deja espacio para la justicia y para que el trabajo individual redunde en el beneficio de la sociedad. Y en esa medida deberíamos empezar a juzgar los sueldos en función de lo que aportan a su parte del sistema –más justo- y no en función de ciertas críticas con aire de santurronería reaccionaria.

Socialismo y voto de pobreza

¿Esa es la herencia de Pablo Iglesias?

Ya saben aquello de que los socialistas están para que no existan pobres y no para hacer voto de pobreza –o peor, para hacer la pobreza igual para todos-

Lo que no significa que se pueda dar un salto para defender la validez de enriquecerse por cualquier medio mientras de paso se apoyan políticas de izquierdas para todos –que debe ser la excusa con la que se consuelan los corruptos de nuestro lado-

Pero que tampoco significa que se tenga que renunciar a ganar dinero por un trabajo que exige en muchos casos una larga carrera no reconocida de esfuerzos ocultos y cuando se llega, una dedicación casi exclusiva si es que se quieren cumplir con lo prometido a los votantes y con los propios valores.

Que el PSOE naciera fundamentalmente de la denuncia de la cuestión social –más la denuncia de la corrupción democrática de España y la oposición a las guerras coloniales- y que su fundador tuviese su mayor atractivo difusor en su conducta ejemplar y coherente, no significa que el PSOE de hoy tenga que ser una foto de aquellos inicios. El gran valor del PSOE en aquellos tiempos fue detectar los problemas fundamentales de los españoles y poner su maquinaria al servicio de las soluciones y la crítica feroz ante la salvaje situación. Más tarde su valor estuvo en aceptar la visión republicana que antaño había rechazado para concentrarse en su causa –las tesis de Indalecio Prieto que empezaron en el IX Congreso- Más tarde fue oposición y exilio. Luego regeneración a todos los niveles –Felipe González– Y ahora tiene que ser derechos, más democracia y modernización. Y para eso no necesita socialistas con raidos abrigos de pana, porque entre sus logros está haber eliminado esa pobreza que nos atenazó un siglo. No, necesitamos políticos profesionales, expertos, formados y reconocidos en su trabajo. El voto de pobreza ya no nos hace falta. La ejemplaridad de Iglesias, su auténtico legado político, viene de hacer causa personal de su causa política. Para igualarle tenemos que ser fieles defensores de los derechos, luchando contra cualquier relación de dominación, teniendo a la gente más preparada en un mundo donde los que juegan sucio tienen los mejores bufetes de abogados, y teniendo mucha visión de futuro. Ese es nuestro legado, y lo de la pobreza es una tontería de los que no entienden el papel del PSOE en el desarrollo de nuestro país.

La política sólo para los que previamente son solventes.

¿Para dedicarse a la política hay que tener otra vía de sustento?

Esto es una trampa. Una vez se lo escuché a Torres Mora en la Jaime Vera –cuando yo defendía que los políticos profesionales más jóvenes de hoy en día tenían que tener carrera, porque estas desde hace tiempo están al alcance de casi todos- y él respondía que la gente con poder y preparación no por tener una salida rechaza tener más poder. Y es verdad, las ansias de aferrarse al sillón son de otra naturaleza casi metafísica, tanto si se necesitaba de la política para sobrevivir, como si es para vivir por encima de lo que se ha tenido siempre, como si es para aparentar o tener contactos con los que ganar un dinero extra. La erótica del poder, ya saben.

De los que sólo piensan en el sillón no nos libra nada. Ni el que sean solventes más allá de la política –bueno, de estos, casi cabe esperar lo contrario, que se lo piensen dos veces antes de arrimarse a este mundo- Sólo nos protege de ellos una cosa, nuestra vigilancia más beligerante.

Pero es que además, esto de que la política es para los que pueden permitírselo, es un argumento reaccionario con solera. Recuerden aquello de que sólo está permitido que gobiernen reyes, o estamentos altos, burguesía o aquellos varones libres que pagan impuestos, etc. Recuerden, porque ya saben que la democracia no siempre fue universal. Y la excusa era que para participar había que aportar –desde sus reglas restrictivas y no decididas entre todos aunque hechas para todos, claro está-

Como esto se sostuvo poco tiempo, se añadió la excusa que así se evitaba que los advenedizos se acercaran sólo con el motivo de hacerse ricos. Y más tarde se le puso una tercera cláusula a esta maravillosa reacción: que la política era algo que no tenía que estar subvencionado por el dinero de todos sino sólo por el de los políticos. Ya saben, la cosa esa del liberalismo de palo y el estado mínimo.

Todo para que al final la política quedase en manos de los que tienen los enormes recursos que necesitan los partidos mayoritarios, las campañas electorales y la permanente actividad. Es decir, para que la política sólo fuese cosa de patriarcas y de sus grandes corporaciones.

Así, aquellos que critican a los que más tienen, a las formas injustas en las que muchas veces consiguen sus riquezas o la merma de derechos que lleva consigo su agenda –que es lo que les lleva a la política- no podrán acceder nunca al gobierno a no ser que pertenezcan a la propia clase que critican. Vamos, que así la crítica y la alternancia sólo es cuestión de cierta clase social, inamovible y caciquil, que se va turnando. Eso que los españoles inventamos en el S. XIX y que algunos siguen echando de menos, por lo que dejan entrever en sus argumentos.

No nos equivoquemos, la solvencia del político de izquierdas sólo tiene que ser juzgada por sus objetivos –derechos, democracia y modernización- Que sí necesitan de destreza y preparación –si es que no queremos dejar la política en manos de los funcionarios más altos o de las empresas subcontratadas- pero no de un capital inversor.

Otra cosa es la reforma de la vida política y el dilema de la profesionalización

Defender la profesionalidad de los políticos no implica defender una casta impenetrable, que se rige por normas internas exclusivamente, que no permite intromisiones y que tiene como principal valor el vivir de su trabajo público.

La vida política española –la que mejor conozco- necesita una gran renovación. Los partidos políticos necesitan encontrar un camino para seguir siendo mayoritarios y razonablemente homogéneos de tal forma que aporten estabilidad a la frágil democracia, y que les permita a su vez ser permeables por la sociedad, por sus opiniones, por sus expertos, por sus activistas de causas concretas, etc. para que puedan tener el suficiente conocimiento encarnado de la sociedad entera y de las soluciones a problemas – o innovaciones- que demanda.

Los partidos políticos necesitan una vida interna mucho más democrática, no haciendo de cada tema una asamblea, sino abriéndose en sus elecciones a la sociedad entera –tipo primarias americanas- necesitan que los simpatizantes puedan entrar y salir con mayor soltura, necesitan mayor contacto con la universidad, con las instituciones, incluso con la empresa –en un sentido de tener a mano a sus profesionales y sus métodos de trabajo-

Es verdad que este dilema complicado ha sido resuelto rápidamente, casi desde el principio, por la derecha y de una forma muy simple. Ha creado un híbrido con sus propios lobbys, haciendo que sean intercambiables las familias y cortes políticas con las familias y cortes empresariales.

En la izquierda parece que la solución tiende más hacia una oligarquía interna. Algo que se debería evitar antes de que cristalice de forma perenne, abriéndose más a la sociedad y poniendo en valor a sus profesionales por sus capacidades públicas. Al fin y al cabo, que existan políticos transparentes dependen de que los modelos institucionales y de partidos, sean también transparentes y abiertos.

Transparencia ordenada y no inquisición de difamadores.

La transparencia no tiene nada que ver con otra de nuestras maravillosas herencias: la confesión. Tan es así, que aun teniendo asumida y reglamentada la presunción de inocencia, mira que nos cuesta. El famoso que calla ante los comentarios de su vida sexual, otorga. El político que no responde a difamaciones, otorga igual. El acusado pero absuelto, seguro que algo hizo. Como somos y lo que nos queda por aprender.

La transparencia no es sólo estar atento a los periodistas más mordaces o a la oposición sin escrúpulos, no. Además eso nos convertiría en defensores de una falsa transparencia que sólo va con nosotros cuando nos afecta. ¡No! La transparencia va de crear un sistema universal de acceso a ciertos datos relevantes–los que tienen que ver con el control democrático y la defensa de los derechos- tanto de las instituciones públicas como privadas. Información accesible a todos porque a todos afecta. Información ordenada, comparable, estandarizada, comprensible e incluso computable –no como hace Esperanza Aguirre cambiando todas las comparativas de sus sistemas públicos-

Esta es la tarea del socialismo más joven: Un sistema de información y reglas accesibles de forma universal, que no haga que los derechos o las oportunidades estén sólo al alcance de tecnócratas entrenados para sobrevivir entre una maraña de leyes, prácticas habituales injustificadas, toma de decisiones oculta, estrategias de alto nivel que nada tienen que ver con el bien común, etc. Un sistema que nos permitan protegernos de las grandes corporaciones, de las instituciones mal gestionadas y de los malos políticos. Y no un sistema que cuando funciona mal sólo sea denunciable pagando a esos tecnócratas –algo que sólo pueden hacer muy pocos-