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7738E7DE2978FA2B6F9B870F9EE4B“Sucede que a veces la socialdemocracia parece enferma, pero mientras algunos comienzan a alegrarse de la desaparición del enfermo y a pensar en el día después, éste contra todo pronóstico se levanta y con la energía de un joven comienza de nuevo a andar, creanme cuando les digo que socialdemocracia siempre estará liderando los cambios”.

Willy Brandt. 1989.

Como diría un compañero de agrupación, quiero empezar este artículo con una matización al Profesor Sami Nair, que hoy escribe un interesante artículo en El País sobre la situación actual del socialismo democrático en Europa.

Partiré de un cierto consenso respecto de que no es el mejor momento de la socialdemocracia europea, a excepción de los países escandinavos, las elecciones alemanas y las elecciones europeas han puesto de manifiesto una pérdida de respaldo del electorado hacia las ofertas políticas de los partidos socialistas.

Sami Nair analiza la situación política del Partido Socialista francés, el SPD alemán, el Laborismo Británico y la izquierda italiana. En líneas generales y salvo el caso italiano la fecha clave para Nair es el año 2000 y el factor determinante es que todos estos partidos asumen como inevitable la globalización “liberal”, siendo según Nair 2000, el año en el que la socialdemocracia se vuelve pragmática y liberal y siendo este momento en el que comienza la debacle.

Pero si hacemos un ejercicio de memoria y viajamos al año 2000 nos encontramos con una situación curiosa en el mundo occidental, en la UE de los entonces 15 países que la conformaban, en 12 había gobiernos presididos por socialistas, en 2 los socialistas eran socios minoritarios y solamente España aparecía como un reducto de la derecha con los gobiernos de Aznar, Clinton cerraba un mandato de fuerte avance social en EEUU que solo el fraude  en Florida pudo cortar (no olvidemos que ganó Al Gore) en Canadá el Partido Liberal (centroizquierda) parecía inexpugnable y en América Latina Lula, Lagos y Tabare engrosaban la lista de gobernantes progresistas.

Esta hegemonía del centroizquierda en el mundo occidental comienza a finales de los 90 y en todos los casos de victorias electorales de partidos socialdemócratas y progresistas se puede observar una pauta común: todos ellos redefinen un discurso adaptado a la globalización, intentan romper las rigideces del discurso tradicional e incorporan valores y políticas tanto de la tradición liberal (en lo político) como de otros movimientos progresistas (discurso sobre derechos de las minorías, participación ciudadana, conciencia ecológica..).

Pero centrándonos en los ejemplos que cita Sami Nair vamos a ver qué sucede con todos estos partidos:

El Partido Socialista francés accede al poder en 1997 Lionel Jospin pacta con la izquierda previo proceso interno de modernizar el discurso de un partido, su gobierno dura hasta 2002 en que pierde las presidenciales por culpa de la polarización del voto de la izquierda (a pesar de lo cual Jospin se va con reconocimiento y el PS gana claramente el mismo año las elecciones locales y regionales).

El Laborismo Británico en 1997 vuelve al poder tras casi una década decir que el nuevo discurso de la Tercera Vía no tiene nada que ver es no percatarse de que gracias a Blair el laborismo volvió a ser un partido de gobierno. Tanto es así que lleva 12 años gobernando un país como Gran Bretaña.

El Partido Socialdemocrata Alemán, gana en 1998 con el nuevo discurso de Gerhard Schröeder de acercarse a las clases medias, incorporar elementos ecológicos sin renunciar a la justicia social.  Gobierna hasta 2005 y desde este año hasta 2009 es socio menor en coalición con la CDU.

En Italia la coalición de antiguos comunistas junto a democratacristianos progresistas logra formar gobierno en 1996 con Romano Prodi. Volviendo al poder en 2005, pero brevemente.

Además en 2004 en España gana el PSOE, en 2004 en Austria vuelven los socialdemócratas a la Cancillería y en lineas generales se puede afirmar que los inicios del siglo XXI han venido marcados por una preponderancia de gobiernos de centroizquierda en los países más importantes de la UE.

Además de los países escandinavos cuya “especial tradición” dice Nair que los hace no comparables, esa tradición socialdemócrata nórdica se basa en: partidos de perfil mayoritario, innovación en el discurso y comunicación eficaz.

En todos estos casos podemos encontrar tres puntos en común: primero sustitución de discurso de partido de minorías por un perfil de liderazgo hacia el conjunto de la sociedad esto da capacidad de generar consensos y por tanto de sumar por la izquierda y por el centro, segundo intento ideológico de casar la tradición socialdemócrata con la tradición del republicanismo o liberalismo político, con lo que se produce un rearme de valores en un momento como el de la Globalización en el que hay diferencias profundas sobre como encararla, tercero modernización en las formas de comunicar.

Es decir la socialdemocracia continental se volvió capaz de liderar mayorías, innovó el discurso y mejoró notablemente la comunicación. ¿No nos retrotrae esto al modelo escandinavo?. Continuemos.

Hay quien dice que esta evolución de la socialdemocracia es una derechización, Nair no lo dice, pero comparte parte del razonamiento, yo particularmente no estoy de acuerdo y creo que es interesante ver que hay diferencias entre la visión de Europa de Jospin o Schröder con la idea que tienen Aznar o Berlusconi, incluso acudiendo al país cuya izquierda es la más denostada por los progresistas europeos, en parte por errores propios, en parte por desconocimiento de la política interna, Gran Bretaña. Los conservadores hubiesen desmontado todos los servicios públicos e impuesto las reglas del neoliberalismo salvaje en un momento de expansión de la economía mundial y de adoración al beneficio ilimitado (nunca conviene olvidar que en 1997 Tony Blair promovió un impuesto que gravaba los sobrebeneficios de los grandes ejecutivos, y lo hizo cuando la economía crecía y mientras se los reducía a las clases medias. Eso es algo que se llama progresividad).

Pero es que además el ciclo adverso para la socialdemocracia tampoco se puede señalar en el caso de los partidos que cita Nair en el 2000. En ese momento Europa, EEUU y los países occidentales estaban gobernados por progresistas y el ciclo continuó durante varios años.

¿Cuando comienza el ciclo descendente del PS francés? No en 2000, si no en 2005 cuando con todo a punto para derrotar a la derecha, el error del PS sobre como afrontar el debate de la Constitución Europea (la mitad del partido públicamente ignoró el apoyo de la mayoría al texto con una contracampaña) le costó credibilidad y le sumió en una crisis de liderazgo e identidad que aún continúa.

¿Qué pasó en Alemania? Que la intransigencia a reformar algo que pedía a gritos la reforma (el modelo social alemán) dividió el SPD con una escisión traumática, yo me pregunto ¿es mejor que el estado del bienestar lo recorte Merkel y los liberales carentes de sensibilidad social o hubiese sido mejor reformarlo desde la idea de mantener un modelo social moderno y prospero tal y como pedía Schröder?. El tiempo lo dirá, pero en 2005 la división del SPD y el infantilismo de algunos sectores encabezados por Lafontaine les llevó a perder la Cancillería.

¿El laborismo? No se puede negar que la disputa de Blair contra Brown ha pasado factura, junto a doce años de gobierno y errores fundamentalmente en la política exterior.

Algo así sucede en Italia, pero agravado por su sistema político que fomenta la inestabilidad con un sistema electoral puro.

En todos estos casos encontramos que el declive tiene una fecha más o menos cercana: 2005 y tiene mucho que ver con la incapacidad de sectores de los partidos de aceptar la innovación, con el abandono de posiciones de liderazgo y el paso a la invocación del voto como si de una hinchada deportiva se tratase, tiene en definitiva mucho que ver con el refugio en la ortodoxia cuando se agota el discurso innovador y con el error fatal de entrar en una dinámica de confrontación interna en los partidos en muchas ocasiones inexplicables para los electores.

El dilema para el socialismo europeo no es si debe volver a la ortodoxia o refundarse, no es ir al centro o a la izquierda, si no que el verdadero reto es ser capaz de generar liderazgos con capacidad de integrar los intereses de sociedades cada día más complejas y poder conformar mayorías y alianzas amplias, dando participación y comunicando de manera eficaz. Para ello más que una nueva revelación cuasireligiosa, yo que soy algo más laico creo que lo que se necesita es seguir apostando por la innovación con espíritu emprendedor, algo que siempre que ha hecho la socialdemocracia, le ha salido bien.

dialogoMedidas como la que ha adoptado el Gobierno de Canadá (Conservador) en relación a establecer mecanismos de toma de temperatura a través de la opinión de los ciudadanos (en el caso canadiense por una Web) para lograr la aprobación de una Ley que incide sobre los derechos de propiedad intelectual, ponen de nuevo de manifiesto el debate de lo que el Diputado Socialista por Madrid, Rafael Simancas, denomina Gobierno a la Carta, en un reciente artículo en su blog.

Simancas señala con cierta razón en su artículo que este tipo de medidas pueden suponer un menoscabo de la legitimidad democrática que tienen las instituciones, vaciar de contenido los programas electorales y en definitiva convertirse en una nueva forma de populismo. El diputado socialista hace suyos los recelos que Tocqueville manifestaba respecto de la participación ciudadana en el sistema americano, diciendo que si todo era deliberativo, el poder sería de las minorías.

Y es cierto que un cierto dogmatismo respecto de la participación ciudadana puede dar pie a formas de populismo, de lo cual dan testimonio los sistemas que en determinados países de américa latina se están implementando, que es pura y simplemente el cercenar derechos a las minorías sobre la base de consultas continuas.  

Afirmar como hacen algunos que la participación ciudadana es la panacea y la solución a todos los males es erroneo, tanto como decir que la participación política se limita al sufragio cada 4 años. En un caso la participación como dogma llevaría a un modelo en el que el que más grite tendrá la razón, en el otro, el sistema político se cosificará.

Parece por tanto más lógico pensar que ambos conceptos no son excluyentes si no complementarios desde el punto de vista del socialismo democrático.

Las instituciones propias de la democracia parlamentaria pueden tener un tenor liberador de la dominación para el ser humano (Gregorio Peces-Barba) justamente ese es uno de los puntos de debate entre lo que denominan los contemporaneos socialismo de los ciudadanos, Peces-Barba socialismo ético, Roselli socialismo liberal y Bernstein revisionismo, con la ortodoxia del socialismo científico. El segundo niega la validez del liberalismo y sus instituciones (Gobierno, Parlamento, poder judicial y derechos fundamentales) considerándolas un instrumento al servicio de la opresión de los trabajadores, mientras que el socialismo a fuer de liberal, considerará que la revolución más efectiva es aquella que desarrolla al máximo los derechos fundamentales a través de leyes aprobadas por parlamentos democráticos y ejecutadas por gobiernos.

A su vez la participación ciudadana permite incorporar elementos de refuerzo de la legitimidad de las instituciones tradicionales a través de sistemas de “toma de temperatura”, puesto que no todo sistema de participación es un plebiscito populista. Podemos ver algún ejemplo de manual que puede ilustrar sobre por qué en ocasiones conviene emplear sistemas de “toma de temperatura”.

El Gobierno del PP desde 2001 desoyó al toda la comunidad universitaria española, con la LOU, algo parecido sucedió con la LOCE un año después y continuó con el decretazo, incluso la Guerra de Irak serviría de ejemplo, en todos estos casos un porcentaje muy elevado de la población, que llega a rozar el 90% en el caso de la guerra contestó con diversas protestas y movilizaciones esas medidas, estoy convencido de que de todos los que se movilizaron contra cualquiera de estas iniciativas, muchos eran votantes del PP, y creo que muchos de ellos han continuado siendolo después.  

No estando, yo, de acuerdo con ninguna esa actuaciones, creo que el Gobierno Popular pensó que la reforma universitaria, imponer itinerarios segregadores en la educación, abaratar el despido, o meter a España en una Guerra en Oriente Medio, eran las mejores decisiones para la buena marcha del país.

Establecer en aquellas decisiones algún sistema de “toma de temperatura” no significa que el gobierno de Aznar no fuese adelante con sus decisiones, ni abjurase de su ideología, creo sinceramente que saber escuchar le habría permitido explicarlas y tratar de convencer a muchos ciudadanos sobre por qué el Gobierno de Aznar pensaba que eran políticas adecuadas, en todos estos casos.

Sin embargo nadie puede negar que el desprecio a quienes protestaban, la soberbia y el fundamentalismo de decir que el programa es sagrado y la mayoría parlamentaria es la única expresión posible de la voluntad popular influyeron en que muchos ciudadanos retiraran su confianza al gobierno de Aznar.

Cuando además se vió que además eran políticas erroneas, el resultado de 2004, diga lo que diga la derecha, estaba más que cantado, iban a salir del poder y Zapatero iba a ser Presidente.

Incorporar la comunicación continua a la forma de gobernar no es nuevo antes al contrario se viene realizando desde hace más de medio siglo cuando la Casa Blanca pone en funcionamiento su Secretaría de Prensa (Costa Badía). Hoy el desarrollo de nuevas formas de comunicación convierten a un ciudadano que cada día más formado e informado es un sujeto con mayor capacidad de crítica, no solo en receptor, sino en emisor de comunicaciones, con capacidad en algunos casos de generar opinión pública.

Es verdad que no se puede caer en lo que alguna mente lucida pretende que es digitalizar todos los procesos de toma de decisiones a modo de asambleas virtuales en las que quien más tiempo libre tenga para escribir en el twitter o agregar adeptos en el Facebook, gane.

Pero a la vez es cierto que las instituciones pueden y deben incorporar mecanismos de escucha y toma de temperatura, para poder ser más pedagógicas en lo que explican, puesto que con ello mejorará la calidad de la democracia.  Hacer esto ultimo no es Gobierno “a la carta” sino simplemente saber escuchar y tener una mejor capacidad de convicción.

Dando un repaso por los blogs de los políticos, podemos ver que Leire Pajín ha contestado desde su espacio a la rumorología electrónica puesta al servicio del difama que algo queda, tan del gusto electoral de cierto sector de la política española. Diciendo lo que gana como secretaria de organización y lo que le corresponde en concepto de compensación por haber sido secretaria de estado y tener que someterse a las normas sobre incompatibilidades de dirección en las empresas privadas. No es la primera que lo hace, pero sí que es un ejemplo para la inmensa mayoría de los políticos de España. Y abre un necesario debate sobre la transparencia que parece que va a seguir estos días con el tema de las incompatibilidades de los diputados, con la trama de imputados del PP y con el ruido que trata de lanzar la prensa afín al PP.

UN DEBATE ESCASO EN ESPAÑA

No sé si es porque somos españoles o mediterráneos con toda su historia católica tan distinta del resto de los europeos con su espíritu del capitalismo, o porque a nuestra cultura le falta aún mucha filosofía sobre el dinero, el trabajo, la empresa y las responsabilidades públicas. Pero está claro que nos hace falta un fuerte debate público sobre estos temas para cambiar ciertas ideas.

El espíritu de la riqueza y la culpa.

¿Hay que sentirse culpable por ganar dinero y más si uno es de izquierdas?

Generalizando, España que tiene mucho pasado de curas, inquisiciones políticas y caballeros hidalgos y menos de empresarios, burgueses y profesionales, y esto ha hecho que tengamos un fuerte rechazo a la idea de enriquecimiento. Pensamos que quien tiene dinero es sencillamente porque lo ha robado legal –bajo pseudoleyes progresistas- o ilegalmente. Y no nos dé por pensar que se lo han robado a quienes no han tenido oportunidad para ganarlo, sino que la tendencia es a asignar las bienes a los que antes poseían todo por la gracia de Dios o de la herencia. Idea -latente en gran parte de derecha más rancia de este país y que infecta en otros grandes espectros- que sólo tolera que quienes tienen sean los que siempre han tenido. Mientras que a los demás sólo les cabe la culpa, porque además el sistema no permite tener ganancias con juego limpio y justicia, al menos el sistema que ellos se esfuerzan en imponer para cerrar su círculo.

Mientras que por un lado defienden un derecho atávico de exclusivo enriquecimiento y casi casi de pernada, por otro lado se dedican a difundir el espíritu de la culpa entre todos aquellos que pretendan vivir bien con su dinero, utilizando la religión, el espíritu de culpa con la pobreza de los demás, etc.

Y en parte funciona, porque nuestra herencia católica es dura hasta para las peores cosas. Tan es así que seguimos dando más valor al sentimiento de culpa –del arrepentido reincidente- que al de la responsabilidad. Siempre preferimos al que se arrepiente y confiesa públicamente entre sollozos, que al que se equivoca, calla con su orgullo herido y se esfuerza en mejorar para que nadie pueda volver a tener la posibilidad de llamarle la atención. Así somos.

Pero ya es hora de que abandonemos esa trampa de la culpabilidad y de esa falsa moral sólo aplicable a los demás. Y más cuando nos lo intentan infundir los más irresponsables y los que menos han hecho por ganar lo que tienen.

Noción del trabajo y la recompensa.

A cierta izquierda reaccionaria –política y sindical- le interesa confundir la idea de enriquecimiento con la idea de explotación. Hace sospechosa a cualquier persona que gane más que el sueldo de un trabajador medio. Ya sea porque se esfuerza y colabora con los explotadores, ya sea porque es ella misma un potencial explotador.

A parte del sector empresarial le parece que está en guerra con el trabajador. Que lo suyo no es una colaboración, sino un choque de fuerzas y un regateo permanente siempre buscando el menor sueldo posible.

A parte de la clase trabajadora le parece que a ellos les compran –se dejan comprar a veces y otras no les queda más remedio- por tiempo y no por trabajo hecho. Y que ya que es eso, encima no van a contribuir a quienes les fuerzan a trabajar. De ahí que seamos menos productivos que la mayoría de países ricos del planeta.

Y con estas ideas, los trabajadores están mal pagados -aunque sean de los serios y profesionales- comparados con cualquier país de occidente, entendemos que los negocios son cosa de explotar, que la competencia es exclusivamente ganar unos y perder otros, que lo de producir no va con nosotros, etc. Así, tenemos la crisis que tenemos y la especulación tipical spanish, ganada a pulso entre todos.

Algún día entenderemos que las empresas son esenciales para el buen desarrollo de un estado, que una sociedad necesita reconocer el trabajo de los profesionales, que defender el poder adquisitivo de todos no pasa por demonizar el dinero, y que el trabajo y los negocios son gano yo y ganas tú y no una guerra.

No hay que criticar los sueldos, sino él no ganárselos.

¿Tenemos que confundir él trabajo bien pagado con enriquecerse sin aportar nada a la sociedad?

A cierta derecha reaccionaria –política y empresarial- le interesa confundir la idea de enriquecimiento por cualquier medio con la idea de que ganar dinero es bueno. Pero son dos cosas distintas. Uno puede pensar que ganar dinero no está nada mal y sin embargo puede tener una idea clara de cómo es justo ganarlo y cómo no.

Uno puede tener la idea –nada utópica- de que un objetivo como progresistas es conseguir que el dinero sea cada vez una información más precisa de las relaciones y propiedades de los sistemas de trabajo y comercio. Pero también hay que reconocer que esto en parte se ha conseguido –en la Europa del bienestar-. A través de un sistema que posibilita estudiar a la mayoría, que protege al trabajador con derechos y convenios colectivos, que tiene mecanismos para controlar la competencia y el fraude, etc.

Es verdad que existen situaciones injustas presentes y heredadas. Patrimonios fruto de prácticas caciquiles pasadas, fraudes modernos y de naturaleza casi tecnológica. O simplemente las diferentes circunstancias de cada uno, con sus barreras y oportunidades. Pero de ahí no se sigue que el sistema sea esencialmente injusto y que todo lo que existe en él no es más que pecado injustificable.

El sistema, en la medida que es producto de las mentes más progresistas de la Europa moderna, deja espacio para la justicia y para que el trabajo individual redunde en el beneficio de la sociedad. Y en esa medida deberíamos empezar a juzgar los sueldos en función de lo que aportan a su parte del sistema –más justo- y no en función de ciertas críticas con aire de santurronería reaccionaria.

Socialismo y voto de pobreza

¿Esa es la herencia de Pablo Iglesias?

Ya saben aquello de que los socialistas están para que no existan pobres y no para hacer voto de pobreza –o peor, para hacer la pobreza igual para todos-

Lo que no significa que se pueda dar un salto para defender la validez de enriquecerse por cualquier medio mientras de paso se apoyan políticas de izquierdas para todos –que debe ser la excusa con la que se consuelan los corruptos de nuestro lado-

Pero que tampoco significa que se tenga que renunciar a ganar dinero por un trabajo que exige en muchos casos una larga carrera no reconocida de esfuerzos ocultos y cuando se llega, una dedicación casi exclusiva si es que se quieren cumplir con lo prometido a los votantes y con los propios valores.

Que el PSOE naciera fundamentalmente de la denuncia de la cuestión social –más la denuncia de la corrupción democrática de España y la oposición a las guerras coloniales- y que su fundador tuviese su mayor atractivo difusor en su conducta ejemplar y coherente, no significa que el PSOE de hoy tenga que ser una foto de aquellos inicios. El gran valor del PSOE en aquellos tiempos fue detectar los problemas fundamentales de los españoles y poner su maquinaria al servicio de las soluciones y la crítica feroz ante la salvaje situación. Más tarde su valor estuvo en aceptar la visión republicana que antaño había rechazado para concentrarse en su causa –las tesis de Indalecio Prieto que empezaron en el IX Congreso- Más tarde fue oposición y exilio. Luego regeneración a todos los niveles –Felipe González- Y ahora tiene que ser derechos, más democracia y modernización. Y para eso no necesita socialistas con raidos abrigos de pana, porque entre sus logros está haber eliminado esa pobreza que nos atenazó un siglo. No, necesitamos políticos profesionales, expertos, formados y reconocidos en su trabajo. El voto de pobreza ya no nos hace falta. La ejemplaridad de Iglesias, su auténtico legado político, viene de hacer causa personal de su causa política. Para igualarle tenemos que ser fieles defensores de los derechos, luchando contra cualquier relación de dominación, teniendo a la gente más preparada en un mundo donde los que juegan sucio tienen los mejores bufetes de abogados, y teniendo mucha visión de futuro. Ese es nuestro legado, y lo de la pobreza es una tontería de los que no entienden el papel del PSOE en el desarrollo de nuestro país.

La política sólo para los que previamente son solventes.

¿Para dedicarse a la política hay que tener otra vía de sustento?

Esto es una trampa. Una vez se lo escuché a Torres Mora en la Jaime Vera –cuando yo defendía que los políticos profesionales más jóvenes de hoy en día tenían que tener carrera, porque estas desde hace tiempo están al alcance de casi todos- y él respondía que la gente con poder y preparación no por tener una salida rechaza tener más poder. Y es verdad, las ansias de aferrarse al sillón son de otra naturaleza casi metafísica, tanto si se necesitaba de la política para sobrevivir, como si es para vivir por encima de lo que se ha tenido siempre, como si es para aparentar o tener contactos con los que ganar un dinero extra. La erótica del poder, ya saben.

De los que sólo piensan en el sillón no nos libra nada. Ni el que sean solventes más allá de la política –bueno, de estos, casi cabe esperar lo contrario, que se lo piensen dos veces antes de arrimarse a este mundo- Sólo nos protege de ellos una cosa, nuestra vigilancia más beligerante.

Pero es que además, esto de que la política es para los que pueden permitírselo, es un argumento reaccionario con solera. Recuerden aquello de que sólo está permitido que gobiernen reyes, o estamentos altos, burguesía o aquellos varones libres que pagan impuestos, etc. Recuerden, porque ya saben que la democracia no siempre fue universal. Y la excusa era que para participar había que aportar –desde sus reglas restrictivas y no decididas entre todos aunque hechas para todos, claro está-

Como esto se sostuvo poco tiempo, se añadió la excusa que así se evitaba que los advenedizos se acercaran sólo con el motivo de hacerse ricos. Y más tarde se le puso una tercera cláusula a esta maravillosa reacción: que la política era algo que no tenía que estar subvencionado por el dinero de todos sino sólo por el de los políticos. Ya saben, la cosa esa del liberalismo de palo y el estado mínimo.

Todo para que al final la política quedase en manos de los que tienen los enormes recursos que necesitan los partidos mayoritarios, las campañas electorales y la permanente actividad. Es decir, para que la política sólo fuese cosa de patriarcas y de sus grandes corporaciones.

Así, aquellos que critican a los que más tienen, a las formas injustas en las que muchas veces consiguen sus riquezas o la merma de derechos que lleva consigo su agenda –que es lo que les lleva a la política- no podrán acceder nunca al gobierno a no ser que pertenezcan a la propia clase que critican. Vamos, que así la crítica y la alternancia sólo es cuestión de cierta clase social, inamovible y caciquil, que se va turnando. Eso que los españoles inventamos en el S. XIX y que algunos siguen echando de menos, por lo que dejan entrever en sus argumentos.

No nos equivoquemos, la solvencia del político de izquierdas sólo tiene que ser juzgada por sus objetivos –derechos, democracia y modernización- Que sí necesitan de destreza y preparación –si es que no queremos dejar la política en manos de los funcionarios más altos o de las empresas subcontratadas- pero no de un capital inversor.

Otra cosa es la reforma de la vida política y el dilema de la profesionalización

Defender la profesionalidad de los políticos no implica defender una casta impenetrable, que se rige por normas internas exclusivamente, que no permite intromisiones y que tiene como principal valor el vivir de su trabajo público.

La vida política española –la que mejor conozco- necesita una gran renovación. Los partidos políticos necesitan encontrar un camino para seguir siendo mayoritarios y razonablemente homogéneos de tal forma que aporten estabilidad a la frágil democracia, y que les permita a su vez ser permeables por la sociedad, por sus opiniones, por sus expertos, por sus activistas de causas concretas, etc. para que puedan tener el suficiente conocimiento encarnado de la sociedad entera y de las soluciones a problemas – o innovaciones- que demanda.

Los partidos políticos necesitan una vida interna mucho más democrática, no haciendo de cada tema una asamblea, sino abriéndose en sus elecciones a la sociedad entera –tipo primarias americanas- necesitan que los simpatizantes puedan entrar y salir con mayor soltura, necesitan mayor contacto con la universidad, con las instituciones, incluso con la empresa –en un sentido de tener a mano a sus profesionales y sus métodos de trabajo-

Es verdad que este dilema complicado ha sido resuelto rápidamente, casi desde el principio, por la derecha y de una forma muy simple. Ha creado un híbrido con sus propios lobbys, haciendo que sean intercambiables las familias y cortes políticas con las familias y cortes empresariales.

En la izquierda parece que la solución tiende más hacia una oligarquía interna. Algo que se debería evitar antes de que cristalice de forma perenne, abriéndose más a la sociedad y poniendo en valor a sus profesionales por sus capacidades públicas. Al fin y al cabo, que existan políticos transparentes dependen de que los modelos institucionales y de partidos, sean también transparentes y abiertos.

Transparencia ordenada y no inquisición de difamadores.

La transparencia no tiene nada que ver con otra de nuestras maravillosas herencias: la confesión. Tan es así, que aun teniendo asumida y reglamentada la presunción de inocencia, mira que nos cuesta. El famoso que calla ante los comentarios de su vida sexual, otorga. El político que no responde a difamaciones, otorga igual. El acusado pero absuelto, seguro que algo hizo. Como somos y lo que nos queda por aprender.

La transparencia no es sólo estar atento a los periodistas más mordaces o a la oposición sin escrúpulos, no. Además eso nos convertiría en defensores de una falsa transparencia que sólo va con nosotros cuando nos afecta. ¡No! La transparencia va de crear un sistema universal de acceso a ciertos datos relevantes–los que tienen que ver con el control democrático y la defensa de los derechos- tanto de las instituciones públicas como privadas. Información accesible a todos porque a todos afecta. Información ordenada, comparable, estandarizada, comprensible e incluso computable –no como hace Esperanza Aguirre cambiando todas las comparativas de sus sistemas públicos-

Esta es la tarea del socialismo más joven: Un sistema de información y reglas accesibles de forma universal, que no haga que los derechos o las oportunidades estén sólo al alcance de tecnócratas entrenados para sobrevivir entre una maraña de leyes, prácticas habituales injustificadas, toma de decisiones oculta, estrategias de alto nivel que nada tienen que ver con el bien común, etc. Un sistema que nos permitan protegernos de las grandes corporaciones, de las instituciones mal gestionadas y de los malos políticos. Y no un sistema que cuando funciona mal sólo sea denunciable pagando a esos tecnócratas –algo que sólo pueden hacer muy pocos-

“Esperarás como Fabio a que llegue el momento justo, pero cuando llegue golpea con fuerza o tu espera habrá sido en vano”

Fabian Society.

05021unavida_clip_image002Recientemente el historiador peruano Eugenio Chang Rodríguez presentó en la Casa de América su ultimo libro basado en la biografía de Victor Raul Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y de cuyo fallcecimiento se cumplen 30 años en 2009.

Para los europeos en general y los españoles en particular la figura de Victor Raul Haya de la Torre, es bastante desconocida, queda opcada por los grandes nombres que han dominado la convulsa vida política latinoamericana, sin embargo se puede afirmar que el suyo fue el primer intento serio de adaptar el socialismo democrático a la realidad de aquella región.

Dice Ludolfo Paramio que uno de los problemas estructurales para la expansión de la socialdemocracia en América Latina fue que la ausencia de un desarrollo industrial similar al europeo, hizo que el cambio social menos acentuado y que a comienzos del siglo XX en los países del continente aun predominasen sociedades predominantemente rurales, en las que teorías como el anarquismo, exportadas frecuentemente por inmigrantes europeos tuvieron más facilidad de propagación y en las que aún coleaban las luchas entre liberales y autoritarios.

Inspirado en la Revolución Mexicana de 1917 y exiliado en aquel país por una cruel dictadura, Victor Raul Haya de la Torre publicó en una revista próxima al Partido Laborista británico, cinco ideas sobre el modelo latinoamericano de socialismo:

1. Lucha contra el imperialismo y la dominación.

2. Integración política y económica de América Latina.

3. Reforma agraria e industrial.

4. Internacionalización del Canal de Panamá.

5. Solidaridad con los pueblos dominados y oprimidos de la tierra.

Estos principios desarrollados en un interesante libro llamado “El Antiimperialismo y el APRA” suponen el primer intento serio de organizar un modelo partido socialista en América Latina y de estructurar una organización continental, inspirada en lo que es la Internacional Socialista, pero circunscrita a América Latina.

El resultado práctico del trabajo de Victor Raul Haya de la Torre se plasmó en la fundación de partidos de base aprista, que aun hoy gobiernan o son alternativa de poder en varios países de la región destacandose Acción Democrática de Venezuela, hoy transformado en varios partidos de corte socialdemócrata y de facto la oposición más seria a Hugo Chavez, el Partido de Liberación Nacional de Costa Rica, el Partido Socialista Chileno y en su país natal el Partido Aprista Peruano y en la influencia en la fundación del Partido del Trabajo de Brasil. 

Más de 75 años después de la fundación del APRA en México, la historia latinoamericana muestra varios intentos de implantar una izquierda de corte populista en la región que se observan con mucho interés en Europa, principalmente cuando se dedican a realizar gestos desafiantes ante el poder norteamericano, sin embargo llama la atención que a pesar de que esta izquierda combinada con populismo suele tener una duración limitada en el tiempo, las formaciones políticas fundadas bajo el prisma de Haya de la Torre, más pragmáticas, radicalmente democráticas, pero firmes en sus valores, se mantienen, gobiernan y realmente transforman sus sociedades, inmplantando sistemas socialmente más justos que las liberan de la dominación interna y externa.

Inmigración y Población 

 

Es evidente que no se puede hablar de Estado sin población, al igual que tampoco puede hacerse sin el elemento del territorio o el poder, si no existe una base poblacional cohesionada los otros dos elementos quedan vacíos o inexistentes y por tanto no se podría hablar de Estado en puridad.

Una de las características del Estado moderno es una tendencia a la homogeneización de su población bien por vínculos profundos e identitarios de origen como puede ser el caso de países como Portugal o Grecia, en donde se puede afirmar grosso modo que existe una unidad cultural, lingüística o social con un alto grado de uniformidad, el desarrollo de otros Estados, cuyo punto de partida es una pluralidad, ha conllevado que la homogeneización se logre mediante la imposición de una de las identidades existentes en el territorio sobre las demás, este sería el ejemplo típico de Francia donde se impuso un modelo tendente al unitarismo frente a las peculiaridades bretona, occitana o alsaciana; finalmente otro tercer grupo de Estados aun siendo plurales hacen de esa pluralidad su seña de identidad y por extensión de homogeneización de sus habitantes, tal sería el caso de Canadá, España (a pesar de tendencias unitaristas a lo largo de la historia) Suiza, Estados Unidos o en menor medida Bélgica.

En estos tres modelos de entender el elemento poblacional, en los que bien se haya optado por la asimilación unitarista, la pluralidad identitaria o simplemente se asuma una realidad común anterior, hablamos de una seña de identidad del Estado caracterizada por un vínculo entre las personas, que coexisten en ese mencionado territorio, que con el paso del tiempo ha ido haciéndose más claro e inequívoco conformando una base humana con un fuerte sentimiento de identidad.

En este sentido la inmigración choca con este paradigma del Estado moderno, porque si bien es cierto que desplazamientos de personas siempre se han producido, el hecho de que los medios de transporte se hayan desarrollado como lo han hecho en los últimos años del Siglo XX, unido a que los medios de comunicación también han experimentado una revolución sin precedentes hasta tal punto que en los países menos desarrollados llega el way of life del primer mundo continuamente, de forma que las distancias se reducen y el desplazamiento de personas que reciben los Estados desarrollados ya no es aislado de otras zonas o de países limítrofes en los que por proximidad pueden existir vínculos culturales o sociales más cercanos, que faciliten la adaptación de los inmigrantes, sino continuo, constante, en aumento y de zonas del planeta que poco o nada pueden tener que ver con los países de destino lo cual conlleva que se esté conformando un tejido poblacional basado en la pluralidad de identidades y por lo tanto no ya en la homogeneización, lo cual supone que ese nuevo paradigma puede crear y en ocasiones crea tensiones sociales, por ejemplo la problemática del velo en la escuela pública francesa o determinadas tradiciones culturales en relación al papel de la mujer de los países islámicos, toda vez que en un periodo relativamente escaso de tiempo se están concentrando núcleos de población de diversas características, valores socioculturales y tradiciones diversas en un espacio que durante siglos ha sido ocupado por una población más o menos homogénea.

 

Inmigración y Territorio. 

 

Si nos aproximamos al segundo elemento, el territorio, es obvio que si la población se organiza y se somete a un poder, el marco donde sucede esto, el territorio es esencial para delimitar cuando hablamos de Estado, sin duda es el elemento que puede suscitar mayor conocimiento y en cierto sentido también consenso cuando se trata de delimitar la idea del Estado.

El elemento del territorio tiene por consiguiente una doble dimensión para el Estado, puesto que se trata por un lado del espacio compartido por los habitantes del Estado, pero de otro el territorio tiene límites, fronteras, que separan un Estado de otro y por tanto separan distintas poblaciones y distintas formas de entender el poder.

Sin embargo en los últimos años, el proceso de globalización económica ha supuesto el fin de las fronteras para la economía[1], con lo cual se ha abierto un nuevo espacio de libertad de circulación de capitales que ha conllevado también una mayor facilidad de circulación de personas, lo que unido al desarrollo de los medios de transporte, de comunicación y al impacto del bienestar de los Estados desarrollados en las zonas más desfavorecidas del planeta conducen a que los antiguos límites territoriales y controles se vean desbordados por desplazamientos constantes de muchas personas que van a instalarse de un lugar a otro.

Por lo tanto en este sentido es pertinente señalar que ante los actuales flujos de inmigración, la clásica política de control de fronteras de los Estados se ve impotente y desbordada puesto que por un lado los propios Estados realizan actuaciones contradictorias consigo mismos puesto que simultaneamente tienen que proceder a una mayor apertura de fronteras, fruto de la integración económica supranacional en determinados ámbitos regionales, piénsese en el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México o la Unión Europea, mientras tratan de mantener un tapón sobre los flujos migratorios, tratando de aferrarse a la idea de frontera como delimitación del territorio en sentido clásico, como si fuese posible separar ambos fenómenos.

 

Inmigración y Poder.

 

Cuando se analizan los tres elementos que conforman la idea de Estado moderno, la idea de cierre es la de poder, es decir una vez existe una población establecida en un espacio territorial, se tiene que someter a unas reglas de organización política, sin las cuales no se puede hablar de Estado, propiamente dicho. Puede parecer que el fenómeno de la inmigración toca muy de pasada, este elemento de cierre del concepto de Estado en sus múltiples definiciones y variantes, sin embargo estamos ante un factor que se ve cuando menos igual de desafiado que los dos anteriores, sobre una doble dimensión, territorial y de ciudadana o de legitimación.

La dimensión territorial del poder, se ve desbordada por la realidad de la inmigración en varios ámbitos, ad extra en tanto que en el marco del proceso de integración supranacional de Estados, por ejemplo de la Unión Europea, no solo crea espacios económicos o políticos comunes si no que crea intereses comunes que superan a los del Estado per se y conllevan que políticas antaño propias y soberanas de los Estados pasen a ser políticas compartidas, un buen ejemplo en la Unión Europea sería la regulación de las fronteras, puesto que al diluirse entre socios, se crean fronteras comunes, de manera que aunque Alemania o Francia carezcan de fronteras con Estados no comunitarios, la política de fronteras de países como España que sí la tienen, les afectan y por tanto la soberanía estatal, española en este caso, para controlar sus fronteras se ve condicionada por una política común de fronteras puesto que el interés en el control de los flujos es común.

 Si atendemos al elemento interno de la organización territorial del poder, la inmigración plantea un reto a los Estados en dos escenarios, por un lado en aquellos Estados políticamente descentralizados como España, Canadá o Estados Unidos, surgen problemáticas relativas a la competencia en cuanto a la gestión del fenómeno, puesto que autonomía política implica que dentro de un marco común puede haber distintos modelos y políticas económicas, sociales, urbanísticas o educativas, de todo tipo que fomenten que en cada territorio del Estado los problemas de inmigración sean muy diferentes, por ejemplo en España una comunidad con un fuerte peso de la Agricultura en su economía como Castilla y León atraerá un tipo de inmigración determinado con unos problemas de integración que pueden ser diferentes a otros territorios en que como Andalucía sea el sector hostelero el que llame a otro tipo de inmigración, en el caso Español el debate sobre las reformas de los Estatutos de Autonomía recoge este asunto puesto que las Comunidades Autónomas, pero también las entidades locales reclaman un mayor poder sobre las políticas de inmigración y por tanto el Estado, que de por si se ve desbordado exteriormente, también se ve desbordado ad intra.  

En cuanto a la dimensión ciudadana o de legitimación del poder que se ve afectada por el fenómeno de la inmigración, no se analiza una cuestión de poca importancia, puesto que el poder en el Estado no solo se ejerce, sino que necesita legitimación de la población que está sometida a él.

En este contexto la inmigración implica que, dado que en los Estados de recepción se está procediendo a regular una multiplicidad de permisos y situaciones de estancia[1] que en muchas ocasiones de manera que la población inmigrante carece de derechos equiparables a los ciudadanos del país donde residen, lo cual es un riesgo porque puede crear bolsas de descontentos en ambos colectivos, en el caso de los inmigrantes porque a pesar de que están trabajando y cumpliendo con obligaciones ciudadanas (como pagar impuestos o cotizar a la Seguridad Social) se ven privados de determinados derechos civiles de ciudadanía como puedan ser el derecho de sufragio en determinadas elecciones que les afecten o derechos de libertad de movimientos o de intimidad, con lo cual se crea por un lado diversas categorías de personas, lo cual trastoca la idea de los Estados democráticos de la no discriminación pero a su vez en el lado de los ciudadanos del país de recepción, en aquellos sectores más desfavorecidos puede crearse la sensación en momentos de recortes de servicios públicos (como los operados en España por el PP) de que existe una falsa competencia con los inmigrantes, que por su condición de llegada suelen estar también económicamente desfavorecidos, para lograr ayudas sociales que cuando les son negadas crean un malestar en esta población ciudadana de pleno derecho que tiene la percepción de que le usurpan sus derechos. En definitiva esto muestra que por un lado una minoría que crece y que puede terminar siendo mayoritaria o suficientemente representativa pero que se ve sistemáticamente fuera del juego político creando un nuevo “Tercer Estado” por utilizar la terminología de Sieyès[2] y de otro unas capas sociales desfavorecidas que se pueden sentir abandonadas por el Estado, que como una de sus finalidades tendría garantizarles la dignidad y que se ven desplazadas por población de otros países, tendencias éstas que llevan a romper la cohesión social y a crear tensiones que en ultimo término sirven para que la población cuestione el poder y por tanto la legitimidad del mismo se vea comprometida.


[1] Carlos Jiménez Romero, 2003.

[2] Emmanuel Sieyès, 1989.

[1] Saskia Sassen, 2001.

Pettit continúa el capítulo defendiendo que en la historia del republicanismo la libertad no ha sido de carácter positivo como se podría desprender de aquellos que aceptan la distinción que explicábamos en la entrada anterior. Al contrario, su libertad aparece en la mayoría de las veces como una negación de la dominación y alcanza su estado afirmativo en el derecho, dictado para garantizar esa libertad.

Históricamente la libertad republicana tiene ya presencia en la libertas romana, que fundamentalmente era protección y seguridad de lo privado a través de garantías públicas. Era institucionalizar la seguridad. Más que la participación -demostrado por el hecho de que podían existir cívitas, ciudadanos de Roma, sin derecho a voto, pero igualmente entendidos como plenamente ciudadanos- lo importante era la protección de los ciudadanos a través de las instituciones.

Maquiavelo prosiguió esta tradición que entiende el deseo de libertad no como un deseo de dominar sino de no ser dominado:

[El pueblo] Una pequeña parte de ellos desea ser libre para mandar, pero todos los demás, que son incontables, desean la libertad para vivir en seguridad. Pues en todas las repúblicas cualquiera que sea su forma de organizarse, no pueden alcanzar las posiciones de autoridad sino a lo sumo cuarenta o cincuenta ciudadanos. (P. 48)

El hilo de esta libertad sigue con los inspiradores de la Revolución Norteamericana, los hombres de la Commonwealth y especialmente los autores de las Epístolas de Catón:

La libertad verdadera e imparcial es, pues, el derecho de todo hombre de seguir los dictados naturales, razonables y religiosos de su propio espíritu; de pensar lo que quiera, y de actuar según piense, siempre que no actúe en perjuicio de otro; a gastar el mismo su propio dinero, y a disponer a su modo del producto del producto de su trabajo; y a trabajar para su propio placer y su propio beneficio. (Trenchard y Gordon) (Pag. 49)

Vemos que en la tradición republicana prima la libertad cívica sobre la libertad política. Prevalece la libertad de los ciudadanos que no quieren verse sometidos al arbitrio de los poderosos, sobre la libertad de los que quieren acceder a la participación política. Libertad que sólo es ensalzada en la medida que la democracia es la mejor garantía de la libertad cívica.

Como dirá Joseph Priestly:

Cuanta más libertad política tiene un pueblo, tanto más asegurada está su libertad cívica.

Remarca Pettit:

El control democrático es ciertamente importante en esta tradición, pero su importancia le viene, no de su conexión definicional con la libertad, sino del hecho de que sea un medio de promover la libertad. (P.50)

Tras leer esto podemos entender que para nuestro autor la democracia es algo que encuentra su encaje en la arquitectura del sistema y no en el concepto de libertad. Que además se protege del populismo.

Pensar que la democracia es el mejor medio de tener libertad no implica caer en su forma viciada, el populismo, donde todo se reduce a la razón del pueblo -que como no, sólo puede salir de la boca del líder máximo- Esta confusión populista de lo que significa la democracia la vemos cuando al defender cambios progresivos y al aceptar la razón de estado en forma de derecho, puede verse tachado, por los que se creen los guardianes de la izquierda auténtica, de ser la derecha disfrazada. Así el populismo acusa de conservador a un republicanismo que cree que la mejor manera de mantener la libertad es tener un derecho que garantice la no-dominación.

Pettit siguiendo al historiador F.W. Maitland

Si la teoría convencional lleva a una democracia idealmente perfecta -a un estado en el que sólo lo que la mayoría quiere que sea ley, y nada más, se convierte en ley-, entonces lleva a una forma de gobierno, bajo la cual el ejercicio arbitrario del poder es del todo punto posible. (P.51)

 

[Siguiendo esto se entiende la aprobación del matrimonio entre homosexuales independientemente de si esto era voluntad de la gran mayoría o no, es un ejemplo de republicanismo que no cae en el populismo ni necesita de él.

En cambio, el multiculturalismo político encarnado en grupos de identidad como agentes políticos es una postura política completamente alejada del republicanismo. Ni permite el control democrático de la mayoría sobre las políticas que promuevan como grupos de presión, porque la identidad es intocable y sus hijos políticos más aun, ni permite salvar al individuo de la identidad del grupo -es decir de la que dicta el líder o el experto universitario- El multiculturalismo político pone la identidad por encima de la ley, o como mucho, a la ley al servicio de la diferencia y no de la libertad.

Por supuesto que esto no es rechazar el multiculturalismo social, que es una cosa completamente diferente, y que produce lo contrario que su hermano político: la heterogeneidad dentro de una misma sociedad. No es lo mismo una piedra donde los diferentes componentes nunca se mezclarán, teniendo cada uno su espacio -su poder- que una mezcla donde sus partes están entrelazadas inseparablemente y por tanto se deben unas a otras.]

 

AMO Y ESCLAVO

Este aspecto negativo, de rechazo a la sumisión, le viene al republicanismo de la dialéctica del amo y el esclavo.

Hay dos razones para pensar que la concepción de la libertad como no-dominación es la noción de libertad que se halla en la tradición republicana. La primera es que en la tradición republicana, a diferencia del punto de vista modernista, la libertad se presenta siempre en términos de oposición entre liber y servus , entre ciudadano y esclavo. La condición de libertad se ilustra con el estatus de alguien que, a diferencia del esclavo, no está sujeto al poder arbitrario de otro, esto es, de alguien que no está dominado por el poder arbitrario de ningún otro. Así, la condición de libertad queda ilustrada de modo tal, que puede haber pérdida de libertad sin que se dé interferencia real de tipo alguno: puede haber esclavización y dominación sin interferencia, como en el ejemplo del amo que no interfería. (P.52)

La persona libre era más que un servus sine domino, un esclavo sin amo que puede ser adquirido por cualquiera; el liber era, necesariamente, un civis o ciudadano, con todo lo que esto implicaba en punto a protección frente a interferencias. (P.52)

-Negrita mía. Por cierto, intenten entender la lucha obrera de los siglos XIX y XX, como una lucha por la libertad que evite plegar su vida a los deseos del patrón en vez de entenderlo como un ideal primordialmente igualitario-

El ciudadano es alguien que está protegido para no llegar a ser un esclavo -Está protegido de la arbitrariedad, mediante las leyes de la República-

Pero el lenguaje poralizado de la libertad y la servidumbre no llegará a expresarse cabalmente sino en los desarrollos republicanos ingleses y americanos del legado republicano. James Harrington (…) subraya el contraste cuando resalta la necesidad de que, para ser libre, una persona disponga de recursos materiales: << el hombre que no puede vivir por sí mismo tiene que ser un siervo; pero quien puede vivir por sí mismo, puede ser un hombre libre>>; la esencia de la libertad es no tener que soportar esa dependencia y esa vulnerabilidad. (Pag.53)

-Negrita mía. Por cierto, intenten entender la Ley de Dependencia a la luz de las negritas, como un ideal de libertad más que igualitario-

Algernon Sydney:

<<La libertad consiste exclusivamente en una independencia respecto de la voluntad de otro, y entendemos por esclavo a un hombre que no puede disponer de su persona ni de bienes, sino que lo disfruta todo según el arbitrio de su amo>> (P.53)

Autores de las Epístolas a Catón (Trenchard y Gordon):

Libertad es vivir de acuerdo con los propios criterios; esclavitud es limitarse a vivir a merced de otro; y una vida de esclavitud es, para quienes pueden soportarla, un estado continuo de incertidumbre y desdicha, a menudo una cárcel de violencia, a menudo un persistente pavor a una muerte violenta.(Pag.54)

Commonwealth:

Muchos hombres de la commonwealth de comienzos del siglo XVIII se sirvieron de la retórica de la libertad y la servidumbre para celebrar la emancipación respecto del absolutismo de los Estuardo y para denunciar las maquinaciones del gobierno en la política interior. No les importaba a los hombres de la Commonwealth que el gobierno criticad fuera Whig; el poder siempre era peligroso, el poder necesitaba vigilancia permanente (…) Pero a medida que avanzaba el siglo XVIII, una nueva causa solicitó la atención de los hombres de la Commonwealth: la causa de la colonias americanas, y en particular, las protestas contra los impuestos recaudados por un gobierno sobre el que las colonias no tenían control alguno. Claramente, había aquí gente que vivía a merced de una voluntad ajena y potencialmente arbitraria: la voluntad del parlamento británico. Aquí había, como no podían menos de verlo los devotos de la tradición, un pueblo encadenado a los grilletes de la esclavitud, un pueblo ilibre. (P.54)