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Una de las mitificaciones del proceso norteamericano de primarias es la idea de que los candidatos son elegidos por votación directa en algunos casos como Iowa o Nevada de cualquier ciudadano, en otros como New Hampshire de los votantes que se registran como simpatizantes de un partido.
Pues bien no es cierto, en las primarias de los estados no se vota al candidato, sino que se eligen a los delegados que representarán a cada Estado en la Convención Nacional de cada partido. En este sentido cada partido es libre de organizar la representación de los Estados en su Convención y la asignación de delegados obedece a razones diversas (población, afiliación…). En este supermartes los demócratas se juegan en 24 Estados cerca de 2000 votos en la Convención, mientras que los republicanos elegirán a poco más de 1100 delegados.
El sistema de primarias fue establecido ante las continuas manipulaciones que los aparatos del Partido Demócrata y del Partido Republicano, realizaban para elegir delegados a las Convenciones, lo que dió lugar a que Theodore Roosvelt se escindiese del Partido Republicano, fundando el Partido Progresista que fue el primero en establecer un sistema de elección por primarias, que la práctica y la buena acogida, unido a un número infinito de manipulaciones en los tribunales por la asignación de delegados, llevaron a Demócratas y Republicanos a establecer este sistema y a los Estados a regularlo legislativamente.
Por tanto las características de las primarias en los Estados Unidos es que son un proceso de elección indirecta, similar al que en los partidos europeos se realiza cuando se eligen delegados a sus Congresos, pero que presenta varias particularidades:
+ Nace como reacción de desconfianza hacia los aparatos de los partidos mayoritarios, que manipulaban la elección de delegados a sus Convenciones Nacionales, en un país que como Estados Unidos tiene un sistema político de elección uninominal y que desde su nacimiento desconfía de los partidos políticos, de hecho Jefferson promueve que la Constitución americana ni siquiera los mencione.
+ Está regulado legalmente por cada Estado que además supervisa y certifíca el proceso, de manera que ha devenido en obligatorio para todos los partidos. Esto ha generado cerca de 50 sistemas de elecciones primarias pero grosso modo se pueden resumir en tres: abierta (vota cualquier ciudadano, por ejemplo en el Caucus de Iowa) semi-abierta (votan los ciudadanos registrados como simpatizantes de uno u otro partido como sucede en New Hampshire) o cerrada (solo votan los militantes).
+ Los partidos gozan de una amplia autonomía a la hora de asignar delegados a los Estados, pudiendo anular la participación de los delegados de los Estados si estos, como ha pasado recientemente deciden unilateralemente y sin contar con la dirección de los partidos, adelantar o retrasar las elecciones. Además en el caso del Partido Demócrata existe la figura de los superdelegados, que es un colegio de delegados que se designan desde la dirección demócrata directamente como participantes en la Convención.
Finalmente también es importante señalar que los delegados elegidos en las primarias, no acuden a la Convención con mandato imperativo y de hecho son frecuentes los cambios de votos y la indisciplina, principalmente en el Partido Demócrata. A modo de ejemplo de ello en la Convención Demócrata de 1968 Hubert Humpreys, entonces Vicepresidente de Lyndon Johnson, que ni siquiera se había presentado a las primarias fue designado candidato a la presidencia, debido a la influencia del Alcalde de Chicago y de los superdelegados sobre los delegados elegidos por las estructuras estatales.
Un sistema interesante que aunque no difiere tanto de los europeos, a veces suscita ansias de reforma en los partidos europeos para asemejarlos a los norteamericanos, en esto hay un par de buenas lecturas de José Antonio Gomez Yañez “Partidos sin Ley” y “Primarias” publicadas en El País, pero ese es otro debate….
Leyendo hoy el blog de Joaquín Leguina me he decidido a mandarle un comentario, ahí va:
Aceptando que no se puede ser de izquierdas otorgando derechos en función de la comunidad cultural que algunos “expertos” o predicadores otorgan a un grupo humano -y eso vale tanto para el nacionalismo como para un multiculturalismo político mal entendido- el argumento se queda corto.
Porque los derechos, tanto legales como sociales, que nosotros tenemos en España, están en función de un estado -de bienestar- que los distribuye y asegura, y el estado está en función de una soberanía nacional que en su germen no se diferencia del que tienen los nacionalismos.
La soberanía, concepto todo lo chusco que se quiera, está muy asociada a la idea de nación, al de poder, o poderes que se llevan bien en un mismo espacio y a falsas creencias en una cultura común -como si la cultura pudiese ser única y homogénea-
La diferencia no está en eso, sino en que la “izquierda” da a esa herencia histórica del estado -que a su vez es heredero del cruce de linajes de casas reales luchando por el dominio del resto- un impulso universal, al menos dentro de sus fronteras, y en la medida de lo posible fuera.
Y quiero que se me entienda, a mi no me gustan los nacionalismos, pero creo que criticarlos haciendo un canto al igualitarismo y contra las fronteras, sólo le da razones a ellos por nuestra incoherencia o por negarles algo de lo que nosotros si hacemos uso –la soberanía-
Más bien lo que diferencia a la izquierda –con sentido de gobierno y estado- del nacionalismo, es que una usa la soberanía para ampliar derechos, como por ejemplo los lingüísticos, y los nacionalismos para restringir unos y apoyar otros. La izquierda democrática juega a crecer y el nacionalismo a un juego de suma cero.
Quizás la diferencia entre la izquierda y el nacionalismo, más que de igualitarismo y de identidad, sea de la racionalidad aplicada al juego del estado.
Cuando se estudia la incidencia que tiene y los retos que plante la inmigración al Estado debe establecerse este análisis sobre dos premisas, en primer lugar que el factor que lanza los retos, el fenómeno migratorio, no es una realidad nueva y en segundo lugar que el elemento que se ve impactado por el fenómeno anteriormente señalado, el Estado, es un concepto que puede ser muy variable y por lo tanto difícilmente acotable en una definición.
En relación al primer factor, hay que tener en cuenta que el desplazamiento de personas de un lugar a otro, buscando mejores condiciones de vida por razones diversas (clima, prosperidad, riqueza territorial, etc.) es algo que ya se ha producido a lo largo de la historia, la Antigua Roma, sin ir más lejos, tuvo que asumir la llegada, a la capital del Imperio, de flujos de personas de diversos orígenes, culturas y tradiciones muy diferentes entre sí, mediante actuaciones de diverso tipo como la ordenación urbana, procura de agua y alcantarillado a las nuevas edificaciones de una ciudad en continuo crecimiento o reformando su sistema legal para afrontar supuestos interpersonales de sujetos de distintas procedencias.
Por su parte el segundo elemento de análisis, tampoco es nuevo, si bien es realmente complicado de conceptuar, puesto que cuando se habla de Estado, se enuncia un término de difícil acotación por razones emocionales e ideológicas.
Entre las muchas definiciones que se pueden dar del Estado pueden seleccionarse cuatro, cada una de las cuales puede explicar algunos determinados modelos de concebir el Estado, que se han tenido. Una perspectiva tomista[1], diría que el Estado vendría a ser la ordenación de la razón, dirigida al bien común por quien tiene a su cargo cada comunidad temporal, inspirada en el orden divino, es decir esta postura explicaría un modelo de Estado teocéntrico, en el que el soberano, inspirado en el ordena divino dirigiría los destinos de las personas de su ámbito espacial. En cambio un análisis marxista[2] definiría el Estado como un instrumento espacial de dominación de clase, es decir el Estado sería una herramienta en manos de la clase burguesa preponderante en un territorio, a través de la cual mediante mecanismos identitarios de alienación hacen olvidar al proletariado su conciencia de clase. El autor Alemán carl Schmitt[3], entiende el Estado como la integración de la comunidad nacional bajo el mando del Fhürer. Finalmente Bobbio[4] concibe el Estado como la legitimación del poder, democráticamente legitimado para remover los obstáculos, permitiendo desarrollar a los ciudadanos sus planes de vida libremente elegidos.
Estas cuatro definiciones son solo algunas de las que han pretendido definir qué es el Estado, sin embargo no es posible afirmar con rigor y sin ideología que una de ellas es la verdadera, antes al contrario puede afirmarse que todas en tanto en cuanto explican modelos de Estado tienen elementos de veracidad, puesto que el Estado ha sido teocéntrico, inspirado en un supuesto orden divino, pero también durante el siglo XIX y principios del XX fue un instrumento de dominación de clase, puesto que en las “democracias censitarias” el acceso de la clase trabajadora a derechos individuales y colectivos estaba vedado, si acudimos al periodo entre la I y la II Guerra Mundial también podemos observar que los Estados totalitarios como la Alemania nazi se fundamentaban en la adhesión fanática y basada en elementos de carácter racial de un pueblo a un líder, pero también tras 1945, se aprecia que el Estado se convierte en un elemento protector de los ciudadanos, que lo legitiman participando en la democracia, que ofrece protección y cobertura de las necesidades básicas de todos ellos, para que puedan desarrollar sus proyectos de vida. Sin embargo en todas ellas encontramos tres elementos comunes, población, territorio y poder o soberanía, es decir hablamos de entes que se forman cuando en un territorio se organiza jurídico-políticamente un pueblo, que por razones de diversa índole (alienación, legitimación democrática, etc.) se somete a un Gobierno[5].
Por lo tanto podría afirmarse a tenor de lo anterior de que quizás se esté mitificando el fenómeno de la inmigración, a fin de cuentas es habitual, desde finales del Siglo XX, oír hablar de que se vive una época de cambios, de grandes transformaciones, que han generado todo un presupuesto ideológico de la cultura del cambio, que hay que relativizar en muchos casos puesto que grandes transformaciones se han producido siempre, piénsese en la generación que vive la II Guerra Mundial y que observa como en apenas menos de diez años, surgen y desaparecen los Estados totalitarios, se lanza la primera bomba atómica, caen los Imperios Británico y Francés para dar paso a un mundo bipolar, se desarrolla un modelo de Estado del Bienestar y se crea el Mercado Común en Europa.
Sin embargo el hecho de relativizar la cultura de los cambios vertiginosos a la que anteriormente se ha hecho referencia, no implica negar por otro lado que cambios de gran calado (como siempre) se están produciendo y que el fenómeno de la inmigración, que se está produciendo desde finales del siglo pasado, parejo al proceso de la Globalización, supone un importante reto para el Estado moderno[6], puesto que desafía a los tres pilares sobre los cuales se ha sustentado, población, territorio y poder, dilema que no deja de ser menor puesto que afecta a la esencia misma de la idea de Estado, cualquiera que fuese su variante o modelo.
[1] Sobre la concepción tomista del orden social y el poder puede acudirse al texto de Tomas de Aquino en, Ansuategui Roig, 1994.
[2]. Sobre la concepción marxista del Estado puede acudirse al texto de Karl Marx en, Ansuategui Roig, 1994
[3] Schmitt, 1990.
[4] Sobre la concepción tomista del Estado promocional puede acudirse al texto de Norberto Bobbio en, Francisco Javier Ansuategui Roig, 1994
[5] Sobre los elementos constitutivos del Estado, puede acudirse al texto de Biscaretti di Ruffia en Pérez Royo 1997.
[6] López Sala, 2005.
Tema muy amplio, vertiginosamente amplio el de tu entrada sobre Izquierda y España. Espero muchas entradas tuyas sobre cada uno de los asuntos centrales del federalismo.
La primera vez tuve una idea clara sobre el asunto fue leyendo a un señor que retrataba agudamente el mismo ejemplo que pones, el norteamericano. Me refiero a Tocqueville y La Democracia en América. Ser federalista o centralista no eran posturas digamos ideológicas, sino casi casi ingenieriles. Ser federalista tenía que ver con un balanceo de poder que permitiese el movimiento interno y el control. Control tanto desde la periferia como desde el centro, porque ser federalista no es ser separatista, ni poner la diferencia por encima de lo común, sino aceptar y diseñar el cauce tanto de las fuerzas centrífugas como de las centrípetas en la arquitectura del estado. De ahí el activismo cívico norteamericano y el poder centralizador de sus jueces, por citar algunos de sus elementos más llamativos. La verdad es que a Tocqueville le dedicaré algún post.
Este balanceo me parece esencial, porque siendo más o menos correcto pensar que la cercanía a los problemas es la única forma de superarlos, la cosa tiene sus matices. Alguna vez te he oído hablar del gobierno multinivel. En eso tiene que estar el federalismo y el municipalismo, en resolver, o crear, lo que está a su alcance representativo. Pero, si se me permite poner el contrapunto, no todo está al alcance de sus ojos. Una comunidad o un municipio puede verse envuelto en asuntos que afectan a intereses que sobrepasan los de sus electores, ya sea por la movilidad de estos mismos, porque de sus acciones se derivarán subproductos al resto, o porque la supervivencia del cargo político de turno no esté en juego en temas que sí gestiona o que puede ralentizar sólo por fastidiar, etc. Estoy pensando por ejemplo en las políticas del medio ambiente, en las energéticas, en las de infraestructuras o incluso en las educativas.
Creo en el aumento de democracia que supone el federalismo, pero también creo ser consciente de que todo perfeccionamiento de un sistema democrático lo hace todo más frágil y necesitado de mayor esfuerzo y calidad por parte de sus políticos pero sobretodo de sus ciudadanos.
Se necesitan políticos capaces de no ser fieles lacayos del todos a una de las políticas partidistas lanzadas a las comunidades propias en una estrategia de desgaste con el gobierno central, pero también de políticos capaces de no ser administradores de lo inmediato y lo propio, que sepan que están inmersos en un estado y que del beneficio de la comunidad vecina, mañana vendrá el suyo, o que no entiendan que su labor principal es hacer oposición día y noche a un gobierno de nivel superior, aunque sea más televisivo.
Se necesitan ciudadanos informados, que sepan que hay en juego en cada esfera. Que conozcan para qué sirve un concejal, un alcalde, un diputado regional, un presidente y un parlamento de España. ¡Y por tanto se necesitan políticos a todos estos niveles que expliquen muy bien su tarea, sus propósitos y cuál es su alcance! No le voy a quitar responsabilidad al ciudadano, a veces tan mimados por lo políticamente correcto -aunque la condescencendia es propio del paternalismo y este en política es uno de los mayores desprecios por las personas comunes-, pero el político que se embarca en aventuras descentralizadoras no debería esperar que el tiempo le dé algún día lejano la razón, sino que tiene que ponerse a explicar lo que hace y a generar una cultura de la descentralización, que no pase por la particularidad cultural (¡) que las más de las veces parece que es el único medio que se les ocurre, sino por el desarrollo de la democracia y la participación.
Por cierto, que bien le vinieron las políticas europeas de cohesión a todas las ciudades españolas. Balanceo!!!!! que gran palabra, que sublime idea para el control, la libertad y la justicia. Europa y Ciudad, que gran lema para futuros debates.

“Sucede que a veces la socialdemocracia parece enferma, pero mientras algunos comienzan a alegrarse de la desaparición del enfermo y a pensar en el día después, éste contra todo pronóstico se levanta y con la energía de un joven comienza de nuevo a andar, creanme cuando les digo que socialdemocracia siempre estará liderando los cambios”.
Medidas como la que ha adoptado el Gobierno de Canadá (Conservador) en relación a establecer mecanismos de toma de temperatura a través de la opinión de los ciudadanos (en el caso canadiense por una Web) para lograr la aprobación de una Ley que incide sobre los derechos de propiedad intelectual,
El PSOE se mantendrá como organización clandestina en Galicia y en 1977 contará con la incorporación del entorno de Ramón Piñeiro y del entorno del republicano-liberal y del galleguismo histórico del interior en una apuesta por una formación socialdemócrata encuadrada en un proyecto federal para España.
Por su parte la vertiente nacionalista dará como resultado la creación del Partido Socialista Galego, formación socialista, galleguista y europeísta que encabezará Xosé Manuel Beiras, catedrático de economía de la Universidad de Santiago y que dará a la política gallega nombres de la talla del propio Beiras, Ceferino Díaz y sobre todo el primer Presidente socialista de la democracia en Galicia, Fernando González Laxe. El Partido Socialista Galego no tendrá procesos de fusión con el PSOE, sino que se aproximará al Partido Socialista Popular de Tierno Galván, en cuya federación gallega militaban importantes figuras políticas actuales como José Blanco y José López Orozco, Vicesecretario General del PSOE y Alcalde de Lugo respectivamente.

Recientemente el historiador peruano Eugenio Chang Rodríguez presentó en la Casa de América su ultimo libro basado en la biografía de Victor Raul Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y de cuyo fallcecimiento se cumplen 30 años en 2009.
El debate abierto en España, respecto la financiación autonómica, tras las reformas estatutarias culminadas entre 2005 y 2007, pone de manifiesto una acentuación del carácter federal del Estado, ya que por primera vez se asiste dentro de todas las formaciones políticas de ámbito nacional a un debate centro-periferia, o a una tensión entre la agenda politica autonómica, con la agenda política federal o estatal.