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Posiblemente este sea el jardín con más espinas. El que tiene los caminos más torcidos, y en el que sino terminamos admitiendo las sutilizas del análisis minucioso, nos dejará la piel llena de espinas.
Por lo general hay dos discursos en la calle -me permito hablar como pseudofilósofo y como urbanita que convive con la inmigración en el trabajo, antes en la universidad, en el transporte público, en el barrio y en el portal. Y como ahora, lector de Dworkin. Esto no es sociología y no podría decir si se habla mucho o poco en la sociedad sobre el tema, pero donde yo he citado, se habla mucho, muchísimo, más que en los partidos políticos o en los medios de comunicación- Las dos mitologías son: Un primer discurso un tanto despreciativo, de recorrido fácil y a veces con tintes xenófobos. Luego hay otro de derechos humanos para absolutamente todo junto con una idea puramente mercantil, que curiosamente es la preferida de los progresistas -el extranjero produce, con lo cual es legítimo. Y… cuando no produzca miraremos para otro lado ¿no?-
No hay posibilidad intermedia. No existe el debate. Quien critica problemas derivados de los movimientos migratorios, corre el riesgo de ser un racista. Quien defiende los derechos de un inmigrante corre el riesgo de ser tachado de hippy progre que por supuesto vive en un barrio bien y mira las cosas desde la barrera.
El problema es que esta dualidad puede llevarnos al silencio y a la indiferencia, tanto ante los problemas como ante la persecución del inmigrante. Nadie habla públicamente, sí entre amigos, de estos temas. No se habla, porque diga lo que se diga, en tono crítico, uno está condenado a caer en uno de los abismos. Y así uno puede vivir en una esquizofrenia considerable. Esto es lo uqe ha llevado a las personas progresistas, las que mandan o pueden escribir y hablar en los medios de comunicación, a que no dijeran nada crítico en un periodo de exaltación del inmigrante y tampoco digan nada crítico cuando la bandera es la persecución del inmigrante ilegal.
La vacuna para esta ceguera, y posiblemente para el segundo mayor reto /problemón de Europa, sea diferenciar nítidamente entre derechos humanos y el debate sobre las políticas concretas sobre inmigración. Hemos estados viendo, que aunque viven conectados ideales y concreciones en el mundo de las leyes, conceptualmente pueden diferenciarse. Puedo defender la dignidad de un inmigrante y no por ello tengo que renunciar a decidir como quiero que sea la política de extranjería de mi país ni impedírselo a otros. Puedo intentar cambiar esta política de extranjería pero nunca puedo violar los derechos humanos.
Los derechos humanos no dictan como un estado tiene que trabajar por la humanidad entera. Dicen lo que no puede violar su legislación. Dice que no puede actuar con mala fe contra el inmigrante o la nación extranjera. Pero no dictan como una nación tiene que desarrollar sus políticas concretas.
Impedir este debate es lo que está llevando a Europa a un movimiento extremadamente conservador. No puedo opinar, pues me quedo con los mensajes más viscerales, irracionales, apeladores del miedo, pero en los que al fin y al cabo salgo mejor parado. Un debate que si se admitiese, quizás no sería tan difícil de abordar. Quizás descubriríamos los miedos de unos y otros, lo que esperan unos y otros, haríamos de los prejuicios de unos y otros razones cuidadas, pulidas y respetuosas.
Quién sabe, si con ordenanzas municipales de convivencia y orden público -para todos por igual y con obligaciones de verdad, legales, y no sólo marcas para extranjeros, como esa tontería esa del contrato para inmigrantes del PP- Quien sabe, si asumiéramos que el multiculturalismo político no es más que la defensa de guetos que nunca convivirán entre ellos y de líderes no democráticos de subcomunidades, y si asumiéramos que los beneplácitos con los dogmas de las distintas religiones no son más que los peores enemigos de los derechos humanos, este problema no sería más que una cuestión administrativa de cómo asentar flujos de personas en una sociedad próspera.
Es verdad que la Frontera es el gran problema conceptual. Que retornar a un inmigrante en el fondo, aunque sea él ilegal y el procedimiento de expulsión legal, cae bajo la conciencia de que se le manda a un mundo sin garantías a pesar de su humanidad. Que no dejarle entrar es la misma condena dentro del sistema global. Pero no tengo solución a esta falla, entre la ciudanía global y la protección que sólo asegura el estado concreto, sólo veo la cooperación internacional -idea claramente insuficiente para el desarrollo de los derechos en el resto del planeta- Eso y el deseo de una internacional progresista.
Cuando se estudia la incidencia que tiene y los retos que plante la inmigración al Estado debe establecerse este análisis sobre dos premisas, en primer lugar que el factor que lanza los retos, el fenómeno migratorio, no es una realidad nueva y en segundo lugar que el elemento que se ve impactado por el fenómeno anteriormente señalado, el Estado, es un concepto que puede ser muy variable y por lo tanto difícilmente acotable en una definición.
En relación al primer factor, hay que tener en cuenta que el desplazamiento de personas de un lugar a otro, buscando mejores condiciones de vida por razones diversas (clima, prosperidad, riqueza territorial, etc.) es algo que ya se ha producido a lo largo de la historia, la Antigua Roma, sin ir más lejos, tuvo que asumir la llegada, a la capital del Imperio, de flujos de personas de diversos orígenes, culturas y tradiciones muy diferentes entre sí, mediante actuaciones de diverso tipo como la ordenación urbana, procura de agua y alcantarillado a las nuevas edificaciones de una ciudad en continuo crecimiento o reformando su sistema legal para afrontar supuestos interpersonales de sujetos de distintas procedencias.
Por su parte el segundo elemento de análisis, tampoco es nuevo, si bien es realmente complicado de conceptuar, puesto que cuando se habla de Estado, se enuncia un término de difícil acotación por razones emocionales e ideológicas.
Entre las muchas definiciones que se pueden dar del Estado pueden seleccionarse cuatro, cada una de las cuales puede explicar algunos determinados modelos de concebir el Estado, que se han tenido. Una perspectiva tomista[1], diría que el Estado vendría a ser la ordenación de la razón, dirigida al bien común por quien tiene a su cargo cada comunidad temporal, inspirada en el orden divino, es decir esta postura explicaría un modelo de Estado teocéntrico, en el que el soberano, inspirado en el ordena divino dirigiría los destinos de las personas de su ámbito espacial. En cambio un análisis marxista[2] definiría el Estado como un instrumento espacial de dominación de clase, es decir el Estado sería una herramienta en manos de la clase burguesa preponderante en un territorio, a través de la cual mediante mecanismos identitarios de alienación hacen olvidar al proletariado su conciencia de clase. El autor Alemán carl Schmitt[3], entiende el Estado como la integración de la comunidad nacional bajo el mando del Fhürer. Finalmente Bobbio[4] concibe el Estado como la legitimación del poder, democráticamente legitimado para remover los obstáculos, permitiendo desarrollar a los ciudadanos sus planes de vida libremente elegidos.
Estas cuatro definiciones son solo algunas de las que han pretendido definir qué es el Estado, sin embargo no es posible afirmar con rigor y sin ideología que una de ellas es la verdadera, antes al contrario puede afirmarse que todas en tanto en cuanto explican modelos de Estado tienen elementos de veracidad, puesto que el Estado ha sido teocéntrico, inspirado en un supuesto orden divino, pero también durante el siglo XIX y principios del XX fue un instrumento de dominación de clase, puesto que en las “democracias censitarias” el acceso de la clase trabajadora a derechos individuales y colectivos estaba vedado, si acudimos al periodo entre la I y la II Guerra Mundial también podemos observar que los Estados totalitarios como la Alemania nazi se fundamentaban en la adhesión fanática y basada en elementos de carácter racial de un pueblo a un líder, pero también tras 1945, se aprecia que el Estado se convierte en un elemento protector de los ciudadanos, que lo legitiman participando en la democracia, que ofrece protección y cobertura de las necesidades básicas de todos ellos, para que puedan desarrollar sus proyectos de vida. Sin embargo en todas ellas encontramos tres elementos comunes, población, territorio y poder o soberanía, es decir hablamos de entes que se forman cuando en un territorio se organiza jurídico-políticamente un pueblo, que por razones de diversa índole (alienación, legitimación democrática, etc.) se somete a un Gobierno[5].
Por lo tanto podría afirmarse a tenor de lo anterior de que quizás se esté mitificando el fenómeno de la inmigración, a fin de cuentas es habitual, desde finales del Siglo XX, oír hablar de que se vive una época de cambios, de grandes transformaciones, que han generado todo un presupuesto ideológico de la cultura del cambio, que hay que relativizar en muchos casos puesto que grandes transformaciones se han producido siempre, piénsese en la generación que vive la II Guerra Mundial y que observa como en apenas menos de diez años, surgen y desaparecen los Estados totalitarios, se lanza la primera bomba atómica, caen los Imperios Británico y Francés para dar paso a un mundo bipolar, se desarrolla un modelo de Estado del Bienestar y se crea el Mercado Común en Europa.
Sin embargo el hecho de relativizar la cultura de los cambios vertiginosos a la que anteriormente se ha hecho referencia, no implica negar por otro lado que cambios de gran calado (como siempre) se están produciendo y que el fenómeno de la inmigración, que se está produciendo desde finales del siglo pasado, parejo al proceso de la Globalización, supone un importante reto para el Estado moderno[6], puesto que desafía a los tres pilares sobre los cuales se ha sustentado, población, territorio y poder, dilema que no deja de ser menor puesto que afecta a la esencia misma de la idea de Estado, cualquiera que fuese su variante o modelo.
[1] Sobre la concepción tomista del orden social y el poder puede acudirse al texto de Tomas de Aquino en, Ansuategui Roig, 1994.
[2]. Sobre la concepción marxista del Estado puede acudirse al texto de Karl Marx en, Ansuategui Roig, 1994
[3] Schmitt, 1990.
[4] Sobre la concepción tomista del Estado promocional puede acudirse al texto de Norberto Bobbio en, Francisco Javier Ansuategui Roig, 1994
[5] Sobre los elementos constitutivos del Estado, puede acudirse al texto de Biscaretti di Ruffia en Pérez Royo 1997.
[6] López Sala, 2005.
