
Después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el papel jugado por el PSOE y el PSC en su defensa, la posterior y multitudinaria manifestación en protesta contra la interpretación de la sentencia y la postura del presidente Zapatero de volver a recomponer posiciones con Cataluña cuidando su fuerte sentido de identidad, un simpatizante socialista, por no decir ya muchos socialistas con cargo, se pueden preguntar si será coherente aspirar a gobernar España mientras se mantiene una actitud de apoyo al Estatuto aunque se diga respetar la criticada sentencia. Y con su pregunta puede plantearse si merece la pena volver a votar PSOE.
Voy a intentar contestar que sí, que es coherente y además que es la mejor opción -aunque como todo proceso complejo tenga sus peligros o sus tensiones a veces inconscientes- que podemos representar en dos partes, por un lado la de socialistas aparentemente más centralistas como Ibarra, Bono, Guerra, etc. y por otro la de socialistas aparentemente más federalistas como Zapatero, Felipe Gonzalez, o Montilla. Y digo aparentemente porque creo que su discurso se apoya en el centralismo o en el federalismo pero sólo de forma tangencial para defender dos aspiraciones básicas del PSOE actual, una que trata al estado como distribuidor igualitario de riqueza -los llamados centralistas- y otra que trata al estado como un proyecto progresivo de cada vez mayor representatividad y mayor división de poderes –los llamados federalistas-
Intentemos reconstruir el panorama.
La izquierda por encima de la identidad defiende la redistribución.
Cuando vimos la manifestación en Barcelona con uno de sus principales carteles exclamando: Somos una nación, nosotros decidimos. Uno piensa inmediatamente, el PSC se está suicidando políticamente. Para defender la identidad la gente vota nacionalistas, para defender izquierda e independencia ya existen otros partidos, y su sitio, si quiere ganarlo, es el de un socialismo que respete la identidad pero no lo encumbre por encima de su tarea de izquierdas y es más, que sólo lo suba al nivel que haga posible enlazar su identidad con el resto de identidades de España, donde también están sus compañeros socialistas. Sobre todo si pensamos que una gran mayoría de catalanes se sienten españoles y catalanes al mismo tiempo como se puede ver en la reciente encuesta de El Periódico.
Al alimentar esa manifestación y promover una causa de la que él ni siquiera es el mejor representante, el PSC se estaría alejando de su electorado y encima estaría movilizando al del oponente haciendo flaco favor a la izquierda.
Como dice el profesor de la universidad de Barcelona Felix Ovejero en El País, el PSC parece haber alimentado un monstruo que no hubiera nacido sin su ayuda -Tengan en cuenta que Felix Ovejero no es un representante de la derecha catalana, sino de su universidad y de la izquierda, como se puede ver en que sus escritos son referencia en la Fundación Pablo Iglesias del PSOE- Dice en su artículo, La sentencia y la hidráulica:
El argumento tiene dos partes. La primera apela a los hechos. Los políticos catalanes se presentan como portavoces de una realidad que el Estado central se resistiría a reconocer. Una realidad que tiene que ver, sobre todo, con la identidad. El Estatut sería la cristalización política de esa demanda de reconocimiento.
Si hay que tasar esta imagen por su grado de realismo hay que pensar que el guión de la política catalana lo escriben a dos manos Tim Burton y David Lynch, no del todo sobrios. Primero, no había demanda social: según una investigación realizada por una universidad catalana antes de que comenzara este lío, los catalanes éramos de los españoles más satisfechos con nuestra autonomía. Convertido ya el lío en eje de campaña electoral, antes de la victoria de Maragall apenas un 4% consideraba la simple reforma del Estatut como un asunto prioritario. Y el remate: la masiva abstención en el referéndum, a pesar del febril activismo de los medios de comunicación catalanes que, alineados con los poderes políticos y en un no parar hasta hoy mismo, han ahogado cualquier discrepancia bajo la acusación de anticatalanismo. Segundo, es irreal la tesis de la identidad centrada en la lengua, el rovell d’ou del argumento. El desajuste entre la Cataluña real y la oficial asoma por todas las costuras. Una muestra entre mil: la televisión de Barcelona, en aras de la integración de los inmigrantes, mantiene informativos en 20 lenguas, pero no en castellano, la lengua del 61,5% de quienes vivimos en el área metropolitana barcelonesa (el catalán supone un 32%) y, por supuesto, de la inmensa mayoría de los in-migrantes. Tercero: hay una voluntad explícita de escamotear la realidad, como se vio hace apenas un par de meses cuando los votos del Tripartito y CiU en el Parlament vetaron una propuesta de incluir en el censo una pregunta sobre “lenguas de identificación y conocimiento de lenguas de la población de Cataluña”.
El autor continúa señalando además un punto donde el sentido de la izquierda podría chocar frontalmente con un programa nacionalista:
a mí me resulta difícil pensar que la izquierda, y la más elemental sensibilidad democrática, puedan encontrar justificadas las apelaciones a los derechos históricos, a la necesidad de poner límites a la solidaridad o unas políticas lingüísticas que, en un contexto de existencia de una lengua común, tienen consecuencias manifiestamente discriminatorias en el mercado de trabajo, entre los propios catalanes y en el conjunto de los españoles. Pero todo podría ser.
Para terminar señalando que este es un monstruo que nunca se sacia y cuanto más se le da de comer más quiere hasta que llegue a su fin: la independencia.
En la misma dirección escribe Ibarra en el mismo periódico en su artículo Lo que no se puede ni debe ceder:
Lo único que no puede ser España es aquello que vaya quedando después de un proceso continuado de reforma de los estatutos de autonomía. España no puede ser un residuo. Si cada uno piensa en su trozo, alguien tiene que pensar en el todo, y ese es el papel y la responsabilidad del presidente del Gobierno. Para ello, muchos estamos dispuestos a ayudarle desde la lealtad y desde la responsabilidad. Estamos dispuestos a colaborar en un proceso que nos permita saber que nuestros derechos de ciudadano van a seguir estando garantizados por el Gobierno español y que, sea como sea el proceso, no se ponga en riesgo lo que nos es común y lo que nos hace fuertes y diversos.
Apuntando a otra intuición propia del PSOE más republico –en el sentido de pensador de cabecera de Zapatero, Philip Pettit - a saber, que un ciudadano no debe estar indefenso ante los múltiples poderes a los que se enfrenta, que tiene que tener capacidad de influir democráticamente en ellos, para introducir su voluntad en aquello que le termina afectando de una forma indefectible. Con otras palabras, como españoles, cualquier cosa que le pase a España nos afectará a nosotros. Algo que vemos muy claro hoy en día con la crisis, donde hasta las hipotecas de la ciudad más remota de EEUU nos afectan, por no decir la valoración que hacen de nosotros agencias de riesgo, bancos, gobiernos europeos, etc. Si la izquierda hoy en día tendría que querer algo, es una ciudadanía global, donde una persona no sea un simple sujeto pasivo del mundo que le rodea. Y si queremos aspirar a eso con el mundo entero ¿Cómo vamos a renunciar a ser sujetos políticos de lo que pasa en España para quedarnos en nuestro rinconcito? Como dice Ibarra a continuación:
España, como dice Felipe González, es un espacio público que compartimos.
Y sigue:
Yo puedo hacer el esfuerzo de comprender las razones que le llevan a pretender adaptar la legislación a las demandas ciudadanas de algunos territorios para quedarse con 20 o 30 competencias, que nos pertenecían a todos. Pero esas competencias no son del Gobierno, ni siquiera de las Cortes Generales. Esas competencias nos pertenecían a todos los españoles y a ellos no se les ha preguntado para que dejen de ser suyas y pasen a ser de unos cuantos. Sin duda, el Gobierno, al quedarse sin esas competencias, se debilitaría, pero en mi opinión, todos saldríamos más débiles de esa operación.
El nosotros decidimos sobre competencias que son de todos porque nos sentimos nación, es un acto arbitrario que no cuadra con el socialismo, la socialdemocracia, el republicanismo o el liberalismo de izquierdas.
España queda vertebrada y mejor representada con el desarrollo federativo.
Una vez dicho esto un habitante de Madrid podría romper definitivamente con el PSOE para arrojarse en brazos de las grandes defensoras de España llamadas Rosa Díez o Esperanza Aguirre, con su espada común, de las consignas simples y populares. O podría hacerse preguntas inteligentes, como:
¿Defender una articulación del Estado más federal es alimentar el monstruo de la independencia? Entonces, no defenderlo ¿no será alimentar un monstruo del centralismo que todo lo deja en las manos arbitrarias del gobernante central? ¿Queremos que un gobernante desde su trono dicte como debe funcionar España entera sin qué ésta esté representada en un entramado de instituciones y leyes? ¿Sin que los ciudadanos de cada territorio puedan expresar cada vez más fina y cercanamente sus necesidades? ¿Nos gustaría que nos gobernase alguien que no nos conoce y no tiene las herramientas políticas para hacerlo por ejemplo desde Bruselas aludiendo simplemente a nuestra identidad común de europeos o a qué somos igualmente bípedos del siglo XXI?
Bien lo dice Ibarra en el artículo citado:
Los extremeños, por ejemplo, no queremos ni oír hablar de la España centralista ni del nacionalismo económico español; ese nacionalismo que fue desde la Restauración del XIX hasta la Dictadura franquista, pasando por la Dictadura de Primo de Rivera. Para los extremeños, y para otros territorios, ese nacionalismo significó la ruina económica y la hemorragia de la emigración. El sistema fue la protección arancelaria del nacionalismo español, reservando el mercado interior para los productos textiles catalanes y siderúrgicos vascos (el arancel de 1826, el de 1849, el de 1869). Con Primo de Rivera se reservaron las cuotas de producción para los que ya producían, de tal manera que nadie podía fabricar en otro territorio lo que ya se hacía en las zonas protegidas.
Ese centralismo no va a ser ninguna garantía de la igualdad o la prosperidad de los españoles. Al contrario, la historia de España nos demuestra que esa centralidad es arbitraria, discrimina y empobrece a España entera. Como lo hizo especialmente durante los años de la última dictadura que sufrimos.
Esto lo vieron claro los arquitectos de la Constitución. Por eso plantaron el germen de un federalismo en versión autonómica, que fuese desarrollándose durante las siguientes décadas con la protección de la Constitución y el Tribunal Constitucional que en la mayor parte de nuestra historia moderna ha fallado a favor de las autonomías en cuestiones cruciales para su desarrollo.
Eliseo Aja escribía antes de la sentencia del TC:
No existe <<una>> sentencia importante que pueda considerarse desastrosa, y en cambio sí varias muy positivas, aunque puedan discutirse algunas líneas de interpretación. Además, casi cada año, ha elaborado alguna doctrina que ha permitido avanzar en el autogobierno de las CCAA: la aceptación de su actividad internacional, la prohibición de que el Estado mantenga las subvenciones en los sectores que ha traspasado, la posibilidad de la apertura de sedes oficiales en Bruselas para facilitar los contactos con la Unión Europea, la prohibición de que el Estado legisle en materias en que carece de competencia escudándose en la supletoriedad del derecho estatal, etc. (p.155 El Estado Autonómico, Alianza Editorial, 2003)
Frente a una identidad de España vaga –tan vaga como la de una Cataluña independiente- soflamada por gargantas irracionales cuando se entra en el discurso del y tu más o yo el mejor ¡o de los toros sí, toros no! o peor, autoproclamada por demagogos o dictadores, los padres de la Constitución sembraron una España que progresivamente iría desarrollando un sistema nervioso propio que llegase a todos los rincones de España, levantando una red de relaciones de poder, representativa de los ciudadanos y de los territorios a los que tenían ligados sus aspiraciones y necesidades.
Esa red era un multigobierno, que iba desde el central hasta el local pasando por el autonómico. Con su propia capacidad legislativa, judicial y administrativa. Diferentes gobiernos con sus diferentes instituciones, con su financiación asegurada y su personal propio, que aunque con la obligación de mantener la igualdad de los españoles en derechos fundamentales, nunca se vio impedida por el Tribunal Constitucional en su desarrollo particular, al contrario.
Pero incluso para algunos que aceptan este hecho autonómico, el Presitende de Cataluña es un separatista encuvierno, pero yo aunque podría tener mis diferencias, no ve en Montilla no un rechazo de la idea de España ni de su presencia en Cataluña. Veo una pelea por levantar su propia idea de España allí, su propia forma de ver esa representación. Igual que hacen el resto de los políticos en sus territorios con sus estatutos, leyes y acciones de gobierno.
Citando a Ibarra de nuevo:
Frente a los que quieren o añoran una España uniforme, defiendo la libertad de cada uno para sentirse español como mejor le parezca o a no sentirse español. Entiendo el derecho a definir a España como quieran.
Y recuperando otro artículo de El País, Catalunya y España en la encrucijada, esta vez escrito por Presidente Montilla:
Otros, los que creemos en la España plural, nos preocupamos de cómo aplicar el Estatuto a partir de ahora y cómo recuperar el cumplimiento de lo pactado.
Para continuar defendiendo un encaje de Cataluña en esa representación creciente de España, que no pasa por negar ni la Constitución ni el Tribunal Constitucional.
Nuestra respuesta buscará conjugar el respeto de la voluntad popular, la defensa del autogobierno, el cumplimiento del pacto político y el respeto al Estado de derecho. Desde la Generalitat iniciaremos un proceso de diálogo con los principales responsables de las instituciones y fuerzas políticas del Estado. Un diálogo orientado al cumplimiento del pacto estatutario y el reforzamiento del pacto constitucional. Conscientes de que es posible explorar soluciones legislativas a algunas de las afectaciones del Estatuto, y también de que algunas de las garantías del autogobierno han sido disminuidas por la interpretación del TC y no renunciamos a recuperarlas.
Justificando su papel en la manifestación:
Con esta sentencia, lamentablemente se ha perdido una oportunidad para hacer una contribución positiva a su resolución. Peor aún, hemos retrocedido con respecto al espíritu que hizo posible la Constitución de 1978. Estoy convencido de que este problema solo puede resolverse desde el reconocimiento de nuestra realidad plurinacional.
Porque serían los recursos del PP y parte del TC los que habrían adoptado una postura que va en contra de inicialmente impulsado por la Constitución. El PP estaría negando la realidad plurinacional que conllevaba la Constitución al reconocer los estatutos como fuente normativa y los pactos entre Congresos como la fuente de legitimidad, y además se estaría contradiciendo al consensuar y aprobar en otras comunidades lo que le niega a Cataluña.
No nos queda otro camino que recuperar nuevamente el espíritu constitucional primigenio para restablecer el reconocimiento y respeto a las distintas identidades, culturas y lenguas de España, en el marco de un Estado que acepte, ampare, anime y defienda sus singularidades y su pluralidad. Ello requiere la complicidad y el apoyo de quienes defendemos una visión de España como un proyecto ampliamente compartido.
Porque esa multiplicidad conectada sí es España.
Como bien señalan Felipe González y Carme Chacón, también en El País, con sus Apuntes sobre Cataluña y España:
El camino recorrido por nuestra democracia ha ido superando dos resistencias. La de los centralistas, que consideran el proceso como un debilitamiento de la nación española y una afrenta al castellano. Y la de los separatistas, que presentan los avances como un engaño y magnifican cualquier fricción como ofensas a Cataluña.
Aludiendo a lo que el profesor Eliseo Aja describe como el paso del estado más centralizado de Europa a ser uno de los más descentralizados, sino el que más.
Y reforzando la idea de Montilla que defiende que quienes más alejados están de la Constitución son aquellos que han decidido rechazar su idea de pluralidad para despreciarla con calificativos como subgénero o haciéndose valedor de la unidad de España cuando su valía está en conectar la multiplicidad y no en unificar lo diverso, aludiendo incluso a la Biblia:
- La sentencia aprobada por la mayoría del TC resulta ambivalente. En su fallo preserva la inmensa mayoría de los preceptos estatutarios y rechaza casi todas las objeciones del recurso del PP. Pero en los fundamentos de la sentencia se refleja un desconocimiento de la diversidad catalana en la realidad española. Usa expresiones ofensivas: ciudadanía catalana como “una especie de subgénero de la ciudadanía española”; injustificada primacía natural de cualquier norma estatal, u obsesión injustificada por la indisoluble unidad de la nación española.
- Si a ello se unen las dilaciones, la obstrucción intencionada de su renovación por parte del PP, o la recusación de algún miembro, se entiende perfectamente que la sentencia del TC, mucho más que el fallo, produjera indignación y rechazo en sectores amplios de la sociedad catalana.
- Los votos particulares que respaldan la impugnación del PP expresan una visión preconstitucional del Estado. Se niega la noción misma de autogobierno, se cuestiona la inmersión lingüística que cohesiona a Cataluña, se escatima la condición de parte del Estado a la Generalitat, y se llega a desfigurar incluso su nombre. Y, para ello, se invoca como autoridad jurídica y política… la Biblia.
En una intervención judicial que se parece mucho a la que en su día denunciaron los demócratas norteamericanos, con un Bush subvirtiendo los tribunales con sus jueces jóvenes nombrados a perpetuidad, sabiendo que lo mejor no era su capacidad jurídica sino que estarían 40 años defendiendo sus tesis políticas sobre religión, aborto, defensa, libertad de mercado, etc. Porque al fin y al cabo los profesores de sus think tanks son los mismos.
El problema sigue estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España y en la obstinación de los sectores catalanes que magnifican las fricciones y minimizan los avances históricos que hemos vivido. Y radica también en la falta de energía de quienes desde Cataluña y desde el resto de España apostamos por la vía del entendimiento y rechazamos tanto el camino de la imposición uniformadora como el de la separación.
Un problema que es propio de todos los partidos y se acepta:
Las responsabilidades políticas de esta situación están repartidas, aunque en distintas proporciones. Todas las fuerzas políticas incurrimos en oportunismos.
Pero con menor grado, porque aquí de lo que se trata con los estatutos es de construir una España más representativa, mientras que otros no muestran más alternativa que la de confrontar españoles intentando pescar votantes. Una España que responda a esa noción Constitucional como decía Montilla, que no es ni las de los que añoran otra España previa o la de los que quieren separarse de ella:
Las de quienes no confundimos el griterío anticatalanista de los centralistas con España, igual que distinguimos entre una minoría estridente de catalanes y Cataluña; los que pensamos que esta sentencia no es la Constitución; los convencidos de que la fuerza de España está en su diversidad, en la potencia del autogobierno, de la federalización inserta en el marco normativo que nos dimos. Es el camino de la mayoría de catalanes y españoles.
Para defender eso que al final parece que tanto les pica a algunos, la palabra nación:
que la concepción de España como “Nación de naciones” nos fortalece a todos. Que no hay ninguna razón para rechazar la diversidad identitaria que caracteriza a España como una nación política y cultural, no como un mero armazón jurídico.
HACIA UNA MATRIZ AUTONÓMICA Y UN SENADO DE AUTONOMÍAS.
Creo que hay suficientes elementos comunes de los diferentes discursos del PSOE, para construir un discurso coherente y un camino común para los próximos años, que sea realmente útil a la igualdad de los españoles, a sus oportunidades, a su representatividad, a su inserción democrática y republicana, por encima de las dos tendencias, centrífuga una o centrípeta otra, que existen de forma colateral en lo que defienden. Las tienen que depurar.
Su tarea es ponerlo en valor lo común y separar conceptualmente eso que separa, lo que seguramente esto exento de tensiones, como no lo está nada complejo en su etapa de crecimiento. Creo que Zapatero está en gran medida en esta postura y creo que desde dentro del PSOE hay voces suficientemente poderosas y persuasivas para afianzarle en esta ruta complicada. Pero desde luego prefiero los posibles riesgos que conlleva levantar un edificio así a no levantar nada, adoptando un discurso centralista donde España sólo se queda en frases huecas para luego entregarla, eso sí, detrás de las cortinas y sin debate público, como nos podemos acordar de aquel Aznar que practicaba catalán y aumentaba cotas de soberanía del 15 al 30 por ciento a cambio de gobernar. Y que no dudará en repetir Rajoy con CIU si está a su alcance.
¿Qué debería hacer el PSOE?
Pues no entrar en una guerra con el Constitucional, que ya han negado todos sus dirigentes, afirmando al contrario su acato. Ni siquiera en una guerra con el PP. Y posiblemente tampoco entrando en un debate jurídico buscando los huecos a las leyes para devolver la vigencia a la parte mutilada del Estatuto.
Creo que debería tener una estrategia clara que afiance su programa social y de igualdad de todos los españoles, con esa soberanía cada vez más amplia de los ciudadanos sobre todos los asuntos que le afecten, hasta integrar ese vector de creciente representación a través de más autogobierno ¿Cómo hacerlo?
Construyendo –habría que conseguir el respaldo de la gran mayoría de partidos- una gran Matriz de indicadores concretos de todos estos objetivos: nivel de oportunidades de un ciudadano en su región, posibilidades de estudio, participación en la creación de normas, atención sanitaria, desarrollo industrial, nivel de seguridad y un largo etc. que permitiría a todos los españoles dos cosas: asegurar su igualdad en lo básico y juzgar la eficacia de sus gobernantes autonómicos y locales.
Esta Matriz de indicadores ¿50, 100, 200? debería ser de dominio público, todos los ciudadanos y organismos deberían poder acceder a sus bases de datos, debería estar explicada en términos comprensibles y su construcción –decidir que parámetros se miden- su estandarización –como se miden y la presencia del Estado midiendo a todas de forma objetiva- y su análisis –existen múltiples interpretaciones de los datos en brutos que muchas de ellas llevan a engaño, como cuando cualquier político muestra una gráfica en un debate televisado- deberían ser cosa de un Senado de Autonomías donde estuviesen representadas todas junto con el gobierno central.
Una vez al año se produciría un debate del Estado de las Autonomías, en ese periodo todos los ciudadanos recibirían un informe básico con los datos básicos de todas las autonomías comparadas con la suya en ese momento y en el tiempo y cada Presidente tendría la palabra en ese debate defendiendo sus datos.
El autogobierno y sus normas se verían forzados a un debate público donde tendría que demostrar su eficacia ante los ciudadanos, que sirven para interconectar España, que responden al principio de cooperación y que allí donde fallan son conscientes para mejorar.
Los gobiernos responderían a hechos reales, no a sentimientos identitarios particulares. Estos serían de consumo propio y no molestarían a nadie. El estado se ocuparía de los ciudadanos en cuanto su soberanía difuminada por España, sus iguales oportunidades y de la transparencia del sistema. Y dejaría la cuestión de la identidad general para su debate del Estado de la Nación y no para la tutela de los diferentes territorios.
En esta propuesta futurista –que no lo es tanto porque los medios tecnológicos existen, el senado y el senador jugarían con una suerte de Cuadro de Mando Integral que atacaría todas las bases de datos autonómicas- si que tendría un debate tan avanzado como el que incita Ibarra aludiendo a la teoría de juegos: hacer del juego autonómico algo que sea mayor que suma cero, y en cuanto sea cero, se cortocircuita para volver a levantarlo con nuevas propuestas:
Hasta ahora el proceso territorial se ha basado en un juego de resultantes, donde España como un todo y los territorios como partes, han salido ganando, han salido fortalecidos. El juego no consistió nunca en decir: lo que yo me llevo a mi territorio lo pierde España como conjunto; cuando yo me fortalezco usted se debilita. No, no ha sido así. Ha sido siempre en positivo. El territorio se lleva como competencias lo que al ciudadano le viene bien, y el Estado mantiene, por su parte, las competencias que permiten la cohesión del conjunto y la igualación de derechos en el espacio que compartimos y que se llama España. Ese es el camino que debemos seguir recorriendo para perfeccionar el sistema, para hacerlo más eficaz y para que el proceso siga siendo de suma positiva para las partes y para el todo.
Creo que este es el camino para la izquierda y España. Creo que desde ahí es desde donde mejor se defiende un estatuto y no desde el somos una nación, nosotros decidimos. Eso no tiene nada que ver con el programa de izquierdas ni con el republicano, que es: todos somos ciudadanos, todos participamos. Y que puede hacer realidad ese valor intangible tan esquivo de la lealtad federal.
España queda vertebrada y mejor representada con el desarrollo federativo