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Dando un repaso por los blogs de los políticos, podemos ver que Leire Pajín ha contestado desde su espacio a la rumorología electrónica puesta al servicio del difama que algo queda, tan del gusto electoral de cierto sector de la política española. Diciendo lo que gana como secretaria de organización y lo que le corresponde en concepto de compensación por haber sido secretaria de estado y tener que someterse a las normas sobre incompatibilidades de dirección en las empresas privadas. No es la primera que lo hace, pero sí que es un ejemplo para la inmensa mayoría de los políticos de España. Y abre un necesario debate sobre la transparencia que parece que va a seguir estos días con el tema de las incompatibilidades de los diputados, con la trama de imputados del PP y con el ruido que trata de lanzar la prensa afín al PP.
UN DEBATE ESCASO EN ESPAÑA
No sé si es porque somos españoles o mediterráneos con toda su historia católica tan distinta del resto de los europeos con su espíritu del capitalismo, o porque a nuestra cultura le falta aún mucha filosofía sobre el dinero, el trabajo, la empresa y las responsabilidades públicas. Pero está claro que nos hace falta un fuerte debate público sobre estos temas para cambiar ciertas ideas.
El espíritu de la riqueza y la culpa.
¿Hay que sentirse culpable por ganar dinero y más si uno es de izquierdas?
Generalizando, España que tiene mucho pasado de curas, inquisiciones políticas y caballeros hidalgos y menos de empresarios, burgueses y profesionales, y esto ha hecho que tengamos un fuerte rechazo a la idea de enriquecimiento. Pensamos que quien tiene dinero es sencillamente porque lo ha robado legal –bajo pseudoleyes progresistas- o ilegalmente. Y no nos dé por pensar que se lo han robado a quienes no han tenido oportunidad para ganarlo, sino que la tendencia es a asignar las bienes a los que antes poseían todo por la gracia de Dios o de la herencia. Idea -latente en gran parte de derecha más rancia de este país y que infecta en otros grandes espectros- que sólo tolera que quienes tienen sean los que siempre han tenido. Mientras que a los demás sólo les cabe la culpa, porque además el sistema no permite tener ganancias con juego limpio y justicia, al menos el sistema que ellos se esfuerzan en imponer para cerrar su círculo.
Mientras que por un lado defienden un derecho atávico de exclusivo enriquecimiento y casi casi de pernada, por otro lado se dedican a difundir el espíritu de la culpa entre todos aquellos que pretendan vivir bien con su dinero, utilizando la religión, el espíritu de culpa con la pobreza de los demás, etc.
Y en parte funciona, porque nuestra herencia católica es dura hasta para las peores cosas. Tan es así que seguimos dando más valor al sentimiento de culpa –del arrepentido reincidente- que al de la responsabilidad. Siempre preferimos al que se arrepiente y confiesa públicamente entre sollozos, que al que se equivoca, calla con su orgullo herido y se esfuerza en mejorar para que nadie pueda volver a tener la posibilidad de llamarle la atención. Así somos.
Pero ya es hora de que abandonemos esa trampa de la culpabilidad y de esa falsa moral sólo aplicable a los demás. Y más cuando nos lo intentan infundir los más irresponsables y los que menos han hecho por ganar lo que tienen.
Noción del trabajo y la recompensa.
A cierta izquierda reaccionaria –política y sindical- le interesa confundir la idea de enriquecimiento con la idea de explotación. Hace sospechosa a cualquier persona que gane más que el sueldo de un trabajador medio. Ya sea porque se esfuerza y colabora con los explotadores, ya sea porque es ella misma un potencial explotador.
A parte del sector empresarial le parece que está en guerra con el trabajador. Que lo suyo no es una colaboración, sino un choque de fuerzas y un regateo permanente siempre buscando el menor sueldo posible.
A parte de la clase trabajadora le parece que a ellos les compran –se dejan comprar a veces y otras no les queda más remedio- por tiempo y no por trabajo hecho. Y que ya que es eso, encima no van a contribuir a quienes les fuerzan a trabajar. De ahí que seamos menos productivos que la mayoría de países ricos del planeta.
Y con estas ideas, los trabajadores están mal pagados -aunque sean de los serios y profesionales- comparados con cualquier país de occidente, entendemos que los negocios son cosa de explotar, que la competencia es exclusivamente ganar unos y perder otros, que lo de producir no va con nosotros, etc. Así, tenemos la crisis que tenemos y la especulación tipical spanish, ganada a pulso entre todos.
Algún día entenderemos que las empresas son esenciales para el buen desarrollo de un estado, que una sociedad necesita reconocer el trabajo de los profesionales, que defender el poder adquisitivo de todos no pasa por demonizar el dinero, y que el trabajo y los negocios son gano yo y ganas tú y no una guerra.
No hay que criticar los sueldos, sino él no ganárselos.
¿Tenemos que confundir él trabajo bien pagado con enriquecerse sin aportar nada a la sociedad?
A cierta derecha reaccionaria –política y empresarial- le interesa confundir la idea de enriquecimiento por cualquier medio con la idea de que ganar dinero es bueno. Pero son dos cosas distintas. Uno puede pensar que ganar dinero no está nada mal y sin embargo puede tener una idea clara de cómo es justo ganarlo y cómo no.
Uno puede tener la idea –nada utópica- de que un objetivo como progresistas es conseguir que el dinero sea cada vez una información más precisa de las relaciones y propiedades de los sistemas de trabajo y comercio. Pero también hay que reconocer que esto en parte se ha conseguido –en la Europa del bienestar-. A través de un sistema que posibilita estudiar a la mayoría, que protege al trabajador con derechos y convenios colectivos, que tiene mecanismos para controlar la competencia y el fraude, etc.
Es verdad que existen situaciones injustas presentes y heredadas. Patrimonios fruto de prácticas caciquiles pasadas, fraudes modernos y de naturaleza casi tecnológica. O simplemente las diferentes circunstancias de cada uno, con sus barreras y oportunidades. Pero de ahí no se sigue que el sistema sea esencialmente injusto y que todo lo que existe en él no es más que pecado injustificable.
El sistema, en la medida que es producto de las mentes más progresistas de la Europa moderna, deja espacio para la justicia y para que el trabajo individual redunde en el beneficio de la sociedad. Y en esa medida deberíamos empezar a juzgar los sueldos en función de lo que aportan a su parte del sistema –más justo- y no en función de ciertas críticas con aire de santurronería reaccionaria.
Socialismo y voto de pobreza
¿Esa es la herencia de Pablo Iglesias?
Ya saben aquello de que los socialistas están para que no existan pobres y no para hacer voto de pobreza –o peor, para hacer la pobreza igual para todos-
Lo que no significa que se pueda dar un salto para defender la validez de enriquecerse por cualquier medio mientras de paso se apoyan políticas de izquierdas para todos –que debe ser la excusa con la que se consuelan los corruptos de nuestro lado-
Pero que tampoco significa que se tenga que renunciar a ganar dinero por un trabajo que exige en muchos casos una larga carrera no reconocida de esfuerzos ocultos y cuando se llega, una dedicación casi exclusiva si es que se quieren cumplir con lo prometido a los votantes y con los propios valores.
Que el PSOE naciera fundamentalmente de la denuncia de la cuestión social –más la denuncia de la corrupción democrática de España y la oposición a las guerras coloniales- y que su fundador tuviese su mayor atractivo difusor en su conducta ejemplar y coherente, no significa que el PSOE de hoy tenga que ser una foto de aquellos inicios. El gran valor del PSOE en aquellos tiempos fue detectar los problemas fundamentales de los españoles y poner su maquinaria al servicio de las soluciones y la crítica feroz ante la salvaje situación. Más tarde su valor estuvo en aceptar la visión republicana que antaño había rechazado para concentrarse en su causa –las tesis de Indalecio Prieto que empezaron en el IX Congreso- Más tarde fue oposición y exilio. Luego regeneración a todos los niveles –Felipe González- Y ahora tiene que ser derechos, más democracia y modernización. Y para eso no necesita socialistas con raidos abrigos de pana, porque entre sus logros está haber eliminado esa pobreza que nos atenazó un siglo. No, necesitamos políticos profesionales, expertos, formados y reconocidos en su trabajo. El voto de pobreza ya no nos hace falta. La ejemplaridad de Iglesias, su auténtico legado político, viene de hacer causa personal de su causa política. Para igualarle tenemos que ser fieles defensores de los derechos, luchando contra cualquier relación de dominación, teniendo a la gente más preparada en un mundo donde los que juegan sucio tienen los mejores bufetes de abogados, y teniendo mucha visión de futuro. Ese es nuestro legado, y lo de la pobreza es una tontería de los que no entienden el papel del PSOE en el desarrollo de nuestro país.
La política sólo para los que previamente son solventes.
¿Para dedicarse a la política hay que tener otra vía de sustento?
Esto es una trampa. Una vez se lo escuché a Torres Mora en la Jaime Vera –cuando yo defendía que los políticos profesionales más jóvenes de hoy en día tenían que tener carrera, porque estas desde hace tiempo están al alcance de casi todos- y él respondía que la gente con poder y preparación no por tener una salida rechaza tener más poder. Y es verdad, las ansias de aferrarse al sillón son de otra naturaleza casi metafísica, tanto si se necesitaba de la política para sobrevivir, como si es para vivir por encima de lo que se ha tenido siempre, como si es para aparentar o tener contactos con los que ganar un dinero extra. La erótica del poder, ya saben.
De los que sólo piensan en el sillón no nos libra nada. Ni el que sean solventes más allá de la política –bueno, de estos, casi cabe esperar lo contrario, que se lo piensen dos veces antes de arrimarse a este mundo- Sólo nos protege de ellos una cosa, nuestra vigilancia más beligerante.
Pero es que además, esto de que la política es para los que pueden permitírselo, es un argumento reaccionario con solera. Recuerden aquello de que sólo está permitido que gobiernen reyes, o estamentos altos, burguesía o aquellos varones libres que pagan impuestos, etc. Recuerden, porque ya saben que la democracia no siempre fue universal. Y la excusa era que para participar había que aportar –desde sus reglas restrictivas y no decididas entre todos aunque hechas para todos, claro está-
Como esto se sostuvo poco tiempo, se añadió la excusa que así se evitaba que los advenedizos se acercaran sólo con el motivo de hacerse ricos. Y más tarde se le puso una tercera cláusula a esta maravillosa reacción: que la política era algo que no tenía que estar subvencionado por el dinero de todos sino sólo por el de los políticos. Ya saben, la cosa esa del liberalismo de palo y el estado mínimo.
Todo para que al final la política quedase en manos de los que tienen los enormes recursos que necesitan los partidos mayoritarios, las campañas electorales y la permanente actividad. Es decir, para que la política sólo fuese cosa de patriarcas y de sus grandes corporaciones.
Así, aquellos que critican a los que más tienen, a las formas injustas en las que muchas veces consiguen sus riquezas o la merma de derechos que lleva consigo su agenda –que es lo que les lleva a la política- no podrán acceder nunca al gobierno a no ser que pertenezcan a la propia clase que critican. Vamos, que así la crítica y la alternancia sólo es cuestión de cierta clase social, inamovible y caciquil, que se va turnando. Eso que los españoles inventamos en el S. XIX y que algunos siguen echando de menos, por lo que dejan entrever en sus argumentos.
No nos equivoquemos, la solvencia del político de izquierdas sólo tiene que ser juzgada por sus objetivos –derechos, democracia y modernización- Que sí necesitan de destreza y preparación –si es que no queremos dejar la política en manos de los funcionarios más altos o de las empresas subcontratadas- pero no de un capital inversor.
Otra cosa es la reforma de la vida política y el dilema de la profesionalización
Defender la profesionalidad de los políticos no implica defender una casta impenetrable, que se rige por normas internas exclusivamente, que no permite intromisiones y que tiene como principal valor el vivir de su trabajo público.
La vida política española –la que mejor conozco- necesita una gran renovación. Los partidos políticos necesitan encontrar un camino para seguir siendo mayoritarios y razonablemente homogéneos de tal forma que aporten estabilidad a la frágil democracia, y que les permita a su vez ser permeables por la sociedad, por sus opiniones, por sus expertos, por sus activistas de causas concretas, etc. para que puedan tener el suficiente conocimiento encarnado de la sociedad entera y de las soluciones a problemas – o innovaciones- que demanda.
Los partidos políticos necesitan una vida interna mucho más democrática, no haciendo de cada tema una asamblea, sino abriéndose en sus elecciones a la sociedad entera –tipo primarias americanas- necesitan que los simpatizantes puedan entrar y salir con mayor soltura, necesitan mayor contacto con la universidad, con las instituciones, incluso con la empresa –en un sentido de tener a mano a sus profesionales y sus métodos de trabajo-
Es verdad que este dilema complicado ha sido resuelto rápidamente, casi desde el principio, por la derecha y de una forma muy simple. Ha creado un híbrido con sus propios lobbys, haciendo que sean intercambiables las familias y cortes políticas con las familias y cortes empresariales.
En la izquierda parece que la solución tiende más hacia una oligarquía interna. Algo que se debería evitar antes de que cristalice de forma perenne, abriéndose más a la sociedad y poniendo en valor a sus profesionales por sus capacidades públicas. Al fin y al cabo, que existan políticos transparentes dependen de que los modelos institucionales y de partidos, sean también transparentes y abiertos.
Transparencia ordenada y no inquisición de difamadores.
La transparencia no tiene nada que ver con otra de nuestras maravillosas herencias: la confesión. Tan es así, que aun teniendo asumida y reglamentada la presunción de inocencia, mira que nos cuesta. El famoso que calla ante los comentarios de su vida sexual, otorga. El político que no responde a difamaciones, otorga igual. El acusado pero absuelto, seguro que algo hizo. Como somos y lo que nos queda por aprender.
La transparencia no es sólo estar atento a los periodistas más mordaces o a la oposición sin escrúpulos, no. Además eso nos convertiría en defensores de una falsa transparencia que sólo va con nosotros cuando nos afecta. ¡No! La transparencia va de crear un sistema universal de acceso a ciertos datos relevantes–los que tienen que ver con el control democrático y la defensa de los derechos- tanto de las instituciones públicas como privadas. Información accesible a todos porque a todos afecta. Información ordenada, comparable, estandarizada, comprensible e incluso computable –no como hace Esperanza Aguirre cambiando todas las comparativas de sus sistemas públicos-
Esta es la tarea del socialismo más joven: Un sistema de información y reglas accesibles de forma universal, que no haga que los derechos o las oportunidades estén sólo al alcance de tecnócratas entrenados para sobrevivir entre una maraña de leyes, prácticas habituales injustificadas, toma de decisiones oculta, estrategias de alto nivel que nada tienen que ver con el bien común, etc. Un sistema que nos permitan protegernos de las grandes corporaciones, de las instituciones mal gestionadas y de los malos políticos. Y no un sistema que cuando funciona mal sólo sea denunciable pagando a esos tecnócratas –algo que sólo pueden hacer muy pocos-
LA DOMINACIÓN.
De la oposición y la lucha contra la dominación nace el republicanismo, su concepción y su historia de batallas y logros en nombre de la libertad. En el segundo capítulo Pettit trata de perfilar conceptualmente eso a lo que se opone esta tradición, a la interferencia arbitraria dentro de una sociedad.
No tener que bajar la mirada ante otro, poder ir de frente y sin miedo, viene de un impulso que yo diría que es casi ancestral o incluso biológico del hombre. Pettit no va tan atrás sino que lo enmarca allí donde tiene cabida la discusión política, en el estado. Para él la dominación, eso que nos hace estar un escalón por debajo del dominador y nos lleva a rehuir su atención por miedo, viene cuando éste interfiere arbitrariamente en nuestras opciones y elecciones que vamos encontrando y construyendo a lo largo de nuestra vida.
Esto puede pasar de muchas maneras, la interferencia no tiene porque ser sólo la evidente, que es la coerción física, también puede ser la de la voluntad, a través de castigos o amenazas de castigo -a eso que llamamos maltratos psicológicos, desde esta óptica se vería como una forma de dominación- e incluso la dominación se puede presentar en forma de manipulación, como puede ser la de controlar la agenda política. Pettit señala que esta forma no ha sido tenida en cuenta durante siglos, quizás por la misma forma de hacer política, donde la transparencia no ha sido uno de los valores fundamentales.
Hasta hace bien poco, la lucha contra la manipulación, ni era lo más atractivo que podía ofrecer una causa política, ni era una demanda fundamental de la ciudadanía. Pero ahora, en la sociedad del conocimiento donde la información lo es casi todo, esta forma de dominación, de interferencia arbitraria, tiene que ser contrarrestada, ya no basta con que los poderes se controlen a sí mismos con la antigua forma de la división de los poderes de Montesquieu; el acceso a la información de importancia se hace vital para ser libre eligiendo. Debe ser la sociedad global la que se pueda inspeccionar a sí misma.
ARBITRARIEDAD DEL ESTADO
Como ya hemos dicho en otras entradas, arbitrario no es tomar en consideración las opiniones y los intereses sobre los que se interfiere. No habría dominación de una persona sobre mí si se inmiscuye en mis opciones siempre y cuando lo haga atendiendo a lo que yo le diga y a que pueda tener control sobre ello. ¿Y en el caso de estado? ¿Estaría actuando arbitrariamente si actúa interfiriendo la voluntad de un ciudadano? Por ejemplo, alguien que se niega a pagar los impuestos o a respetar las normas de tráfico.
Pettit contesta argumentando que un estado no se ocupa de los intereses individuales que pueda tener una persona, sino aquellos que son comunes a todos. El estado diríamos, siguiendo al filósofo, se ocupa de intereses públicos, de los que están entrelazados entre los ciudadanos.
El estado para conocer estos intereses compartidos necesita disponer de la visión de la sociedad de cada una de las partes, por eso la libertad de opinar se hace fundamental y más a un la libertad de crítica posterior, vigilante de que las acciones del estado terminen siendo banderizas o faccionales. Programas de televisión como tengo una pregunta para usted, responderían a este tipo de exigencias republicanas. A las que por cierto Zapatero es el primero que se somete. Impulsa su propio control externo.
Y en último término está el control a través de unas elecciones libres y democráticas.
Este cuestionamiento constante del poder de interferencia se ve con mayor respaldo tras unos temibles hijos de finales del siglo XIX: el populismo y la libertad de contrato para imponer cualquiera de sus términos. Con el populismo, con esa verdad de la mayoría, con ese pueblo que habla, las minorías nada tienen que hacer ni protestar, aunque las estén exterminando. Con ese tipo de libertad de contrato, uno puede que tenga que llegar a la esclavitud si quiere entrar en el sistema de trabajo. Dos cosas que por supuesto sucedieron.
Felizmente, un poco de reflexión un poco de reflexión muestra que lo que se requiere para que no haya arbitrariedad en el ejercicio de un determinado poder no es el consentimiento real a ese poder, sino la permanente posibilidad de ponerlo en cuestión, de disputarlo. De acuerdo con lo dicho antes, el estado no interfiere de modo arbitrario mientras su interferencia se guíe por ciertos intereses e interpretaciones relevantes y compartidos por los afectados. Esto no significa que las gentes tengan que consentir activamente las disposiciones, de acuerdo con las cuales actúa el estado. Lo que significa, es cambio, es que siempre tiene que estar abierta la posibilidad de que los miembros de la sociedad, procedan del rincón que sea, puedan disputar el supuesto de que los intereses y las interpretaciones que guían la acción del estado son realmente compartidos; y si el cuestionamiento de este supuesto es sostenible, tiene que alterarse la pauta de acción del estado. (P.91)
¿Pero sólo la crítica puede acabar con la dominación? Recordemos que no sólo un jefe político puede dominar a través de la fuerza del Estado, también lo puede hacer un funcionario o la autoridad pública. Y difícilmente la crítica mellará su actividad. Así también hace falta un sistema de sanciones y leyes coercitivas levantadas sobre un orden constitucional.
El control público que asegura la no-dominación estaría pues en la libertad de opinión y en las sanciones bajo parámetros constitucionales. Yo añadiría una transparencia obligatoria -constitucional- de la agenda política, legislativa, económica, comunicativa y judicial.
Seguimos leyendo.
En la filosofía política la distinción berliniana entre libertad negativa y positiva se ha convertido en un dogma. Pettit ha encontrado alguno de sus puntos débiles por los que presentar otro tipo de libertad, la republicana.
Isaiah Berlin diferenció en su Dos Conceptos de la Libertad una libertad basada en la no interferencia de otra como autodominio. Dos ideas que se han ido perfilando entre los filósofos y los grupos políticos a lo largo de la historia.
La libertad negativa es aquella que
(…) Entraña la ausencia de interferencia, entendiendo interferencia por una intervención más o menos intencional de un tipo que muy bien podría ilustrar, no sólo la mera coerción física del secuestro o el encarcelamiento, sino también la coerción de la amenaza creíble (…) Yo soy libre negativamente (…) hasta el punto de que disfruto de una capacidad de elección sin impedimento ni coerción.(P.35)
Y la positiva:
(…) Requiere que los agentes tomen parte activa del control y el dominio de sí propios: el yo con el que ellos se identifican tiene que tomar a su cargo yoes menores a más parciales que acechan dentro de cada individuo. Yo soy positivamente libre en la medida en que consigo el <<autodominio, lo que sugiere un hombre dividido y contrapuesto a sí mismo>> (P.35)
El primer ideal lo considera Berlin como heredero de la libertad moderna, de los ilustrados. El segundo en cambio es el descendiente de la concepción de los antiguos y de los aficionados románticos a la contrailustración. Además la libertad positiva encierra un gran peligro:
(…) Se presta a ser interpretado de manera ominosa: como el ideal, pongamos por caso, de llegar a ser capaz -tal vez con el concurso de la disciplina estatal- de dominar a nuestro yo más bajo; como el ideal de transcender el yo dividido, atomístico, por asimilación al todo del espíritu nacional; o como el ideal de suprimir la voluntad descentralizada, individual, haciéndonos parte de una comunidad política autodeterminante que revela y realiza lo que está en el interés común. (P.36)
- Primer gran despiste de Berlin, saltar del la coherencia del yo y de un ideal virtuoso al totalitarismo. Y tal deslizamiento no es producto del propio ideal en sí, sino de que Se presta a ser interpretado, como si casi cualquier cosa no pudiese ser interpretada como una razón de su Verdad por parte del totalitarista-
Pettit propone una tercera alternativa con un enfoque republicano y la defiende tanto analíticamente – la validez del concepto- como históricamente -como la que se ha movilizado contra el poder arbitrario en la historia moderna y más concretamente en las Revoluciones Americana y Francesa-De momento -en esta entrada- nos ocuparemos del enfoque sistemático.
Entre los conceptos de libertad negativa y (auto)dominio queda mucho espacio. Ni siquiera uno es el opuesto del otro. Es más, si profundizáramos en la idea de dominio, veríamos que cercana puede estar esta a la de libertad negativa. Aunque esta relación Pettit la evita en el análisis conceptual y sí la recoge en el histórico.
Pettit propone una tercera alternativa con un enfoque republicano y la defiende tanto analíticamente – la validez del concepto- como históricamente -como la que ha movilizado contra el poder arbitrario en la historia moderna y más concretamente en las Revoluciones Americana y Francesa-De momento -en esta entrada- nos ocuparemos del enfoque sistemático.
Entre los conceptos de libertad negativa y (auto)dominio queda mucho espacio. Ni siquiera uno es el opuesto del otro. Es más, si profundizáramos en la idea de dominio, veríamos que cercana puede estar esta a la de libertad negativa. Aunque esta relación Pettit la evita en el análisis conceptual y sí la recoge en el histórico -hay quienes también la hacen conceptual-
Pettit muestra como la el republicanismo puede coincidir en la parte negativa de aquellos que defienden la libertad como no interferencia. Por eso puede dar la sensación de similitudes con el liberalismo en un primer análisis superficial. Pero no se prohíbe la intromisión, sino que se niega el dominio por parte de un tercero. La libertad como no dominación. Que a su vez se diferencia del ideal de autocontrol -que yo diría que es más bien un ideal ético, y ahí es donde se tiene que buscar esa libertad, en vez de desacreditarla políticamente- porque sólo garantiza la ausencia de dominio externo y no asegura el dominio de sí mismo.
Pero no sólo en la forma es posible este tipo de concepto de libertad, también materialmente se hace viable. Adquiere su carga, su sentido, en el desarrollo de la famosa dialéctica del amo y el esclavo -apunto que aunque esta sea famosa en Hegel, ya viene de Aristóteles-
La dominación, según la entiendo yo aquí, queda ejemplificada por la relación entre el amo y el esclavo o entre el amo y el siervo. Tal relación significa, en el límite, que la parte dominante puede interferir de manera arbitraria en las elecciones de la parte dominada, puede interferir, en particular, a partir de un interés o una opinión necesariamente compartidos por la persona afectada. La parte dominante puede interferir, pues, a su arbitrio y con impunidad, no tiene porque buscar la venia de nadie, ni nadie va hacer averiguaciones o le va a castigar. (P. 41)
Además esta dialéctica muestra como el ideal de no interferencia no agota el ideal negativo frente al poder que pueden ejercer los demás sobre nosotros:
Yo puedo estar dominado por otro -por poner un caso extremo: puedo ser esclavo de otro-, sin que haya interferencia en ninguna de mis elecciones. Podría ocurrir que mi amo tuviera una disposición afable y no-interfiriente. O podría simplemente ser que yo fuera lo bastante taimado, o servil, para salirme siempre con la mía y acabar haciendo lo que quiero. (P.41)
Añade Pettit que se puede interferir sin llegar a dominar, una persona podría ocuparse de mis asuntos de tal forma que vea favorecidos mis intereses y respetadas mis opiniones y que además sea vigilado por un tercero que cancele o castigue la desviación sobre mis intereses u opiniones en su intervención sobre mi vida. Intereses propios, opinión y vigilancia, tres ejes a recordar.
(…) Podemos tener dominación sin interferencia, e interferencia sin dominación. La primera posibilidad queda ejemplificada en el amo que no interfiere; la segunda, en quien interfiere sin ser amo. La dominación puede ocurrir sin interferencia, porque sólo requiere que alguien tenga capacidad para interferir arbitrariamente en mis asuntos; no es necesario que nadie lo haga realmente. La interferencia puede ocurrir sin dominación, porque la interferencia no implica el ejercicio de una capacidad para interferir arbitrariamente, sólo el ejercicio de una capacidad o habilidad mucho más restringida.(P.42)
Interferir sin dominar, por lo tanto es, ejercer una capacidad en la ejecución de decisiones de un tercero de una forma restringida bajo su propio control u otro externo.
Pettit busca con su ideal que la no dominación sea algo seguro no eventual - Pettit habla en términos de mundos posibles, de contingencia y de necesidad, no estaría mal ver algún día una lógica modal con los teoremas del republicanismo- Que no sea el producto del buen ánimo de quien si quisiera podría dominarnos pero que decide no hacerlo por nuestra buena predisposición hacia ellos o por el motivo que sea. Esto se consigue evitando que ningún individuo tenga poder para dominar a otro.
Pettit agota su análisis conceptual con las condiciones necesarias y suficientes para que algo pueda concebirse como un ideal de libertad. La primera, la condición negativa, es decir, la necesaria, dice que si un individuo en sus acciones puede ser interferido arbitrarimente si otro así lo quisiese, entonces no sería libre, y por tanto la libertad como no-dominación, al proteger contra este caso cumple con la condición necesaria de salvar una situación de falta de libertad. La suficiente -y esta Pettit se la dedica a los liberales, porque otras concepciones no tendrían que aceptar que supere esta clausula- dice que el mundo está lleno de interferencias naturales o no elegidas. Uno es libre a pesar de que no pueda hacer nada contra las leyes de la naturaleza o esté condicionado por su herencia. Si se acepta que la obstrucción no intencional deja espacio suficiente a la libertad, entonces es plausible admitir que hay espacio para libertad con la interferencia de un tercero siempre que no sea arbitraria -parece que una acción externa que tenga en cuenta nuestros intereses u opiniones no llega a ser ni la mínima parte de invasiva para nuestra libertad que lo podría ser el sufrir una incapacidad o algún hecho natural del mundo-

“Sucede que a veces la socialdemocracia parece enferma, pero mientras algunos comienzan a alegrarse de la desaparición del enfermo y a pensar en el día después, éste contra todo pronóstico se levanta y con la energía de un joven comienza de nuevo a andar, creanme cuando les digo que socialdemocracia siempre estará liderando los cambios”.
Medidas como la que ha adoptado el Gobierno de Canadá (Conservador) en relación a establecer mecanismos de toma de temperatura a través de la opinión de los ciudadanos (en el caso canadiense por una Web) para lograr la aprobación de una Ley que incide sobre los derechos de propiedad intelectual,
El PSOE se mantendrá como organización clandestina en Galicia y en 1977 contará con la incorporación del entorno de Ramón Piñeiro y del entorno del republicano-liberal y del galleguismo histórico del interior en una apuesta por una formación socialdemócrata encuadrada en un proyecto federal para España.
Por su parte la vertiente nacionalista dará como resultado la creación del Partido Socialista Galego, formación socialista, galleguista y europeísta que encabezará Xosé Manuel Beiras, catedrático de economía de la Universidad de Santiago y que dará a la política gallega nombres de la talla del propio Beiras, Ceferino Díaz y sobre todo el primer Presidente socialista de la democracia en Galicia, Fernando González Laxe. El Partido Socialista Galego no tendrá procesos de fusión con el PSOE, sino que se aproximará al Partido Socialista Popular de Tierno Galván, en cuya federación gallega militaban importantes figuras políticas actuales como José Blanco y José López Orozco, Vicesecretario General del PSOE y Alcalde de Lugo respectivamente.

Recientemente el historiador peruano Eugenio Chang Rodríguez presentó en la Casa de América su ultimo libro basado en la biografía de Victor Raul Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y de cuyo fallcecimiento se cumplen 30 años en 2009.