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7738E7DE2978FA2B6F9B870F9EE4B“Sucede que a veces la socialdemocracia parece enferma, pero mientras algunos comienzan a alegrarse de la desaparición del enfermo y a pensar en el día después, éste contra todo pronóstico se levanta y con la energía de un joven comienza de nuevo a andar, creanme cuando les digo que socialdemocracia siempre estará liderando los cambios”.

Willy Brandt. 1989.

Como diría un compañero de agrupación, quiero empezar este artículo con una matización al Profesor Sami Nair, que hoy escribe un interesante artículo en El País sobre la situación actual del socialismo democrático en Europa.

Partiré de un cierto consenso respecto de que no es el mejor momento de la socialdemocracia europea, a excepción de los países escandinavos, las elecciones alemanas y las elecciones europeas han puesto de manifiesto una pérdida de respaldo del electorado hacia las ofertas políticas de los partidos socialistas.

Sami Nair analiza la situación política del Partido Socialista francés, el SPD alemán, el Laborismo Británico y la izquierda italiana. En líneas generales y salvo el caso italiano la fecha clave para Nair es el año 2000 y el factor determinante es que todos estos partidos asumen como inevitable la globalización “liberal”, siendo según Nair 2000, el año en el que la socialdemocracia se vuelve pragmática y liberal y siendo este momento en el que comienza la debacle.

Pero si hacemos un ejercicio de memoria y viajamos al año 2000 nos encontramos con una situación curiosa en el mundo occidental, en la UE de los entonces 15 países que la conformaban, en 12 había gobiernos presididos por socialistas, en 2 los socialistas eran socios minoritarios y solamente España aparecía como un reducto de la derecha con los gobiernos de Aznar, Clinton cerraba un mandato de fuerte avance social en EEUU que solo el fraude  en Florida pudo cortar (no olvidemos que ganó Al Gore) en Canadá el Partido Liberal (centroizquierda) parecía inexpugnable y en América Latina Lula, Lagos y Tabare engrosaban la lista de gobernantes progresistas.

Esta hegemonía del centroizquierda en el mundo occidental comienza a finales de los 90 y en todos los casos de victorias electorales de partidos socialdemócratas y progresistas se puede observar una pauta común: todos ellos redefinen un discurso adaptado a la globalización, intentan romper las rigideces del discurso tradicional e incorporan valores y políticas tanto de la tradición liberal (en lo político) como de otros movimientos progresistas (discurso sobre derechos de las minorías, participación ciudadana, conciencia ecológica..).

Pero centrándonos en los ejemplos que cita Sami Nair vamos a ver qué sucede con todos estos partidos:

El Partido Socialista francés accede al poder en 1997 Lionel Jospin pacta con la izquierda previo proceso interno de modernizar el discurso de un partido, su gobierno dura hasta 2002 en que pierde las presidenciales por culpa de la polarización del voto de la izquierda (a pesar de lo cual Jospin se va con reconocimiento y el PS gana claramente el mismo año las elecciones locales y regionales).

El Laborismo Británico en 1997 vuelve al poder tras casi una década decir que el nuevo discurso de la Tercera Vía no tiene nada que ver es no percatarse de que gracias a Blair el laborismo volvió a ser un partido de gobierno. Tanto es así que lleva 12 años gobernando un país como Gran Bretaña.

El Partido Socialdemocrata Alemán, gana en 1998 con el nuevo discurso de Gerhard Schröeder de acercarse a las clases medias, incorporar elementos ecológicos sin renunciar a la justicia social.  Gobierna hasta 2005 y desde este año hasta 2009 es socio menor en coalición con la CDU.

En Italia la coalición de antiguos comunistas junto a democratacristianos progresistas logra formar gobierno en 1996 con Romano Prodi. Volviendo al poder en 2005, pero brevemente.

Además en 2004 en España gana el PSOE, en 2004 en Austria vuelven los socialdemócratas a la Cancillería y en lineas generales se puede afirmar que los inicios del siglo XXI han venido marcados por una preponderancia de gobiernos de centroizquierda en los países más importantes de la UE.

Además de los países escandinavos cuya “especial tradición” dice Nair que los hace no comparables, esa tradición socialdemócrata nórdica se basa en: partidos de perfil mayoritario, innovación en el discurso y comunicación eficaz.

En todos estos casos podemos encontrar tres puntos en común: primero sustitución de discurso de partido de minorías por un perfil de liderazgo hacia el conjunto de la sociedad esto da capacidad de generar consensos y por tanto de sumar por la izquierda y por el centro, segundo intento ideológico de casar la tradición socialdemócrata con la tradición del republicanismo o liberalismo político, con lo que se produce un rearme de valores en un momento como el de la Globalización en el que hay diferencias profundas sobre como encararla, tercero modernización en las formas de comunicar.

Es decir la socialdemocracia continental se volvió capaz de liderar mayorías, innovó el discurso y mejoró notablemente la comunicación. ¿No nos retrotrae esto al modelo escandinavo?. Continuemos.

Hay quien dice que esta evolución de la socialdemocracia es una derechización, Nair no lo dice, pero comparte parte del razonamiento, yo particularmente no estoy de acuerdo y creo que es interesante ver que hay diferencias entre la visión de Europa de Jospin o Schröder con la idea que tienen Aznar o Berlusconi, incluso acudiendo al país cuya izquierda es la más denostada por los progresistas europeos, en parte por errores propios, en parte por desconocimiento de la política interna, Gran Bretaña. Los conservadores hubiesen desmontado todos los servicios públicos e impuesto las reglas del neoliberalismo salvaje en un momento de expansión de la economía mundial y de adoración al beneficio ilimitado (nunca conviene olvidar que en 1997 Tony Blair promovió un impuesto que gravaba los sobrebeneficios de los grandes ejecutivos, y lo hizo cuando la economía crecía y mientras se los reducía a las clases medias. Eso es algo que se llama progresividad).

Pero es que además el ciclo adverso para la socialdemocracia tampoco se puede señalar en el caso de los partidos que cita Nair en el 2000. En ese momento Europa, EEUU y los países occidentales estaban gobernados por progresistas y el ciclo continuó durante varios años.

¿Cuando comienza el ciclo descendente del PS francés? No en 2000, si no en 2005 cuando con todo a punto para derrotar a la derecha, el error del PS sobre como afrontar el debate de la Constitución Europea (la mitad del partido públicamente ignoró el apoyo de la mayoría al texto con una contracampaña) le costó credibilidad y le sumió en una crisis de liderazgo e identidad que aún continúa.

¿Qué pasó en Alemania? Que la intransigencia a reformar algo que pedía a gritos la reforma (el modelo social alemán) dividió el SPD con una escisión traumática, yo me pregunto ¿es mejor que el estado del bienestar lo recorte Merkel y los liberales carentes de sensibilidad social o hubiese sido mejor reformarlo desde la idea de mantener un modelo social moderno y prospero tal y como pedía Schröder?. El tiempo lo dirá, pero en 2005 la división del SPD y el infantilismo de algunos sectores encabezados por Lafontaine les llevó a perder la Cancillería.

¿El laborismo? No se puede negar que la disputa de Blair contra Brown ha pasado factura, junto a doce años de gobierno y errores fundamentalmente en la política exterior.

Algo así sucede en Italia, pero agravado por su sistema político que fomenta la inestabilidad con un sistema electoral puro.

En todos estos casos encontramos que el declive tiene una fecha más o menos cercana: 2005 y tiene mucho que ver con la incapacidad de sectores de los partidos de aceptar la innovación, con el abandono de posiciones de liderazgo y el paso a la invocación del voto como si de una hinchada deportiva se tratase, tiene en definitiva mucho que ver con el refugio en la ortodoxia cuando se agota el discurso innovador y con el error fatal de entrar en una dinámica de confrontación interna en los partidos en muchas ocasiones inexplicables para los electores.

El dilema para el socialismo europeo no es si debe volver a la ortodoxia o refundarse, no es ir al centro o a la izquierda, si no que el verdadero reto es ser capaz de generar liderazgos con capacidad de integrar los intereses de sociedades cada día más complejas y poder conformar mayorías y alianzas amplias, dando participación y comunicando de manera eficaz. Para ello más que una nueva revelación cuasireligiosa, yo que soy algo más laico creo que lo que se necesita es seguir apostando por la innovación con espíritu emprendedor, algo que siempre que ha hecho la socialdemocracia, le ha salido bien.

dialogoMedidas como la que ha adoptado el Gobierno de Canadá (Conservador) en relación a establecer mecanismos de toma de temperatura a través de la opinión de los ciudadanos (en el caso canadiense por una Web) para lograr la aprobación de una Ley que incide sobre los derechos de propiedad intelectual, ponen de nuevo de manifiesto el debate de lo que el Diputado Socialista por Madrid, Rafael Simancas, denomina Gobierno a la Carta, en un reciente artículo en su blog.

Simancas señala con cierta razón en su artículo que este tipo de medidas pueden suponer un menoscabo de la legitimidad democrática que tienen las instituciones, vaciar de contenido los programas electorales y en definitiva convertirse en una nueva forma de populismo. El diputado socialista hace suyos los recelos que Tocqueville manifestaba respecto de la participación ciudadana en el sistema americano, diciendo que si todo era deliberativo, el poder sería de las minorías.

Y es cierto que un cierto dogmatismo respecto de la participación ciudadana puede dar pie a formas de populismo, de lo cual dan testimonio los sistemas que en determinados países de américa latina se están implementando, que es pura y simplemente el cercenar derechos a las minorías sobre la base de consultas continuas.  

Afirmar como hacen algunos que la participación ciudadana es la panacea y la solución a todos los males es erroneo, tanto como decir que la participación política se limita al sufragio cada 4 años. En un caso la participación como dogma llevaría a un modelo en el que el que más grite tendrá la razón, en el otro, el sistema político se cosificará.

Parece por tanto más lógico pensar que ambos conceptos no son excluyentes si no complementarios desde el punto de vista del socialismo democrático.

Las instituciones propias de la democracia parlamentaria pueden tener un tenor liberador de la dominación para el ser humano (Gregorio Peces-Barba) justamente ese es uno de los puntos de debate entre lo que denominan los contemporaneos socialismo de los ciudadanos, Peces-Barba socialismo ético, Roselli socialismo liberal y Bernstein revisionismo, con la ortodoxia del socialismo científico. El segundo niega la validez del liberalismo y sus instituciones (Gobierno, Parlamento, poder judicial y derechos fundamentales) considerándolas un instrumento al servicio de la opresión de los trabajadores, mientras que el socialismo a fuer de liberal, considerará que la revolución más efectiva es aquella que desarrolla al máximo los derechos fundamentales a través de leyes aprobadas por parlamentos democráticos y ejecutadas por gobiernos.

A su vez la participación ciudadana permite incorporar elementos de refuerzo de la legitimidad de las instituciones tradicionales a través de sistemas de “toma de temperatura”, puesto que no todo sistema de participación es un plebiscito populista. Podemos ver algún ejemplo de manual que puede ilustrar sobre por qué en ocasiones conviene emplear sistemas de “toma de temperatura”.

El Gobierno del PP desde 2001 desoyó al toda la comunidad universitaria española, con la LOU, algo parecido sucedió con la LOCE un año después y continuó con el decretazo, incluso la Guerra de Irak serviría de ejemplo, en todos estos casos un porcentaje muy elevado de la población, que llega a rozar el 90% en el caso de la guerra contestó con diversas protestas y movilizaciones esas medidas, estoy convencido de que de todos los que se movilizaron contra cualquiera de estas iniciativas, muchos eran votantes del PP, y creo que muchos de ellos han continuado siendolo después.  

No estando, yo, de acuerdo con ninguna esa actuaciones, creo que el Gobierno Popular pensó que la reforma universitaria, imponer itinerarios segregadores en la educación, abaratar el despido, o meter a España en una Guerra en Oriente Medio, eran las mejores decisiones para la buena marcha del país.

Establecer en aquellas decisiones algún sistema de “toma de temperatura” no significa que el gobierno de Aznar no fuese adelante con sus decisiones, ni abjurase de su ideología, creo sinceramente que saber escuchar le habría permitido explicarlas y tratar de convencer a muchos ciudadanos sobre por qué el Gobierno de Aznar pensaba que eran políticas adecuadas, en todos estos casos.

Sin embargo nadie puede negar que el desprecio a quienes protestaban, la soberbia y el fundamentalismo de decir que el programa es sagrado y la mayoría parlamentaria es la única expresión posible de la voluntad popular influyeron en que muchos ciudadanos retiraran su confianza al gobierno de Aznar.

Cuando además se vió que además eran políticas erroneas, el resultado de 2004, diga lo que diga la derecha, estaba más que cantado, iban a salir del poder y Zapatero iba a ser Presidente.

Incorporar la comunicación continua a la forma de gobernar no es nuevo antes al contrario se viene realizando desde hace más de medio siglo cuando la Casa Blanca pone en funcionamiento su Secretaría de Prensa (Costa Badía). Hoy el desarrollo de nuevas formas de comunicación convierten a un ciudadano que cada día más formado e informado es un sujeto con mayor capacidad de crítica, no solo en receptor, sino en emisor de comunicaciones, con capacidad en algunos casos de generar opinión pública.

Es verdad que no se puede caer en lo que alguna mente lucida pretende que es digitalizar todos los procesos de toma de decisiones a modo de asambleas virtuales en las que quien más tiempo libre tenga para escribir en el twitter o agregar adeptos en el Facebook, gane.

Pero a la vez es cierto que las instituciones pueden y deben incorporar mecanismos de escucha y toma de temperatura, para poder ser más pedagógicas en lo que explican, puesto que con ello mejorará la calidad de la democracia.  Hacer esto ultimo no es Gobierno “a la carta” sino simplemente saber escuchar y tener una mejor capacidad de convicción.

Los diagnósticos sobre política en España muchas veces se asientan sobre tópicos, uno de ellos es asegurar que algunas comunidades autónomas son sociológicamente conservadoras o progresistas “de toda la vida”.

Este es el caso de Galicia, gobernada durante la mayoría del periodo democrático por el PP, sin embargo estudios sobre la españa republicana citan a Galicia como la región más profundamente republicana del país (Gabriel Jackson “La República y la Guerra Civil Española”; Hugh Thomas “La Guerra Civil Española”).

En efecto los resultados electorales históricos muestran que en Galicia, la presencia de las fuerzas progresistas era importante durante la primera mitad del siglo XX. Sin embargo y a diferencia de lo que sucede en otros territorios de España, la izquierda en Galicia y en concreto el socialismo ha presentado durante todo el siglo XX una fuerte fragmentación.

En concreto se pueden citar tres tradiciones dentro del tronco común del socialismo democrático que darán orígen a diversas formaciones políticas a lo largo del siglo XX.

La primera de ellas sería el tronco republicano-liberal del socialismo gallego, que se incardina en el pensamiento de Proudhon que penetra en la península a través del que fuera Presidente de la efímera República federal, Francisco Pi i Margall, quien traduce sus obras del francés y se inspira en el federalismo cooperativo como base de la organización social para dar forma al Proyecto de Constitución Federal de 1873 (sin duda una de las normas fundamentales más avanzadas que ha tenido España). La vertiente republicano-liberal del socialismo gallego, fundamenta su visión de Galicia como parte integrante de un futuro modelo federal para España y para lograrlo se conformará la Organización Republicana Galega Autónoma (ORGA) un partido pequeño, de voto urbano e ilustrado de ciudades como Santiago de Compostela y que logrará a penas 16 diputados en las Cortes, pero de gran importancia durante la II República Española, ya que participará junto a Acción Republicana y el Partido Radicalsocialista en la formación en 1934 de Izquierda Republicana partido que en 1936 alcanzará en la persona de Manuel Azaña la Presidencia de la República y cuyo lider en Galicia, Santiago Casares Quiroga será Primer Ministro.  

Además en 1879 se funda en Madrid el PSOE, partido que en su implantación en Galicia combina elementos de la tradición republicano-liberal y postulados de corte obrerista, el PSOE gallego será un partido con una importante presencia  en las ciudades industriales como Vigo y A Coruña así como en localidades costeras (con un peso importante del sector pesquero y en muchas de las cuales se instalará la naciente industria conservera traida de Cataluña). En materia de concepción de Galicia, el PSOE se caracteriza por una fuerte presencia en los Gobiernos Locales y apoyará la autonomía, pero a diferencia de otras formaciones gallegas, no sobre la base identitaria, sino como referente de calidad democrática, desarrollo económico y justicia social.

Finalmente en el socialismo gallego también aparece la corriente nacionalista, que centra su reivindicación social en la afirmación de la identidad nacional gallega, esta tendencia cristalizará en la Unión Socialista Galega, nacida durante los años 30, de escisiones de sectores galleguistas del PSOE y de sectores izquierdistas del Partido Galeguista. Este partido compartirá espacio social con la ORGA y en 1934 terminará integrándose en Izquierda Republicana.

La Guerra Civil y la caída de Galicia en manos de los golpistas supondrá la represión de las formaciones políticas progresistas, nacionalistas y de la derecha democrática en el país, que se verán obligadas a reorganizarse en el exilio en torno al Consello de Galiza (gobierno gallego con sede en Buenos Aires) y en el interior, en donde en el campo del socialismo volverán a surgir diferentes formaciones sobre la base de las tres almas del pensamiento socialista en Galicia.

Así pues la tradición republicano-liberal convergerá con el nacionalismo clásico en torno al Partido Galeguista, cuya actividad en Galicia se verá limitada por la creación de la Editorial Galaxia y la apuesta de sus dirigentes en el interior (encabezados por Ramón Piñeiro) de un galleguismo transversal en la sociedad y en todas las formaciones políticas.

El PSOE se mantendrá como organización clandestina en Galicia y en 1977 contará con la incorporación del entorno de Ramón Piñeiro y del entorno del republicano-liberal y del galleguismo histórico del interior en una apuesta por una formación socialdemócrata encuadrada en un proyecto federal para España. 

Por su parte la vertiente nacionalista dará como resultado la creación del Partido Socialista Galego, formación socialista, galleguista y europeísta que encabezará Xosé Manuel Beiras, catedrático de economía de la Universidad de Santiago y que dará a la política gallega nombres de la talla del propio Beiras, Ceferino Díaz y sobre todo el primer Presidente socialista de la democracia en Galicia, Fernando González Laxe. El Partido Socialista Galego no tendrá procesos de fusión con el PSOE, sino que se aproximará al Partido Socialista Popular de Tierno Galván, en cuya federación gallega militaban importantes figuras políticas actuales como José Blanco y José López Orozco, Vicesecretario General del PSOE y Alcalde de Lugo respectivamente.

El desastre en las elecciones de 1977 para el Partido Socialista Galego y la apuesta de la Internacional Socialista por el PSOE como referente en España, creará una división en esta formación que llevará a los sectores más nacionalistas a la apuesta por la concertación con el galleguismo conservador y las formaciones políticas independentistas en torno a un frente que será el germen del BNG, en donde se convertirán en su ala izquierda y bajo el liderazgo de Beiras el BNG logrará ser durante 8 años la segunda fuerza política.

Fernando González Laxe, primer Presidente socialista de la Xunta.

Fernando González Laxe, primer Presidente socialista de la Xunta.

Por su parte las tendencias de corte más socialdemócrata de esta formación, junto con el PSP gallego,  iniciarán un proceso de fusión con el PSdG-PSOE, llegando un antiguo miembro de este partido, Fernando González Laxe a ser el primer Presidente socialista de la Xunta de Galicia en 1987 (gracias a un pacto con el nacionalismo gallego) dichas incorporaciones serán fundamentales en la consolidación del PSdG-PSOE como alternativa de gobierno en Galicia, si bien durante finales de los 90 sufrió un retroceso que le llevó a ser la tercera fuerza política en Galicia, siendo con la elección de Emilio Pérez Touriño como Secretario General el punto de recuperación electoral y de posicionamiento como partido de gobierno sobre la base de un discurso moderno, socialdemocrata y galleguista.

La historia del socialismo gallego tendrá otro momento señalado el 19 de junio de 2005 cuando por segunda vez en la historia un socialista, Emilio Pérez Touriño, presidirá la Xunta en gobierno de coalición con el nacionalismo,  gracias a este cambio político a nivel de país el socialismo gallego experimentará un crecimiento electoral que lleva a que presida las Diputaciones de Lugo y A Coruñá, la Federación Galega de Municipios y Provincias y  gobierne a casi el 70% de la población gallega, ostentando por ejemplo la alcaldía de tres de las cuatro capitales de provincia (y siendo socio del BNG en Pontevedra) así como en la capital autonómica y en ciudades del peso de Vigo, Vilagarcía de Arousa y Marín.

Emilio Pérez Touriño, toma posesión como Presidente de la Xunta de Galicia

Emilio Pérez Touriño, toma posesión como Presidente de la Xunta de Galicia

Fruto de este cambio político sísimico que ha vivido Galicia, en los ultimos 4 años se han producido importantes transformaciones en el país, como la apuesta por las políticas sociales (sanidad desprivatizada y de calidad, escolarización infantil universal, concertación social con sindicatos y empresarios) territoriales (protección del litoral, energías renovables, desarrollo del medio rural y llegada de la alta velocidad) además de estar creciendo económicamente durante esta legislatura varios puntos por encima de la media española y europea, lo cual permite que Galicia esté preparada para seguir creando bienestar y luchar contra la crisis financiera internacional.

Hay una izquierda que cree en la libertad como el valor fundamental de su concepción política que a su vez no está dispuesta a mirar a otro cuando se producen injusticias, y que mucho menos mostrará indiferencia ante tales agravios escudándose en la libertad formal, como sí hace el liberalismo de derechas. Posiblemente sea la misma izquierda que entendiendo que la legitimidad viene de eso llamado pueblo, no está dispuesta a legitimar proyectos donde en nombre de la mayoría se ejerza la dictadura, donde se anulen los mecanismos de representación y control de poderes o se interrumpan derechos individuales en vistas a un futuro mejor -utópico-.

Esa izquierda que tiene que ir a caballo entre las posturas liberales y ciertos posicionamientos sociales de denuncia, tiene en el republicanismo de Pettit una oportunidad de estabilidad teórica. Con él abraza la libertad desde un principio, pero no como la no-intervención en los asuntos de las personas, sino como no dominación. Es decir, admitiendo que a veces tiene que intervenir para corregir situaciones de sometimiento, pero sabiendo que esa acción positiva no puede ser arbitraria, sino que tiene que responder a un principio general. A su vez no tiene porque rechazar la idea de estado ni supeditarla a la del pueblo, porque encuentra en el estado el dispositivo necesario para que las mayorías no tiranicen a las minorías o para que haya espacios para el control público y la libre expresión -Una nota, bajo estos supuestos, el republicanismo no aceptaría postulados populistas como los que algunas veces efectúan algunos miembros de la izquierda alternativa, poniendo en cuestión toda la arquitectura estatal. Lo digo porque no tiene sentido negar la idea de estado y a la vez enarbolar la bandera de la II República-

 

Contra el liberalismo:

La tradición republicana -eso trato de argüir- comparte con el liberalismo el presupuesto de que es posible organizar un estado y una sociedad civil viables sobre las bases que trascienden a divisiones de tipo religioso y afines. En esa medida, muchos liberales harán suya la tradición republicana. Pero en las dos últimas centurias de su desarrollo, el liberalismo ha venido siendo asociado, en la mayoría de sus variantes más influyentes, con la concepción negativa de la libertad como ausencia de interferencia y con el presupuesto de que no hay nada inherentemente opresivo en el hecho de que algunos tengan poder de dominación sobre otros, siempre que no se ejerzan ese poder ni sea probable que lleguen a ejercerlo. Esta relativa indiferencia al poder o a la dominación ha vuelto al liberalismo tolerante respecto de otras muchas relaciones -en el hogar, en el puesto de trabajo, en el electorado y en otros sitios- que el republicano está obligado a denunciar como paradigmas de dominación e ilibertad. Lo que ha venido a significar que, si muchos liberales se preocupan de la pobreza, de la ignorancia, de la inseguridad, etc., lo hacen, por lo común, movidos por compromisos independientes de su compromiso con la libertad como no interferencia (por un compromiso con la satisfacción de las necesidades básicas, o con la realización de una cierta igualdad entre la gente, pongamos por caso) (p.26)

La no-interferencia se puede volver en legitimación de injusticias, y por tanto de una situación de dominación, que necesitan de una acción positiva para su corrección. En España tenemos un ejemplo con la ley de Igualdad, donde la oposición se hace bajo pretendidos supuestos liberales -que no son más que un disfraz de un programa conservador- Otro ejemplo del absurdo a donde puede llevar la libertad como no interferencia nos los ofreció nuestro Ex Presidente del Gobierno José María Aznar, cuando reclamaba poder conducir libremente por las carreteras, sin el control del estado, aunque fuese bajo los efectos del alcohol. Si bien, repito, el liberalismo en los dirigentes de la derecha de nuestro país no es auténtico, es una cortina de humo de otro tipo de programa neoconservador cercano a lo que hay en EEUU ahora gobernando, porque sino ya se cuidarían de no estirar sus valores hasta el límite de la ruptura y el ridículo.

 

Contra el populismo:

De acuerdo con esos enfoques [los populistas], el pueblo, colectivamente representado, es el amo, y el estado, el siervo, con lo que se viene a sugerir que el pueblo debería delegar en los representantes y en los funcionarios estatales sólo cuando fuera estrictamente necesario: la democracia directa o asamblearia, o plebiscitaria, resultaría la opción sistemáticamente preferida. La tradición republicana, en cambio, ve al pueblo como fideicomitente, tanto individual como colectivamente, y ve el estado como fiduciario: en particular, entiende que el pueblo confía al estado la tarea de administrar un poder no-arbitrario. De acuerdo con esto, la democracia directa puede a menudo convertirse en una cosa muy mala, en la tiranía de la mayoría. (p. 26)

Para el republicanismo ni el pueblo está por encima del estado, ni el estado puede ser arbitrario con el pueblo. Esto exprimido un poco más tiene mucho sentido si entendemos pueblo como una masa de individuos y estado como una ciudadanía organizada. El control de las injusticias será más eficaz en un medio inteligente, como es el estado, y será nulo allí donde no hay articulación y si marejadas compulsivas, como entre las masas.

Además recordemos que los gobiernos populistas tienden a intervenir arbitrariamente muchas veces buscando la defensa de sus intereses, arguyendo su actuación en nombre del bien del pueblo, cuando en verdad, tras las actuaciones de este tipo, las situaciones de dominación que sufren las clases más populares no remiten ni lo más mínimo. Sin embargo el republicanismo sí que atiende a las intuiciones que lleva a muchos a abrazar el populismo, que son hacer que la gente corriente pueda ejercer un control del gobierno y que vean a través de ello sus intereses recogidos en los planes del estado. Además, si algo potencia el republicanismo es que la sociedad civil se vuelva activista y no renuncie nunca al control del poder, porque de ese control depende su libertad. Siendo esta una dialéctica perpetúa entre la persona libre y el poder.

Pettit presenta entre las labores del filósofo político la de ordenar aquello que está inmerso en las corrientes de la opinión pública, de tal forma que ayude a identificar las ideas para poder controlarlas y evitar que sean ellas las que nos dominen a nosotros como una marea imprevisible. Me gusta esta semejanza entre la labor analítica del pensador y la del activista. A veces siento cierto desencanto con los supuestos intelectuales universitarios que se distancian de cualquier postura política intentado dar a entender que ellos están limpios de cualquier interés más allá del teórico ¿Se imaginan a algún analista financiero saliéndose de su banco, empresa o de su institución pública para dar con ello mayor valor a sus afirmaciones? Nos daría un poco la risa.

Quien desarrolla el pensamiento político y a su vez participa activamente como ciudadano y miembro de un partido, organización o colectivo, no sólo no le quita valor a sus ideas sino que se lo añade, incorporando elementos como el compromiso y la honestidad intelectual. Presuponiendo la razonabilidad y la capacidad crítica, ningún teórico pondría en juego la actividad de su organización, su sociedad y su propio tiempo y fuerzas, si dubitara ante sus ideas sabiendo que en verdad son ocurrencias impracticables, es más, de que se las creyera se debería seguir que intentará aplicarlas personalmente y no esperará a que lo hicieran otros algún día lejano. Sin embargo alguien que sea consciente de la ficción de sus ideas, como un escritor de comics medianamente cuerdo, no se pondrá a construir una sociedad futurista para sus hijos y amigos, o un novelista no diseñará una trama delictiva en la realidad, porque saben que el valor de su obra no está en la reproducción real.

Además, aunar la creación de teorías con el activismo es darle un aspecto realista a lo desarrollado por el pensador -lo que plantea que el realismo político no es hacer quimeras intelectuales calculando intereses de supuestos agentes políticos para luego hacer conclusiones teóricas, sin que es diseñar propuestas que uno mismo o las organizaciones a las que pertenece podría llevar a cabo-

Pero antes de ordenar hay que analizar esas corrientes:

Pettit identifica detrás de las decisiones políticas -las que se estabilizan institucionalmente- tres factores: los intereses, la visión sobre los asuntos concretos y las ideas normativas -me imagino, por poner un caso imaginado de los tres elementos, a un secretario ministerial que quiere ascender a ministro en el mejor de los casos, o en el peor de ellos, mantenerse en el puesto, que tiene que resolver la creación de una oficina, por ejemplo de inmigración y tiene que diseñarla de tal forma que sirva a la expansión de valores como la libertad y la igualdad-Él tercer factor sería para nuestro autor, el que da movimiento a la marea comunicativa, es el que permite encontrar apoyos y legitimarse en los debates sobre los programas y puestos de mando.

Yo iría un poco más lejos con este elemento. Creo que los valores son la madre del cordero en política, ellos subsumen los intereses y la forma de abordar los casos particulares de toma de decisión. Diciéndolo popperianamente, no hay interés ni problema concretos que exista independientemente de las ideas normativas, igual que no existen los datos científicos sin las teorías que los explican. Otra cosa es que las ideas normativas defendidas por un político al expresarse públicamente sean diferentes de las ideas que mueven sus intereses particulares y su forma de trabajar, lo que no significa que realicen cosas independientemente de sus ideales, sino que los tienen contradictorios y en la medida de que se presentan a los ciudadanos con sólo uno de ellos, serán hasta hipócritas, pero nunca exentos de ideas generales -pienso, por ejemplo, en un liberalote de los que ponen los privado y sólo ello como referente político y moral, como aquello que mantiene la capacidad de esfuerzo y reconoce la excelencia, pero que luego van y montan sus empresas a costa de subvenciones publicas dadas por sus amigos en puestos políticos, demostrando que lo único que les importa es enriquecerse a costa de los demás; o se me vienen a la cabeza esos otros defensores de las dictaduras comunistas que excusan cualquier cosa por culpa de la opresión capitalista, sin quitarse su polo de marca ni renunciando a sus lujos occidentales; o de algunos supuestos socialistas donde eso del poder es más importante que lo que puede hacer con él; o un conservador amante de la tradición eclesiástica de nuestro país que no tenga reparos en divorciarse unas cuantas veces. Por ser equitativo sin ser justo, y repartir entre todos-

Bien, pues Pettit identifica cuatro corrientes principales de valores-yo preferiría llamarlas canales, pero ¿Quién soy yo?- La económica, la de los derechos, la del bienestar y la igualdad y la de la democracia. Además apunta que todas ellas están transitadas por la idea de libertad, y que cuando toca una justificación, todas acuden a ella.

(…) El lenguaje de la teoría económica nos conduce al libre mercado y la libertad para hacer los contratos que queremos con cualquiera; el lenguaje de los derechos gira en torno a los derechos de libertad de pensamiento, de expresión, de movimiento, etc; el lenguajes del bienestar y de la equidad y de la igualdad, o de la pobreza y la explotación y la subordinación, pretenden articular los requisitos necesarios para disfrutar de la libertad, o para hacerla efectiva. Y el lenguaje de la legitimación democrática insiste sin desmayo en la legitimidad de lo libremente decidido por el pueblo, así como el modo en que las personas individuales participan de esa libertad colectiva (p. 23-24)

Vemos que para Pettit la libertad es un motor que mueve todos esos lenguajes y por tanto el motivo por el cual montar todo el andamiaje gubernamental, legal, institucional, constitucional y cívico de un estado.

 

PS: Aplicando esa mezcla de teórico/activista deberíamos coger estas ideas para planificar un poco más nuestras acciones políticas. Dados los diferentes canales que recorren la opinión pública, y más después de identificarlos teóricamente, deberíamos entrar en ellos de una forma consciente y clarificadora.

La derecha ya hace tiempo que conoce el valor de su agitación -¿Cuánto de esto se deberá al pasado comunista de algunos de los neocons de hoy en día?- siendo su estilo el generar ruido y supuestas contradicciones en las posturas socialistas mezclando en el debate unos canales con otros. Reducen la libertad al ámbito económico, deslegitiman la libertad en materia de derechos e igualdad, intentando hacer chocar estas vías con la libertad democrática u económica, sometiendo el debate a un estrés y un ruido que hace que posturas que necesitan de una cierta explicación racional y pausada no puedan ser seguidas por el gran público.

El activismo de corte progresista tiene que ver con poner orden en este debate de una forma consciente, y para ello se tiene que tener un gran número de ciudadanos formados entre la ciudadanía dispuestos a encauzar la opinión pública.