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Hay una izquierda que cree en la libertad como el valor fundamental de su concepción política que a su vez no está dispuesta a mirar a otro cuando se producen injusticias, y que mucho menos mostrará indiferencia ante tales agravios escudándose en la libertad formal, como sí hace el liberalismo de derechas. Posiblemente sea la misma izquierda que entendiendo que la legitimidad viene de eso llamado pueblo, no está dispuesta a legitimar proyectos donde en nombre de la mayoría se ejerza la dictadura, donde se anulen los mecanismos de representación y control de poderes o se interrumpan derechos individuales en vistas a un futuro mejor -utópico-.
Esa izquierda que tiene que ir a caballo entre las posturas liberales y ciertos posicionamientos sociales de denuncia, tiene en el republicanismo de Pettit una oportunidad de estabilidad teórica. Con él abraza la libertad desde un principio, pero no como la no-intervención en los asuntos de las personas, sino como no dominación. Es decir, admitiendo que a veces tiene que intervenir para corregir situaciones de sometimiento, pero sabiendo que esa acción positiva no puede ser arbitraria, sino que tiene que responder a un principio general. A su vez no tiene porque rechazar la idea de estado ni supeditarla a la del pueblo, porque encuentra en el estado el dispositivo necesario para que las mayorías no tiranicen a las minorías o para que haya espacios para el control público y la libre expresión -Una nota, bajo estos supuestos, el republicanismo no aceptaría postulados populistas como los que algunas veces efectúan algunos miembros de la izquierda alternativa, poniendo en cuestión toda la arquitectura estatal. Lo digo porque no tiene sentido negar la idea de estado y a la vez enarbolar la bandera de la II República-
Contra el liberalismo:
La tradición republicana -eso trato de argüir- comparte con el liberalismo el presupuesto de que es posible organizar un estado y una sociedad civil viables sobre las bases que trascienden a divisiones de tipo religioso y afines. En esa medida, muchos liberales harán suya la tradición republicana. Pero en las dos últimas centurias de su desarrollo, el liberalismo ha venido siendo asociado, en la mayoría de sus variantes más influyentes, con la concepción negativa de la libertad como ausencia de interferencia y con el presupuesto de que no hay nada inherentemente opresivo en el hecho de que algunos tengan poder de dominación sobre otros, siempre que no se ejerzan ese poder ni sea probable que lleguen a ejercerlo. Esta relativa indiferencia al poder o a la dominación ha vuelto al liberalismo tolerante respecto de otras muchas relaciones -en el hogar, en el puesto de trabajo, en el electorado y en otros sitios- que el republicano está obligado a denunciar como paradigmas de dominación e ilibertad. Lo que ha venido a significar que, si muchos liberales se preocupan de la pobreza, de la ignorancia, de la inseguridad, etc., lo hacen, por lo común, movidos por compromisos independientes de su compromiso con la libertad como no interferencia (por un compromiso con la satisfacción de las necesidades básicas, o con la realización de una cierta igualdad entre la gente, pongamos por caso) (p.26)
La no-interferencia se puede volver en legitimación de injusticias, y por tanto de una situación de dominación, que necesitan de una acción positiva para su corrección. En España tenemos un ejemplo con la ley de Igualdad, donde la oposición se hace bajo pretendidos supuestos liberales -que no son más que un disfraz de un programa conservador- Otro ejemplo del absurdo a donde puede llevar la libertad como no interferencia nos los ofreció nuestro Ex Presidente del Gobierno José María Aznar, cuando reclamaba poder conducir libremente por las carreteras, sin el control del estado, aunque fuese bajo los efectos del alcohol. Si bien, repito, el liberalismo en los dirigentes de la derecha de nuestro país no es auténtico, es una cortina de humo de otro tipo de programa neoconservador cercano a lo que hay en EEUU ahora gobernando, porque sino ya se cuidarían de no estirar sus valores hasta el límite de la ruptura y el ridículo.
Contra el populismo:
De acuerdo con esos enfoques [los populistas], el pueblo, colectivamente representado, es el amo, y el estado, el siervo, con lo que se viene a sugerir que el pueblo debería delegar en los representantes y en los funcionarios estatales sólo cuando fuera estrictamente necesario: la democracia directa o asamblearia, o plebiscitaria, resultaría la opción sistemáticamente preferida. La tradición republicana, en cambio, ve al pueblo como fideicomitente, tanto individual como colectivamente, y ve el estado como fiduciario: en particular, entiende que el pueblo confía al estado la tarea de administrar un poder no-arbitrario. De acuerdo con esto, la democracia directa puede a menudo convertirse en una cosa muy mala, en la tiranía de la mayoría. (p. 26)
Para el republicanismo ni el pueblo está por encima del estado, ni el estado puede ser arbitrario con el pueblo. Esto exprimido un poco más tiene mucho sentido si entendemos pueblo como una masa de individuos y estado como una ciudadanía organizada. El control de las injusticias será más eficaz en un medio inteligente, como es el estado, y será nulo allí donde no hay articulación y si marejadas compulsivas, como entre las masas.
Además recordemos que los gobiernos populistas tienden a intervenir arbitrariamente muchas veces buscando la defensa de sus intereses, arguyendo su actuación en nombre del bien del pueblo, cuando en verdad, tras las actuaciones de este tipo, las situaciones de dominación que sufren las clases más populares no remiten ni lo más mínimo. Sin embargo el republicanismo sí que atiende a las intuiciones que lleva a muchos a abrazar el populismo, que son hacer que la gente corriente pueda ejercer un control del gobierno y que vean a través de ello sus intereses recogidos en los planes del estado. Además, si algo potencia el republicanismo es que la sociedad civil se vuelva activista y no renuncie nunca al control del poder, porque de ese control depende su libertad. Siendo esta una dialéctica perpetúa entre la persona libre y el poder.
Pettit presenta entre las labores del filósofo político la de ordenar aquello que está inmerso en las corrientes de la opinión pública, de tal forma que ayude a identificar las ideas para poder controlarlas y evitar que sean ellas las que nos dominen a nosotros como una marea imprevisible. Me gusta esta semejanza entre la labor analítica del pensador y la del activista. A veces siento cierto desencanto con los supuestos intelectuales universitarios que se distancian de cualquier postura política intentado dar a entender que ellos están limpios de cualquier interés más allá del teórico ¿Se imaginan a algún analista financiero saliéndose de su banco, empresa o de su institución pública para dar con ello mayor valor a sus afirmaciones? Nos daría un poco la risa.
Quien desarrolla el pensamiento político y a su vez participa activamente como ciudadano y miembro de un partido, organización o colectivo, no sólo no le quita valor a sus ideas sino que se lo añade, incorporando elementos como el compromiso y la honestidad intelectual. Presuponiendo la razonabilidad y la capacidad crítica, ningún teórico pondría en juego la actividad de su organización, su sociedad y su propio tiempo y fuerzas, si dubitara ante sus ideas sabiendo que en verdad son ocurrencias impracticables, es más, de que se las creyera se debería seguir que intentará aplicarlas personalmente y no esperará a que lo hicieran otros algún día lejano. Sin embargo alguien que sea consciente de la ficción de sus ideas, como un escritor de comics medianamente cuerdo, no se pondrá a construir una sociedad futurista para sus hijos y amigos, o un novelista no diseñará una trama delictiva en la realidad, porque saben que el valor de su obra no está en la reproducción real.
Además, aunar la creación de teorías con el activismo es darle un aspecto realista a lo desarrollado por el pensador -lo que plantea que el realismo político no es hacer quimeras intelectuales calculando intereses de supuestos agentes políticos para luego hacer conclusiones teóricas, sin que es diseñar propuestas que uno mismo o las organizaciones a las que pertenece podría llevar a cabo-
Pero antes de ordenar hay que analizar esas corrientes:
Pettit identifica detrás de las decisiones políticas -las que se estabilizan institucionalmente- tres factores: los intereses, la visión sobre los asuntos concretos y las ideas normativas -me imagino, por poner un caso imaginado de los tres elementos, a un secretario ministerial que quiere ascender a ministro en el mejor de los casos, o en el peor de ellos, mantenerse en el puesto, que tiene que resolver la creación de una oficina, por ejemplo de inmigración y tiene que diseñarla de tal forma que sirva a la expansión de valores como la libertad y la igualdad-Él tercer factor sería para nuestro autor, el que da movimiento a la marea comunicativa, es el que permite encontrar apoyos y legitimarse en los debates sobre los programas y puestos de mando.
Yo iría un poco más lejos con este elemento. Creo que los valores son la madre del cordero en política, ellos subsumen los intereses y la forma de abordar los casos particulares de toma de decisión. Diciéndolo popperianamente, no hay interés ni problema concretos que exista independientemente de las ideas normativas, igual que no existen los datos científicos sin las teorías que los explican. Otra cosa es que las ideas normativas defendidas por un político al expresarse públicamente sean diferentes de las ideas que mueven sus intereses particulares y su forma de trabajar, lo que no significa que realicen cosas independientemente de sus ideales, sino que los tienen contradictorios y en la medida de que se presentan a los ciudadanos con sólo uno de ellos, serán hasta hipócritas, pero nunca exentos de ideas generales -pienso, por ejemplo, en un liberalote de los que ponen los privado y sólo ello como referente político y moral, como aquello que mantiene la capacidad de esfuerzo y reconoce la excelencia, pero que luego van y montan sus empresas a costa de subvenciones publicas dadas por sus amigos en puestos políticos, demostrando que lo único que les importa es enriquecerse a costa de los demás; o se me vienen a la cabeza esos otros defensores de las dictaduras comunistas que excusan cualquier cosa por culpa de la opresión capitalista, sin quitarse su polo de marca ni renunciando a sus lujos occidentales; o de algunos supuestos socialistas donde eso del poder es más importante que lo que puede hacer con él; o un conservador amante de la tradición eclesiástica de nuestro país que no tenga reparos en divorciarse unas cuantas veces. Por ser equitativo sin ser justo, y repartir entre todos-
Bien, pues Pettit identifica cuatro corrientes principales de valores-yo preferiría llamarlas canales, pero ¿Quién soy yo?- La económica, la de los derechos, la del bienestar y la igualdad y la de la democracia. Además apunta que todas ellas están transitadas por la idea de libertad, y que cuando toca una justificación, todas acuden a ella.
(…) El lenguaje de la teoría económica nos conduce al libre mercado y la libertad para hacer los contratos que queremos con cualquiera; el lenguaje de los derechos gira en torno a los derechos de libertad de pensamiento, de expresión, de movimiento, etc; el lenguajes del bienestar y de la equidad y de la igualdad, o de la pobreza y la explotación y la subordinación, pretenden articular los requisitos necesarios para disfrutar de la libertad, o para hacerla efectiva. Y el lenguaje de la legitimación democrática insiste sin desmayo en la legitimidad de lo libremente decidido por el pueblo, así como el modo en que las personas individuales participan de esa libertad colectiva (p. 23-24)
Vemos que para Pettit la libertad es un motor que mueve todos esos lenguajes y por tanto el motivo por el cual montar todo el andamiaje gubernamental, legal, institucional, constitucional y cívico de un estado.
PS: Aplicando esa mezcla de teórico/activista deberíamos coger estas ideas para planificar un poco más nuestras acciones políticas. Dados los diferentes canales que recorren la opinión pública, y más después de identificarlos teóricamente, deberíamos entrar en ellos de una forma consciente y clarificadora.
La derecha ya hace tiempo que conoce el valor de su agitación -¿Cuánto de esto se deberá al pasado comunista de algunos de los neocons de hoy en día?- siendo su estilo el generar ruido y supuestas contradicciones en las posturas socialistas mezclando en el debate unos canales con otros. Reducen la libertad al ámbito económico, deslegitiman la libertad en materia de derechos e igualdad, intentando hacer chocar estas vías con la libertad democrática u económica, sometiendo el debate a un estrés y un ruido que hace que posturas que necesitan de una cierta explicación racional y pausada no puedan ser seguidas por el gran público.
El activismo de corte progresista tiene que ver con poner orden en este debate de una forma consciente, y para ello se tiene que tener un gran número de ciudadanos formados entre la ciudadanía dispuestos a encauzar la opinión pública.

“Sucede que a veces la socialdemocracia parece enferma, pero mientras algunos comienzan a alegrarse de la desaparición del enfermo y a pensar en el día después, éste contra todo pronóstico se levanta y con la energía de un joven comienza de nuevo a andar, creanme cuando les digo que socialdemocracia siempre estará liderando los cambios”.
Medidas como la que ha adoptado el Gobierno de Canadá (Conservador) en relación a establecer mecanismos de toma de temperatura a través de la opinión de los ciudadanos (en el caso canadiense por una Web) para lograr la aprobación de una Ley que incide sobre los derechos de propiedad intelectual,
El PSOE se mantendrá como organización clandestina en Galicia y en 1977 contará con la incorporación del entorno de Ramón Piñeiro y del entorno del republicano-liberal y del galleguismo histórico del interior en una apuesta por una formación socialdemócrata encuadrada en un proyecto federal para España.
Por su parte la vertiente nacionalista dará como resultado la creación del Partido Socialista Galego, formación socialista, galleguista y europeísta que encabezará Xosé Manuel Beiras, catedrático de economía de la Universidad de Santiago y que dará a la política gallega nombres de la talla del propio Beiras, Ceferino Díaz y sobre todo el primer Presidente socialista de la democracia en Galicia, Fernando González Laxe. El Partido Socialista Galego no tendrá procesos de fusión con el PSOE, sino que se aproximará al Partido Socialista Popular de Tierno Galván, en cuya federación gallega militaban importantes figuras políticas actuales como José Blanco y José López Orozco, Vicesecretario General del PSOE y Alcalde de Lugo respectivamente.
