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La Democracia Posible

-Si usted está debatiendo sobre seguridad y ve como se cuestionan las libertades básicas, aquí tiene unos argumentos para encauzar el debate y señalar las falacias del neoconservador-

2. La mentira del nuevo equilibrio

3. Universalidad de los derechos humanos; diferentes interpretaciones y una misma evaluación

4. Formulaciones concretas; aquí cabe el debate

5. Las torturas, la pena de muerte y los derechos judiciales

6. Derechos humanos y extranjería

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En gran parte de occidente tras la Segunda Guerra Mundial, cierta concepción humanística se terminó por imponer como sustrato último de toda política justificable y de toda norma legal: Los Derechos Humanos. Es verdad que han existido con una guerra fría de por medio, un Vietnam, una política de intervención en América del Sur y otra económica con África que poco ejemplo han dado, pero se podría decir que han sido bastante respetados de fronteras hacia dentro. Por desgracia hoy en día en vez de preocuparnos de sacar estos derechos más allá de nuestras fronteras, vemos que se empiezan a cuestionar abiertamente la legitimidad de estos derechos incluso internamente. Estas normas que alcanzaron la categoría de semi-sagradas están sufriendo el mayor ataque por parte de la estrategia neoconservadora del miedo.

Dworkin plantea su defensa desde la raíz que los nutre. Desde los principios de la Dignidad Humana. Si estos principios son los que nos mueven, los que nos permiten representar el mundo de una forma ética y los que nos dan significado como seres humanos, es desde ellos desde donde tenemos que defendernos contra las cesiones a las supuestas políticas de seguridad neoconservadoras. La gente tiene miedo, o se le infunde miedo, y hay que preguntarles si están dispuestos a renunciar a sus principios básicos para sentirse más seguros.

En su libro, Dworkin toma sus Principios de la Dignidad Humana como están recogidos en los diferentes tratados generales y más específicamente en las constituciones, leyes y acciones de gobiernos particulares. Para luego denunciar como estos están siendo puestos en cuestión con acciones como Guantánamo o Abu Ghraib, por las políticas de recortes de libertades y por la apelación a sentimientos de inseguridad mayoritarios.

[ Yo añadiría una consideración, subiendo al nivel superior –por sí resultase que los derechos humanos y los derechos políticos más básicos también fuesen objeto del debate político- A saber, que las políticas de derechos son auténticas políticas de seguridad de los ciudadanos. Nos protegen de las actuaciones arbitrarias de los poderosos y de los que poseen los recursos. Eliminar o aminorar las garantías constitucionales nos vende como ciudadanos ante el poder. El relato del peligro externo ni nos protege de lo de fuera ni nos preserva dentro como hombres libres. Los derechos son la seguridad de la ciudadanía, sin ellos, está vendida –esclavizada- ]

Uno de los argumentos neoconservadores trata de llevar el debate a una cuestión de equilibrio entre seguridad y derechos. Dado que el peligro ha aumentado sobremanera -dicen- desde el 11M, hay que volver a reajustar la balanza. Es necesario que existan menos libertades en un mundo más temible.

Igual que uno reequilibra el gasto según la prosperidad económica o invierte más en una infraestructura que en otras -estación de trenes o aeropuertos- o en el diseño de estas, según sea más conveniente. Así también, dicen, se deberían cambiar las garantías constitucionales.

En esta equiparación es donde denuncia la falacia. Los derechos políticos básicos no son decisiones deliberadas previamente según convengan como son las decisiones políticas cotidianas. Los principios de la dignidad humana están fuera del debate político porque no son negociables. Porque no es una cuestión de intereses, sino que es una cuestión moral.

Siguiendo a Dworkin podríamos decir que estos derechos básicos no son abordables desde un debate costes / beneficios, porque no se derivan de una posible gestión. Su procedencia es moral y aquí no cuadra la lógica del negocio.

Además, resulta significativo en cuanto a la capacidad que tienen los neoconservadores de aceptar incoherencias, como esos mismos derechos que se permiten poner en cuestión, son luego la principal razón pública para intervenir militarmente en otros países. Como tal o cual dictador pone en peligro o tiene supeditada a su población o la vecina, nosotros, nación poderosa, tenemos la obligación de intervenir. ¿Si los derechos humanos sufrieran un fuerte desgastes significaría esto que invadirían menos o peor, qué se andarían con menos miramientos a la hora de invadir, ya expresando sus verdaderas razones? Me parece que escogerían la segunda posibilidad.

[ Estirando la interpretación del autor, la lógica del coste beneficio o de la deliberación cotidiana del político producen inconsistencias en el marco moral, con terribles consecuencias posteriores para toda la arquitectura del sistema. Poner en cuestión estos derechos es poner en cuestión los fundamentos de una democracia sana. ]

Estos principios tienen en cada gobierno y en cada constitución un desarrollo propio, característico de la propia sociedad que lo legitima. Pero esto no quiere decir que cada equipo de gobierno o cada periodo constituyente pueda interpretar estos principios como les dé la gana. Antes decíamos que los derechos humanos no eran intereses negociables, ahora afirmamos que no son ni interpretaciones subjetivas ni partidistas.

Un país puede tolerar la libertad de expresión incluso si esta es usada para cuestionar sus principios fundamentales -el caso de EEUU- o un país puede acotar esa libertad de expresión para proteger otros derechos, como la dignidad de las víctimas del Holocausto -el caso de Alemania- Lo que une a estos dos ejemplos, es que procuran hacer inteligibles los principios básicos de los que hablamos. Puede que una formulación sea más perfecta que la otra, pero los dos responden a un interpretación de buena fe.

[ Por matizar a Dworkin, no creo que la buena fe ni la inteligibilidad de las interpreataciones sean los mejores criterios de evaluación de gobiernos y constituciones con respecto a los derechos humanos. Como él sabe, estas interpretaciones no se siguen de forma lógica de los derechos básicos, sino que responden a circunstancias concretas, pero no por ello tenemos que abandonar la búsqueda de una evaluación más analítica.

Podríamos considerar que los principios básicos de la dignidad del hombre son un núcleo a desarrollar según las necesidades del contexto. Que este desarrollo es técnico en gran medida y por tanto tiene un espacio de soluciones plural, en el que caben distintas respuestas para los mismos problemas -podemos diseñar diferentes motores para un mismo modelo de coche y ninguno tiene porque ser el mejor, sino que pueden responder a prioridades diferentes, como el consumo o la potencia- Y que la evaluación estará en cuantos casos concretos en la relación persona-estado pueden considerarse como una violación de la integridad moral de las primeras. Da igual que un modelo potencie una perspectiva u otra, que se base en una cultura u otra, que actúe positivamente contra unas discriminaciones u otras, con tal de que al final tienda a aminorar los casos de violaciones de los derechos humanos que se cometen bajo su órbita de actuación.]

Estos principios filosóficos recogidos en unos principios políticos básicos necesitan una ulterior concreción en las leyes y la política de lo cotidiano. De los principios filosóficos de la dignidad humana, a la libertad de expresión en los tratados de derechos humanos y constituciones, a regular a qué hora y en qué lugar puede tener una manifestación con su desfile en un lugar público, a través de leyes y gobiernos.

El paso de una fase a otro no es mecánico en palabras de Dworkin y por tanto cabe la discrepancia en cual sea la mejor opción. Debate sobre como concretizarlos, no como sobre cómo eliminarlos o neutralizarlos, téngase claro.

[Yo diría que si tiene algo de mecánico pero que la transferencia de valores entre unos niveles y otros no tiene un solo camino mecánico, el necesario, sino que tiene varios. Y que es mecánico porque al final puede evaluarse, puede retrocederse de la formulación concreta a los principios constitucionales y a los filosóficos para ver si se cumplen -tienes o no tienes derecho, es conveniente o no, emitir pornografía en una televisión pública en horario de máxima audiencia, ¿Se violan los estos principios si se ponen en un horario diferente? Parece claro que son posibles múltiples ajustes en la concreción de unos principios que no tiene enmienda posible en su formulación moral e ideal- ]

En este caso es donde cabe el debate de las mayorías. Donde la fuerza de la democracia es operativa y moral. En el trabajo sobre unos límites acotados filosóficamente y moralmente. Este es el marco de una democracia sana, el que lo diferencia de una posible tiranía de las mayorías. Sí, cabe el debate, las decisiones de las mayorías, pero con límites en la inviolabilidad de la dignidad de las personas. Esta es la razón que deberíamos esgrimir ante líderes que apelando a su mayoría pretenden derogar libertades de expresiones, de movimiento o quién sabe si en un futuro, de asociaciones. Es la razón para no aceptar, aunque la mayoría vote a favor, una legislación que permita espiar a un ciudadano sin que este tenga derecho alguno, e incluso sin que nunca llegue a saber que se le vigila tan íntimamente.

Un gobierno democrático que quiera considerarse legítimo no puede violar estos derechos humanos a su conveniencia. Como ya hemos dicho antes -y como se sigue más de otras obras de Dworkin o del análisis de Andrea Greppi sobre nuestro autor en su Concepciones de la democracia en el pensamiento político contemporáneo - el propio sistema necesita respetar unos principios universales que no admiten arbitrariedad ni negociación, porque estos dan la propia estabilidad al sistema y permiten cumplir sus objetivos generales. Vamos, que no es posible la democracia de hombres libres e iguales si el gobierno se permite tratar a las personas a su conveniencia, aunque sea con el apoyo de la mayoría. Algo parecido recogíamos de Pettit en una entrada anterior.-

La falta de derechos sobre los detenidos y encarcelados -Guantánamo-, la indulgencia con las torturas -Abu Ghraib- y las penas de muerte, merman el carácter de una nación. Es una renuncia inmoral que además tiene consecuencias para el resto de la sociedad -vivir bajo un sistema con menos garantías y con la brecha abierta de la arbitrariedad gubernamental. Hoy les toca a ellos mañana te puede tocar a ti.

[ Aunque este no esta no es la posición de peso de Dworkin, que no apela a que la arbitrariedad puede volverse en contra de todos , transformando una nación de hombres libres en La Corte del Zar Rojo, ni tampoco explora el argumento de que juicios rápidos y sin garantías, crearían el clima de mayor inseguridad para todos imaginable- donde una nueva Inquisición de la señora Democracia, como antes lo era también de lo más puro, Dios, podría convertirse en el mayor enemigo de todos, caso por caso, casa a casa, enemigo a enemigo del gobierno- Argumentos, que como veíamos con Pettit, siguiendo a Maquiavelo y Cicerón, demostraban que la República bajo derechos es la única forma de seguridad para el ciudadano, que se puede dedicar a sus propios asuntos sabiendo que unos principios legales le protegen de los poderosos. Sintetizando, sin derechos no hay calculo seguridad posible, porque el día que el poderoso o el gobernante decida macharle usted no podrá hacer nada. ]

Para Dworkin más bien es una cuestión de principios que de seguridad y ciudadanía. Y en último término de honor. No podemos aceptar estas violaciones porque la seguridad no vale tanto como para el honor, si de verdad queremos ser hombres libres.

[ A mí, esta invocación del honor, si bien me atrae por otro tipo de valores, no creo que sea la mejor razón sistemática. Porque al fin y al cabo el concepto honor se puede sustituir por lo mismo que pretende justificar: el segundo principio de la dignidad, el ser responsable de la propia vida, convirtiendo la explicación sería un círculo muy pequeño: Si tienes como derechos la propia libertad no puedes permitir que se lo quiten a otros, sería un deshonor, porque en vuestra humanidad sois iguales.

Prefiero decir que este honor, o esta capacidad y derecho de elegir la propia vida, estaría puesta en cuestión, por acciones arbitrarias, y que no sólo la libertad está en peligro, sino la propia integridad física. No es que renunciáramos al honor, es que tarde o temprano otros nos lo quitarían. Prefiero argumentarlo así, porque el argumento de Dworkin necesita de una empatía con respecto del resto que tengo mis dudas de que sea universal -por desgracia-Sin embargo creo que cierta forma de egoísmo, o el mirar primero por uno mismo y la empatía por los muy cercanos, está mucho más entendido, y saberlo explotar, puede permitir tanto o más que la empatía con toda la humanidad, en términos de justicia y libertades. ]

Posiblemente este sea el jardín con más espinas. El que tiene los caminos más torcidos, y en el que sino terminamos admitiendo las sutilizas del análisis minucioso, nos dejará la piel llena de espinas.

Por lo general hay dos discursos en la calle -me permito hablar como pseudofilósofo y como urbanita que convive con la inmigración en el trabajo, antes en la universidad, en el transporte público, en el barrio y en el portal. Y como ahora, lector de Dworkin. Esto no es sociología y no podría decir si se habla mucho o poco en la sociedad sobre el tema, pero donde yo he citado, se habla mucho, muchísimo, más que en los partidos políticos o en los medios de comunicación- Las dos mitologías son: Un primer discurso un tanto despreciativo, de recorrido fácil y a veces con tintes xenófobos. Luego hay otro de derechos humanos para absolutamente todo junto con una idea puramente mercantil, que curiosamente es la preferida de los progresistas -el extranjero produce, con lo cual es legítimo. Y… cuando no produzca miraremos para otro lado ¿no?-

No hay posibilidad intermedia. No existe el debate. Quien critica problemas derivados de los movimientos migratorios, corre el riesgo de ser un racista. Quien defiende los derechos de un inmigrante corre el riesgo de ser tachado de hippy progre que por supuesto vive en un barrio bien y mira las cosas desde la barrera.

El problema es que esta dualidad puede llevarnos al silencio y a la indiferencia, tanto ante los problemas como ante la persecución del inmigrante. Nadie habla públicamente, sí entre amigos, de estos temas. No se habla, porque diga lo que se diga, en tono crítico, uno está condenado a caer en uno de los abismos. Y así uno puede vivir en una esquizofrenia considerable. Esto es lo uqe ha llevado a las personas progresistas, las que mandan o pueden escribir y hablar en los medios de comunicación, a que no dijeran nada crítico en un periodo de exaltación del inmigrante y tampoco digan nada crítico cuando la bandera es la persecución del inmigrante ilegal.

La vacuna para esta ceguera, y posiblemente para el segundo mayor reto /problemón de Europa, sea diferenciar nítidamente entre derechos humanos y el debate sobre las políticas concretas sobre inmigración. Hemos estados viendo, que aunque viven conectados ideales y concreciones en el mundo de las leyes, conceptualmente pueden diferenciarse. Puedo defender la dignidad de un inmigrante y no por ello tengo que renunciar a decidir como quiero que sea la política de extranjería de mi país ni impedírselo a otros. Puedo intentar cambiar esta política de extranjería pero nunca puedo violar los derechos humanos.

Los derechos humanos no dictan como un estado tiene que trabajar por la humanidad entera. Dicen lo que no puede violar su legislación. Dice que no puede actuar con mala fe contra el inmigrante o la nación extranjera. Pero no dictan como una nación tiene que desarrollar sus políticas concretas.

Impedir este debate es lo que está llevando a Europa a un movimiento extremadamente conservador. No puedo opinar, pues me quedo con los mensajes más viscerales, irracionales, apeladores del miedo, pero en los que al fin y al cabo salgo mejor parado. Un debate que si se admitiese, quizás no sería tan difícil de abordar. Quizás descubriríamos los miedos de unos y otros, lo que esperan unos y otros, haríamos de los prejuicios de unos y otros razones cuidadas, pulidas y respetuosas.

Quién sabe, si con ordenanzas municipales de convivencia y orden público -para todos por igual y con obligaciones de verdad, legales, y no sólo marcas para extranjeros, como esa tontería esa del contrato para inmigrantes del PP- Quien sabe, si asumiéramos que el multiculturalismo político no es más que la defensa de guetos que nunca convivirán entre ellos y de líderes no democráticos de subcomunidades, y si asumiéramos que los beneplácitos con los dogmas de las distintas religiones no son más que los peores enemigos de los derechos humanos, este problema no sería más que una cuestión administrativa de cómo asentar flujos de personas en una sociedad próspera.

Es verdad que la Frontera es el gran problema conceptual. Que retornar a un inmigrante en el fondo, aunque sea él ilegal y el procedimiento de expulsión legal, cae bajo la conciencia de que se le manda a un mundo sin garantías a pesar de su humanidad. Que no dejarle entrar es la misma condena dentro del sistema global. Pero no tengo solución a esta falla, entre la ciudanía global y la protección que sólo asegura el estado concreto, sólo veo la cooperación internacional -idea claramente insuficiente para el desarrollo de los derechos en el resto del planeta- Eso y el deseo de una internacional progresista.

La Democracia Posible

-Comenzamos una serie de artículos sobre el libro de Ronald Dworkin. Empezamos con una introducción de unos principios a los que tendremos que volver una y otra vez-

¿Por qué una política y no otra? ¿Por qué votar a unos líderes y no a otros? ¿Por qué identificarse con unos y no con otros? Por valores. La gente vota a sus líderes porque el universo que transmiten se adapta más fácilmente –es interpretable- por sus valores más básicos. Universo que se puede transmitir a golpe de imagen, confrontación y estrategia subterránea o a través del debate de las ideas. O de los dos.

Un núcleo de valores que nos sirven para interpretar la realidad social y para planificar nuestras acciones en ella, y que según Ronald Dworkin no son ni políticos ni morales, sino que son filosóficos. Unos valores que corren a nivel muy bajo, digamos que casi imperceptibles al debate actual, a la literatura incluso a las disciplinas sociales y humanistas que manejan la mayoría de los norteamericanos –él se dirige a ellos, yo lo ampliaría a todos los occidentales, y lo adaptaría a la mayoría de los españoles-

La interpretación de estos valores –yo diría desarrollo- es lo que marca la diferencia entre unas comunidades políticas u otras, entre unos partidos u otros, entre unos políticos u otros. Una interpretación que se nos trasmite la mayoría de las veces a través de una pelea continua, a través de contacto, contacto y más contacto, cosa en la que los neoconservadores son maestros, y por desgracia también, a veces la única vía conocida por muchos progresistas profesionales de la política. Cualquiera que lea periódicos –en el mejor de los casos- sabe que estas diferentes interpretaciones pocas veces se nos trasmite a través del debate de las ideas y de las buenas razones. La obra de Dworkin defiende este segundo medio, demostrando que además es el único camino para que el liberalismo de izquierdas –socialdemocracia, o progresismo, como prefieran- construya una opción positiva y atrayente para los ciudadanos.

Los dos principios básicos son:

1) El primer principio –al que llamaré <<principio de valor intrínseco>>- sostiene que toda vida humana tiene un tipo especial de valor objetivo. Tiene valor como potencialidad; una vez que la vida humana ha empezado, es importante como evoluciona. Es algo bueno que esa vida tenga éxito y que su potencial se realice, y es algo malo que fracase y que su potencial se malogre. Esta es una cuestión de valor objetivo, no meramente subjetivo; quiero decir que el hecho de que una vida humana tenga éxito o fracaso no sólo es importante para la persona de cuya vida se trata, o sólo importe si, y porque, eso es lo que ella quiere. El éxito o fracaso de cualquier vida humana es algo importante en sí mismo, es algo que todos tenemos razones para querer, o deplorar. (…) Así, con arreglo al primer principio, todos nosotros deberíamos lamentar que una vida se malogre como algo malo en sí mismo, sea la vida de la que se trate la nuestra o la de cualquiera otra persona (24-25)

2) El segundo principio –el <<principio de responsabilidad personal>>- sostiene que cada persona tiene una responsabilidad especial en la consecución del logro de su propia vida, una responsabilidad que incluye el empleo de su juicio para estimar que clase de vida sería para ella una vida lograda. No debe aceptar que ninguna otra persona a dictarle esos valores personales ni a imponérselos sin su consentimiento. Puede respetar las valoraciones codificadas en la tradición religiosa particular, o las opiniones defendidas por líderes o textos religiosos e incluso las valoraciones de maestros morales o laicos. Pero ese respeto a de ser fruto de su propia decisión; ha de reflejar su juicio más profundo sobre como desempeñar su responsabilidad sobereana sobre su propia vida (25)

Estos dos principios –que toda vida humana alberga un valor potencial intrínseco y que todo el mundo tiene la responsabilidad de realizar ese valor de su propia vida- definen juntos las bases y condiciones de la dignidad humana, y por esta razón me referiré a ellos como los <<principios o dimensiones de la dignidad>> (25)

Estos dos valores en cierta medida corresponden al ideal de igualdad y al ideal de libertad que se manejan en el tradicional debate filosófico. Con su también tradicional capacidad para provocar contradicciones cuando se ponen juntos. Pero como apunta Dworkin no se trata de que los ideales sean coherentes o incoherentes entre sí, sino que en que es la comunidad política la que tiene la tarea de aportar la interpretación consistente de los dos.

La idea es bellísima: no sé trata de ponerte del lado del valor que ves más potente para la causa de la facción en la que estás. El valor que te hará triunfar entre los tuyos y aplastar –a ojos de los tuyos también- al contrario. Se trata de hallar el discurso que aúne los valores básicos de la ciudadanía, con la realidad social que toca vivir y con un sistema de derechos y justicia.

El buen político y el buen partido tienen que iniciarse en este camino involucrando a toda la sociedad. Siendo no un contingente de lucha sino un catalizador de encuentro y trabajo de ciudadanos comprometidos con cualquier causa de interés colectivo.

Esto en España, posiblemente en todo occidente, supondría una ruptura de paradigma político de consecuencias difíciles de prever. Quizás la única que nos permita mirar cara a cara a la Globalización y a las superpotencias. A no tener que aceptar burradas en la política internacional. A la crisis energética y a la nueva oleada de conservadurismo producto del rápido cambio social. Porque como europeos sacaríamos todo ese gran potencial de inteligencia, trabajo, conocimiento y derechos, almacenado durante los últimos siglos, sin desgastarnos en interminables y estériles ciclos de opinión pública volátil en nuestro interior.

En menores dimensiones, quizás sea la única manera que tengamos para construir un progresismo eficaz en comunidades como Madrid, Valencia o Murcia.

Leyendo hoy el blog de Joaquín Leguina me he decidido a mandarle un comentario, ahí va:

Aceptando que no se puede ser de izquierdas otorgando derechos en función de la comunidad cultural que algunos “expertos” o predicadores otorgan a un grupo humano -y eso vale tanto para el nacionalismo como para un multiculturalismo político mal entendido- el argumento se queda corto.

Porque los derechos, tanto legales como sociales, que nosotros tenemos en España, están en función de un estado -de bienestar- que los distribuye y asegura, y el estado está en función de una soberanía nacional que en su germen no se diferencia del que tienen los nacionalismos.

La soberanía, concepto todo lo chusco que se quiera, está muy asociada a la idea de nación, al de poder, o poderes que se llevan bien en un mismo espacio y a falsas creencias en una cultura común -como si la cultura pudiese ser única y homogénea-

La diferencia no está en eso, sino en que la “izquierda” da a esa herencia histórica del estado -que a su vez es heredero del cruce de linajes de casas reales luchando por el dominio del resto- un impulso universal, al menos dentro de sus fronteras, y en la medida de lo posible fuera.

Y quiero que se me entienda, a mi no me gustan los nacionalismos, pero creo que criticarlos haciendo un canto al igualitarismo y contra las fronteras, sólo le da razones a ellos por nuestra incoherencia o por negarles algo de lo que nosotros si hacemos uso –la soberanía-

Más bien lo que diferencia a la izquierda –con sentido de gobierno y estado- del nacionalismo, es que una usa la soberanía para ampliar derechos, como por ejemplo los lingüísticos, y los nacionalismos para restringir unos y apoyar otros. La izquierda democrática juega a crecer y el nacionalismo a un juego de suma cero.

Quizás la diferencia entre la izquierda y el nacionalismo, más que de igualitarismo y de identidad, sea de la racionalidad aplicada al juego del estado.

LA DOMINACIÓN.

De la oposición y la lucha contra la dominación nace el republicanismo, su concepción y su historia de batallas y logros en nombre de la libertad. En el segundo capítulo Pettit trata de perfilar conceptualmente eso a lo que se opone esta tradición, a la interferencia arbitraria dentro de una sociedad.

No tener que bajar la mirada ante otro, poder ir de frente y sin miedo, viene de un impulso que yo diría que es casi ancestral o incluso biológico del hombre. Pettit no va tan atrás sino que lo enmarca allí donde tiene cabida la discusión política, en el estado. Para él la dominación, eso que nos hace estar un escalón por debajo del dominador y nos lleva a rehuir su atención por miedo, viene cuando éste interfiere arbitrariamente en nuestras opciones y elecciones que vamos encontrando y construyendo a lo largo de nuestra vida.

Esto puede pasar de muchas maneras, la interferencia no tiene porque ser sólo la evidente, que es la coerción física, también puede ser la de la voluntad, a través de castigos o amenazas de castigo -a eso que llamamos maltratos psicológicos, desde esta óptica se vería como una forma de dominación- e incluso la dominación se puede presentar en forma de manipulación, como puede ser la de controlar la agenda política. Pettit señala que esta forma no ha sido tenida en cuenta durante siglos, quizás por la misma forma de hacer política, donde la transparencia no ha sido uno de los valores fundamentales.

Hasta hace bien poco, la lucha contra la manipulación, ni era lo más atractivo que podía ofrecer una causa política, ni era una demanda fundamental de la ciudadanía. Pero ahora, en la sociedad del conocimiento donde la información lo es casi todo, esta forma de dominación, de interferencia arbitraria, tiene que ser contrarrestada, ya no basta con que los poderes se controlen a sí mismos con la antigua forma de la división de los poderes de Montesquieu; el acceso a la información de importancia se hace vital para ser libre eligiendo. Debe ser la sociedad global la que se pueda inspeccionar a sí misma.

ARBITRARIEDAD DEL ESTADO

Como ya hemos dicho en otras entradas, arbitrario no es tomar en consideración las opiniones y los intereses sobre los que se interfiere. No habría dominación de una persona sobre mí si se inmiscuye en mis opciones siempre y cuando lo haga atendiendo a lo que yo le diga y a que pueda tener control sobre ello. ¿Y en el caso de estado? ¿Estaría actuando arbitrariamente si actúa interfiriendo la voluntad de un ciudadano? Por ejemplo, alguien que se niega a pagar los impuestos o a respetar las normas de tráfico.

Pettit contesta argumentando que un estado no se ocupa de los intereses individuales que pueda tener una persona, sino aquellos que son comunes a todos. El estado diríamos, siguiendo al filósofo, se ocupa de intereses públicos, de los que están entrelazados entre los ciudadanos.

El estado para conocer estos intereses compartidos necesita disponer de la visión de la sociedad de cada una de las partes, por eso la libertad de opinar se hace fundamental y más a un la libertad de crítica posterior, vigilante de que las acciones del estado terminen siendo banderizas o faccionales. Programas de televisión como tengo una pregunta para usted, responderían a este tipo de exigencias republicanas. A las que por cierto Zapatero es el primero que se somete. Impulsa su propio control externo.

Y en último término está el control a través de unas elecciones libres y democráticas.

Este cuestionamiento constante del poder de interferencia se ve con mayor respaldo tras unos temibles hijos de finales del siglo XIX: el populismo y la libertad de contrato para imponer cualquiera de sus términos. Con el populismo, con esa verdad de la mayoría, con ese pueblo que habla, las minorías nada tienen que hacer ni protestar, aunque las estén exterminando. Con ese tipo de libertad de contrato, uno puede que tenga que llegar a la esclavitud si quiere entrar en el sistema de trabajo. Dos cosas que por supuesto sucedieron.

Felizmente, un poco de reflexión un poco de reflexión muestra que lo que se requiere para que no haya arbitrariedad en el ejercicio de un determinado poder no es el consentimiento real a ese poder, sino la permanente posibilidad de ponerlo en cuestión, de disputarlo. De acuerdo con lo dicho antes, el estado no interfiere de modo arbitrario mientras su interferencia se guíe por ciertos intereses e interpretaciones relevantes y compartidos por los afectados. Esto no significa que las gentes tengan que consentir activamente las disposiciones, de acuerdo con las cuales actúa el estado. Lo que significa, es cambio, es que siempre tiene que estar abierta la posibilidad de que los miembros de la sociedad, procedan del rincón que sea, puedan disputar el supuesto de que los intereses y las interpretaciones que guían la acción del estado son realmente compartidos; y si el cuestionamiento de este supuesto es sostenible, tiene que alterarse la pauta de acción del estado. (P.91)

¿Pero sólo la crítica puede acabar con la dominación? Recordemos que no sólo un jefe político puede dominar a través de la fuerza del Estado, también lo puede hacer un funcionario o la autoridad pública. Y difícilmente la crítica mellará su actividad. Así también hace falta un sistema de sanciones y leyes coercitivas levantadas sobre un orden constitucional.

El control público que asegura la no-dominación estaría pues en la libertad de opinión y en las sanciones bajo parámetros constitucionales. Yo añadiría una transparencia obligatoria -constitucional- de la agenda política, legislativa, económica, comunicativa y judicial.

EL DERECHO Y LA LIBERTAD

[Léase teniendo en mente la manipulación del valor libertad que hace la derecha, especialmente Esperanza Aguirre, Rajoy y Aznar. Cuando acusan falazmente al gobierno de legislar entrometiéndose en las libertades individuales.

Creo que la principal batalla ideológica ante las próximas elecciones generales -y por tanto la piedra de toque fundamental , por mucho que digan los gurus de la gestión y los gráficos-va a estar en torno al concepto de libertad. Batalla que va a estar llena de trampas mediáticas difíciles de evitar si no se prepara un solido discurso previo.]

Ahora entra en escena esa parte de la teoría política republicana que ha sido acusada restringir las libertades individuales y de implementar un ideal de libertad positivo: El derecho. Pero como ya señalamos, esta parte no es el ideal de libertad, sino su salvaguardia, su recubrimiento. Que además procura recoger los intereses y las opiniones de los afectados, en las normas que dicta. Y que será controlada gracias a un sistema que balancea poderes y que procura un control democrático sobre quien escribe las reglas.

Los republicanos sostienen que el derecho propiamente constituido es constitutivo de la libertad (…) De acuerdo con la más temprana doctrina republicana, las leyes de un estado factible, y en particular, las leyes de una república, crean la libertad de que disfrutan los ciudadanos; no mitigan esa libertad, ni siquiera de un modo ulteriormente compensable.(P.57)

Una idea para entender lo anterior sería diferenciar entre reglas impuestas por una autoridad arbitraria y reglas que aseguran derechos de los ciudadanos. Tener derechos pasa por tener las leyes que los describen y los protegen. Y tener un derecho es tener la opción de actuar de una determinada manera si así uno lo quiere. Sí un minusválido quiere ir a la universidad tiene que tener el derecho de hacerlo y las opciones tienen que ser reales, y por tanto tiene que tener leyes que propicien esa opción, como la de hacer accesible las infraestructuras de transporte o los edificios universitarios. Sí no existen leyes de este tipo difícilmente un minusválido puede tener la libertad de ir a la universidad.

La línea seguida por los republicanos se revela en su concepción de la libertad como ciudadanía o cívitas. La ciudadanía es un estatus que sólo puede existir bajo un régimen adecuado de derecho: como dice un comentarista de la tradición republicana, << el rasgo capital de la civitas es el imperio de la ley>> (Viroli) (…) De manera que la libertad es vista en la tradición republicana como un estatus que existe sólo bajo un régimen jurídico adecuado. (Pag.57)

Además Pettit para proteger de las leyes de la arbitrariedad establece un control a partir de intereses y opiniones de los afectados:

Huelga decir que las leyes sólo hacen eso mientras respeten los intereses y las ideas comunes del pueblo y se atengan a la imagen de un derecho ideal: mientras no se conviertan en los instrumentos de la voluntad arbitraria de un individuo o grupo. Cuando las leyes se convierten en los instrumentos de esa voluntad, entonces, de acuerdo con la tradición, nos las vemos con un régimen -el régimen despótico del monarca absoluto, pongamos por caso- en el que los ciudadanos se convierten en esclavos y se ven enteramente privados de su libertad. (P.59)

Idea con la que me permito no estar de acuerdo con Pettit, al menos en parte, porque veo imposible respetar intereses e ideas comunes cuando se construye o se desarrolla una sociedad desde la política y el derecho. En el indefectible cambio de toda sociedad está que los intereses y opiniones cambian a cada movimiento. E introducir normas legislativas ya constituye un cambio del sistema y por tanto de los intereses que hay en él. Otra cosa es legislar de acuerdo a una perspectiva que de acuerdo a unos valores respeta la cohesión social y procure no ejercer injusticias a los particulares mediante sus cambios -cosa que quizás queda recogida en su expresión: se atengan a la imagen de un derecho ideal -

Este papel del derecho, y el poder que otorga a los cargos políticos, aparte de atender a intereses y opiniones, es, además, controlado gracias a un sistema que balancea poderes, asegura la el carácter representativo y procura rotar las personas de los puestos de poder.

Yo lo resumiría en dos puntos: corrigiendo un poco a Pettit a) Generalización de intereses y opiniones, y b) Control entre los diferentes poderes y la democracia.

CONTRA LA LIBERTAD REPUBLICANA.

Este ideal sufrió su mayor ataque en el siglo XVIII por parte del filósofo Thomas Hobbes. Para él la libertad era cosa de no interferencia, más que de no dominación. Un hombre libre <<es quien no se ve impedido de algo que quiera hacer en aquellas cosas para las que le capacitan su vigor y su ingenio>> La libertad era definida como ausencia de coerción. Con esta definición llegaba a la conclusión de que todo derecho era restricción de libertades. Y con ello podía justificar una equiparación entre gobierno republicano y despótico, porque los dos tenían que dictar leyes que menoscababan la libertad de sus súbditos.

- Si aceptamos las premisas de Hobbes, y añadimos que en sociedad nuestras acciones, casi diría por necesidad, interfieren en las de los demás, tenemos que libre sólo puede ser aquel que domine a todos atemorizándoles de tal modo, ya sea por violencia directa o indirecta, que ninguno se atreva a cruzarse en su camino, o se aparte de él. Con esta concepción sólo puede ser libre el que es un lobo para los demás; el lobo más peligroso y despótico -
Hobbes sacó la libertad de las leyes, como dice Pettit:

Su objetivo último era la defensa del estado autoritario, y servía bien a sus propósitos el poder argüir que no había conjunto algo de leyes que estuviera particularmente asociado a la libertad (P. 60)

Para Hobbes y posteriores seguidores suyos seguidores suyos como John Lind -panfletista del Primer Ministro- la argumentación pasaba por demostrar que en un régimen republicano y en uno absolutista las personas iban a tener las mismas libertades, teniendo por el contrario el absolutista un mayor número de beneficios de otro tipo. Así las colonias americanas no podían quejarse de tener una libertad menor que la que disfrutaban los habitantes de Gran Bretaña.

Esta equiparación tuvo su contestación por parte de los republicanos de la época, aclarándole que el derecho de una república no es ni siquiera un mal menor que restrinja unas libertades para mantener otras, sino que está hecho para desarrollar y proteger libertades.

Contestó Harrington en su Oceanía:

 Para Harrington, la libertad en sentido propio es la libertad merced a las leyes, a las leyes -esa es la libertad en el sentido de la ciudadanía- mientras que la libertad respecto de las leyes tiene una relevancia menor. (P.61)

Harrignton: <<un imperio de leyes, no de hombres>>

Y Price:

<<no es… la mera posesión de la libertad lo que permite llamar libres a un ciudadano o a una comunidad, sino la seguridad de poseerla que dimana de un gobierno libre…, según se da éste cuando no existe ningún poder que pueda anular la libertad>> (P.62-63)

¿Por qué este choque? ¿Quién tiene razón? ¿El derecho promociona y protege libertades o las anula al imponer normas? La confrontación no viene de la concepción del derecho sino sobre lo que se aplica. Para unos, los republicanos, se aplica sobre una sociedad donde se pueden dar situaciones de dominación, donde hay personas que teniendo una idea de cómo llevar su vida, pueden verse sometidos a la arbitrariedad de los poderosos; para otros, como Hobbes y sus herederos, se aplica sobre una libertad natural que tienen todos los hombres y que en sociedad es restringida. Libertad natural, que para mí tienen que ver más con una mala metáfora zoológica -como esos documentales televisivos sobre animales, donde el narrador cuenta una melodramática historia de una familia de leopardos- que con una concepción sería del hombre y su nicho social.

Quizás contrarrestar las ideas de Hobbes de una forma efectiva sin caer en sus trampas, pase por negar la existencia de este libre y salvaje hombre natural preocupado con lo que el estado podía hacer con él, más que nada porque nunca existió en la historia de la humanidad. Este hombre en estado de naturaleza salvaje, siendo un lobo para otros hombres, nada tiene que hacer si se atiende por un momento a la aristotélica premisa de que el hombre es un animal político -y no una fiera devorada- por naturaleza.

Pettit continúa el capítulo defendiendo que en la historia del republicanismo la libertad no ha sido de carácter positivo como se podría desprender de aquellos que aceptan la distinción que explicábamos en la entrada anterior. Al contrario, su libertad aparece en la mayoría de las veces como una negación de la dominación y alcanza su estado afirmativo en el derecho, dictado para garantizar esa libertad.

Históricamente la libertad republicana tiene ya presencia en la libertas romana, que fundamentalmente era protección y seguridad de lo privado a través de garantías públicas. Era institucionalizar la seguridad. Más que la participación -demostrado por el hecho de que podían existir cívitas, ciudadanos de Roma, sin derecho a voto, pero igualmente entendidos como plenamente ciudadanos- lo importante era la protección de los ciudadanos a través de las instituciones.

Maquiavelo prosiguió esta tradición que entiende el deseo de libertad no como un deseo de dominar sino de no ser dominado:

[El pueblo] Una pequeña parte de ellos desea ser libre para mandar, pero todos los demás, que son incontables, desean la libertad para vivir en seguridad. Pues en todas las repúblicas cualquiera que sea su forma de organizarse, no pueden alcanzar las posiciones de autoridad sino a lo sumo cuarenta o cincuenta ciudadanos. (P. 4 8)

El hilo de esta libertad sigue con los inspiradores de la Revolución Norteamericana, los hombres de la Commonwealth y especialmente los autores de las Epístolas de Catón:

La libertad verdadera e imparcial es, pues, el derecho de todo hombre de seguir los dictados naturales, razonables y religiosos de su propio espíritu; de pensar lo que quiera, y de actuar según piense, siempre que no actúe en perjuicio de otro; a gastar el mismo su propio dinero, y a disponer a su modo del producto del producto de su trabajo; y a trabajar para su propio placer y su propio beneficio. (Trenchard y Gordon) (Pag. 49)

Vemos que en la tradición republicana prima la libertad cívica sobre la libertad política. Prevalece la libertad de los ciudadanos que no quieren verse sometidos al arbitrio de los poderosos, sobre la libertad de los que quieren acceder a la participación política. Libertad que sólo es ensalzada en la medida que la democracia es la mejor garantía de la libertad cívica.

Como dirá Joseph Priestly:

Cuanta más libertad política tiene un pueblo, tanto más asegurada está su libertad cívica.

Remarca Pettit:

El control democrático es ciertamente importante en esta tradición, pero su importancia le viene, no de su conexión definicional con la libertad, sino del hecho de que sea un medio de promover la libertad. (P.50)

Tras leer esto podemos entender que para nuestro autor la democracia es algo que encuentra su encaje en la arquitectura del sistema y no en el concepto de libertad. Que además se protege del populismo.

Pensar que la democracia es el mejor medio de tener libertad no implica caer en su forma viciada, el populismo, donde todo se reduce a la razón del pueblo -que como no, sólo puede salir de la boca del líder máximo- Esta confusión populista de lo que significa la democracia la vemos cuando al defender cambios progresivos y al aceptar la razón de estado en forma de derecho, puede verse tachado, por los que se creen los guardianes de la izquierda auténtica, de ser la derecha disfrazada. Así el populismo acusa de conservador a un republicanismo que cree que la mejor manera de mantener la libertad es tener un derecho que garantice la no-dominación.

Pettit siguiendo al historiador F.W. Maitland

Si la teoría convencional lleva a una democracia idealmente perfecta -a un estado en el que sólo lo que la mayoría quiere que sea ley, y nada más, se convierte en ley-, entonces lleva a una forma de gobierno, bajo la cual el ejercicio arbitrario del poder es del todo punto posible. (P.51)

 

[Siguiendo esto se entiende la aprobación del matrimonio entre homosexuales independientemente de si esto era voluntad de la gran mayoría o no, es un ejemplo de republicanismo que no cae en el populismo ni necesita de él.

En cambio, el multiculturalismo político encarnado en grupos de identidad como agentes políticos es una postura política completamente alejada del republicanismo. Ni permite el control democrático de la mayoría sobre las políticas que promuevan como grupos de presión, porque la identidad es intocable y sus hijos políticos más aun, ni permite salvar al individuo de la identidad del grupo -es decir de la que dicta el líder o el experto universitario- El multiculturalismo político pone la identidad por encima de la ley, o como mucho, a la ley al servicio de la diferencia y no de la libertad.

Por supuesto que esto no es rechazar el multiculturalismo social, que es una cosa completamente diferente, y que produce lo contrario que su hermano político: la heterogeneidad dentro de una misma sociedad. No es lo mismo una piedra donde los diferentes componentes nunca se mezclarán, teniendo cada uno su espacio -su poder- que una mezcla donde sus partes están entrelazadas inseparablemente y por tanto se deben unas a otras.]

 

AMO Y ESCLAVO

Este aspecto negativo, de rechazo a la sumisión, le viene al republicanismo de la dialéctica del amo y el esclavo.

Hay dos razones para pensar que la concepción de la libertad como no-dominación es la noción de libertad que se halla en la tradición republicana. La primera es que en la tradición republicana, a diferencia del punto de vista modernista, la libertad se presenta siempre en términos de oposición entre liber y servus , entre ciudadano y esclavo. La condición de libertad se ilustra con el estatus de alguien que, a diferencia del esclavo, no está sujeto al poder arbitrario de otro, esto es, de alguien que no está dominado por el poder arbitrario de ningún otro. Así, la condición de libertad queda ilustrada de modo tal, que puede haber pérdida de libertad sin que se dé interferencia real de tipo alguno: puede haber esclavización y dominación sin interferencia, como en el ejemplo del amo que no interfería. (P.52)

La persona libre era más que un servus sine domino, un esclavo sin amo que puede ser adquirido por cualquiera; el liber era, necesariamente, un civis o ciudadano, con todo lo que esto implicaba en punto a protección frente a interferencias. (P.52)

-Negrita mía. Por cierto, intenten entender la lucha obrera de los siglos XIX y XX, como una lucha por la libertad que evite plegar su vida a los deseos del patrón en vez de entenderlo como un ideal primordialmente igualitario-

El ciudadano es alguien que está protegido para no llegar a ser un esclavo -Está protegido de la arbitrariedad, mediante las leyes de la República-

Pero el lenguaje poralizado de la libertad y la servidumbre no llegará a expresarse cabalmente sino en los desarrollos republicanos ingleses y americanos del legado republicano. James Harrington (…) subraya el contraste cuando resalta la necesidad de que, para ser libre, una persona disponga de recursos materiales: << el hombre que no puede vivir por sí mismo tiene que ser un siervo; pero quien puede vivir por sí mismo, puede ser un hombre libre>>; la esencia de la libertad es no tener que soportar esa dependencia y esa vulnerabilidad. (Pag.53)

-Negrita mía. Por cierto, intenten entender la Ley de Dependencia a la luz de las negritas, como un ideal de libertad más que igualitario-

Algernon Sydney:

<<La libertad consiste exclusivamente en una independencia respecto de la voluntad de otro, y entendemos por esclavo a un hombre que no puede disponer de su persona ni de bienes, sino que lo disfruta todo según el arbitrio de su amo>> (P.53)

Autores de las Epístolas a Catón (Trenchard y Gordon):

Libertad es vivir de acuerdo con los propios criterios; esclavitud es limitarse a vivir a merced de otro; y una vida de esclavitud es, para quienes pueden soportarla, un estado continuo de incertidumbre y desdicha, a menudo una cárcel de violencia, a menudo un persistente pavor a una muerte violenta.(Pag.54)

Commonwealth:

Muchos hombres de la commonwealth de comienzos del siglo XVIII se sirvieron de la retórica de la libertad y la servidumbre para celebrar la emancipación respecto del absolutismo de los Estuardo y para denunciar las maquinaciones del gobierno en la política interior. No les importaba a los hombres de la Commonwealth que el gobierno criticad fuera Whig; el poder siempre era peligroso, el poder necesitaba vigilancia permanente (…) Pero a medida que avanzaba el siglo XVIII, una nueva causa solicitó la atención de los hombres de la Commonwealth: la causa de la colonias americanas, y en particular, las protestas contra los impuestos recaudados por un gobierno sobre el que las colonias no tenían control alguno. Claramente, había aquí gente que vivía a merced de una voluntad ajena y potencialmente arbitraria: la voluntad del parlamento británico. Aquí había, como no podían menos de verlo los devotos de la tradición, un pueblo encadenado a los grilletes de la esclavitud, un pueblo ilibre. (P.54)

Seguimos leyendo.

En la filosofía política la distinción berliniana entre libertad negativa y positiva se ha convertido en un dogma. Pettit ha encontrado alguno de sus puntos débiles por los que presentar otro tipo de libertad, la republicana.

Isaiah Berlin diferenció en su Dos Conceptos de la Libertad una libertad basada en la no interferencia de otra como autodominio. Dos ideas que se han ido perfilando entre los filósofos y los grupos políticos a lo largo de la historia.

La libertad negativa es aquella que

(…) Entraña la ausencia de interferencia, entendiendo interferencia por una intervención más o menos intencional de un tipo que muy bien podría ilustrar, no sólo la mera coerción física del secuestro o el encarcelamiento, sino también la coerción de la amenaza creíble (…) Yo soy libre negativamente (…) hasta el punto de que disfruto de una capacidad de elección sin impedimento ni coerción.(P.35)

Y la positiva:

(…) Requiere que los agentes tomen parte activa del control y el dominio de sí propios: el yo con el que ellos se identifican tiene que tomar a su cargo yoes menores a más parciales que acechan dentro de cada individuo. Yo soy positivamente libre en la medida en que consigo el <<autodominio, lo que sugiere un hombre dividido y contrapuesto a sí mismo>> (P.35)

El primer ideal lo considera Berlin como heredero de la libertad moderna, de los ilustrados. El segundo en cambio es el descendiente de la concepción de los antiguos y de los aficionados románticos a la contrailustración. Además la libertad positiva encierra un gran peligro:

(…) Se presta a ser interpretado de manera ominosa: como el ideal, pongamos por caso, de llegar a ser capaz -tal vez con el concurso de la disciplina estatal- de dominar a nuestro yo más bajo; como el ideal de transcender el yo dividido, atomístico, por asimilación al todo del espíritu nacional; o como el ideal de suprimir la voluntad descentralizada, individual, haciéndonos parte de una comunidad política autodeterminante que revela y realiza lo que está en el interés común. (P.36)

- Primer gran despiste de Berlin, saltar del la coherencia del yo y de un ideal virtuoso al totalitarismo. Y tal deslizamiento no es producto del propio ideal en sí, sino de que Se presta a ser interpretado, como si casi cualquier cosa no pudiese ser interpretada como una razón de su Verdad por parte del totalitarista-

Pettit propone una tercera alternativa con un enfoque republicano y la defiende tanto analíticamente - la validez del concepto- como históricamente -como la que se ha movilizado contra el poder arbitrario en la historia moderna y más concretamente en las Revoluciones Americana y Francesa-De momento -en esta entrada- nos ocuparemos del enfoque sistemático.

Entre los conceptos de libertad negativa y (auto)dominio queda mucho espacio. Ni siquiera uno es el opuesto del otro. Es más, si profundizáramos en la idea de dominio, veríamos que cercana puede estar esta a la de libertad negativa. Aunque esta relación Pettit la evita en el análisis conceptual y sí la recoge en el histórico.

Pettit propone una tercera alternativa con un enfoque republicano y la defiende tanto analíticamente - la validez del concepto- como históricamente -como la que ha movilizado contra el poder arbitrario en la historia moderna y más concretamente en las Revoluciones Americana y Francesa-De momento -en esta entrada- nos ocuparemos del enfoque sistemático.

Entre los conceptos de libertad negativa y (auto)dominio queda mucho espacio. Ni siquiera uno es el opuesto del otro. Es más, si profundizáramos en la idea de dominio, veríamos que cercana puede estar esta a la de libertad negativa. Aunque esta relación Pettit la evita en el análisis conceptual y sí la recoge en el histórico -hay quienes también la hacen conceptual-

Pettit muestra como la el republicanismo puede coincidir en la parte negativa de aquellos que defienden la libertad como no interferencia. Por eso puede dar la sensación de similitudes con el liberalismo en un primer análisis superficial. Pero no se prohíbe la intromisión, sino que se niega el dominio por parte de un tercero. La libertad como no dominación. Que a su vez se diferencia del ideal de autocontrol -que yo diría que es más bien un ideal ético, y ahí es donde se tiene que buscar esa libertad, en vez de desacreditarla políticamente- porque sólo garantiza la ausencia de dominio externo y no asegura el dominio de sí mismo.

Pero no sólo en la forma es posible este tipo de concepto de libertad, también materialmente se hace viable. Adquiere su carga, su sentido, en el desarrollo de la famosa dialéctica del amo y el esclavo -apunto que aunque esta sea famosa en Hegel, ya viene de Aristóteles-

La dominación, según la entiendo yo aquí, queda ejemplificada por la relación entre el amo y el esclavo o entre el amo y el siervo. Tal relación significa, en el límite, que la parte dominante puede interferir de manera arbitraria en las elecciones de la parte dominada, puede interferir, en particular, a partir de un interés o una opinión necesariamente compartidos por la persona afectada. La parte dominante puede interferir, pues, a su arbitrio y con impunidad, no tiene porque buscar la venia de nadie, ni nadie va hacer averiguaciones o le va a castigar. (P. 41)

Además esta dialéctica muestra como el ideal de no interferencia no agota el ideal negativo frente al poder que pueden ejercer los demás sobre nosotros:

Yo puedo estar dominado por otro -por poner un caso extremo: puedo ser esclavo de otro-, sin que haya interferencia en ninguna de mis elecciones. Podría ocurrir que mi amo tuviera una disposición afable y no-interfiriente. O podría simplemente ser que yo fuera lo bastante taimado, o servil, para salirme siempre con la mía y acabar haciendo lo que quiero. (P.41)

Añade Pettit que se puede interferir sin llegar a dominar, una persona podría ocuparse de mis asuntos de tal forma que vea favorecidos mis intereses y respetadas mis opiniones y que además sea vigilado por un tercero que cancele o castigue la desviación sobre mis intereses u opiniones en su intervención sobre mi vida. Intereses propios, opinión y vigilancia, tres ejes a recordar.

(…) Podemos tener dominación sin interferencia, e interferencia sin dominación. La primera posibilidad queda ejemplificada en el amo que no interfiere; la segunda, en quien interfiere sin ser amo. La dominación puede ocurrir sin interferencia, porque sólo requiere que alguien tenga capacidad para interferir arbitrariamente en mis asuntos; no es necesario que nadie lo haga realmente. La interferencia puede ocurrir sin dominación, porque la interferencia no implica el ejercicio de una capacidad para interferir arbitrariamente, sólo el ejercicio de una capacidad o habilidad mucho más restringida.(P.42)

Interferir sin dominar, por lo tanto es, ejercer una capacidad en la ejecución de decisiones de un tercero de una forma restringida bajo su propio control u otro externo.

Pettit busca con su ideal que la no dominación sea algo seguro no eventual - Pettit habla en términos de mundos posibles, de contingencia y de necesidad, no estaría mal ver algún día una lógica modal con los teoremas del republicanismo- Que no sea el producto del buen ánimo de quien si quisiera podría dominarnos pero que decide no hacerlo por nuestra buena predisposición hacia ellos o por el motivo que sea. Esto se consigue evitando que ningún individuo tenga poder para dominar a otro.

Pettit agota su análisis conceptual con las condiciones necesarias y suficientes para que algo pueda concebirse como un ideal de libertad. La primera, la condición negativa, es decir, la necesaria, dice que si un individuo en sus acciones puede ser interferido arbitrarimente si otro así lo quisiese, entonces no sería libre, y por tanto la libertad como no-dominación, al proteger contra este caso cumple con la condición necesaria de salvar una situación de falta de libertad. La suficiente -y esta Pettit se la dedica a los liberales, porque otras concepciones no tendrían que aceptar que supere esta clausula- dice que el mundo está lleno de interferencias naturales o no elegidas. Uno es libre a pesar de que no pueda hacer nada contra las leyes de la naturaleza o esté condicionado por su herencia. Si se acepta que la obstrucción no intencional deja espacio suficiente a la libertad, entonces es plausible admitir que hay espacio para libertad con la interferencia de un tercero siempre que no sea arbitraria -parece que una acción externa que tenga en cuenta nuestros intereses u opiniones no llega a ser ni la mínima parte de invasiva para nuestra libertad que lo podría ser el sufrir una incapacidad o algún hecho natural del mundo-

Tema muy amplio, vertiginosamente amplio el de tu entrada sobre Izquierda y España. Espero muchas entradas tuyas sobre cada uno de los asuntos centrales del federalismo.

La primera vez tuve una idea clara sobre el asunto fue leyendo a un señor que retrataba agudamente el mismo ejemplo que pones, el norteamericano. Me refiero a Tocqueville y La Democracia en América. Ser federalista o centralista no eran posturas digamos ideológicas, sino casi casi ingenieriles. Ser federalista tenía que ver con un balanceo de poder que permitiese el movimiento interno y el control. Control tanto desde la periferia como desde el centro, porque ser federalista no es ser separatista, ni poner la diferencia por encima de lo común, sino aceptar y diseñar el cauce tanto de las fuerzas centrífugas como de las centrípetas en la arquitectura del estado. De ahí el activismo cívico norteamericano y el poder centralizador de sus jueces, por citar algunos de sus elementos más llamativos. La verdad es que a Tocqueville le dedicaré algún post.

Este balanceo me parece esencial, porque siendo más o menos correcto pensar que la cercanía a los problemas es la única forma de superarlos, la cosa tiene sus matices. Alguna vez te he oído hablar del gobierno multinivel. En eso tiene que estar el federalismo y el municipalismo, en resolver, o crear, lo que está a su alcance representativo. Pero, si se me permite poner el contrapunto, no todo está al alcance de sus ojos. Una comunidad o un municipio puede verse envuelto en asuntos que afectan a intereses que sobrepasan los de sus electores, ya sea por la movilidad de estos mismos, porque de sus acciones se derivarán subproductos al resto, o porque la supervivencia del cargo político de turno no esté en juego en temas que sí gestiona o que puede ralentizar sólo por fastidiar, etc. Estoy pensando por ejemplo en las políticas del medio ambiente, en las energéticas, en las de infraestructuras o incluso en las educativas.

Creo en el aumento de democracia que supone el federalismo, pero también creo ser consciente de que todo perfeccionamiento de un sistema democrático lo hace todo más frágil y necesitado de mayor esfuerzo y calidad por parte de sus políticos pero sobretodo de sus ciudadanos.

Se necesitan políticos capaces de no ser fieles lacayos del todos a una de las políticas partidistas lanzadas a las comunidades propias en una estrategia de desgaste con el gobierno central, pero también de políticos capaces de no ser administradores de lo inmediato y lo propio, que sepan que están inmersos en un estado y que del beneficio de la comunidad vecina, mañana vendrá el suyo, o que no entiendan que su labor principal es hacer oposición día y noche a un gobierno de nivel superior, aunque sea más televisivo.

Se necesitan ciudadanos informados, que sepan que hay en juego en cada esfera. Que conozcan para qué sirve un concejal, un alcalde, un diputado regional, un presidente y un parlamento de España. ¡Y por tanto se necesitan políticos a todos estos niveles que expliquen muy bien su tarea, sus propósitos y cuál es su alcance! No le voy a quitar responsabilidad al ciudadano, a veces tan mimados por lo políticamente correcto -aunque la condescencendia es propio del paternalismo y este en política es uno de los mayores desprecios por las personas comunes-, pero el político que se embarca en aventuras descentralizadoras no debería esperar que el tiempo le dé algún día lejano la razón, sino que tiene que ponerse a explicar lo que hace y a generar una cultura de la descentralización, que no pase por la particularidad cultural (¡) que las más de las veces parece que es el único medio que se les ocurre, sino por el desarrollo de la democracia y la participación.

Por cierto, que bien le vinieron las políticas europeas de cohesión a todas las ciudades españolas. Balanceo!!!!! que gran palabra, que sublime idea para el control, la libertad y la justicia. Europa y Ciudad, que gran lema para futuros debates.

Hay una izquierda que cree en la libertad como el valor fundamental de su concepción política que a su vez no está dispuesta a mirar a otro cuando se producen injusticias, y que mucho menos mostrará indiferencia ante tales agravios escudándose en la libertad formal, como sí hace el liberalismo de derechas. Posiblemente sea la misma izquierda que entendiendo que la legitimidad viene de eso llamado pueblo, no está dispuesta a legitimar proyectos donde en nombre de la mayoría se ejerza la dictadura, donde se anulen los mecanismos de representación y control de poderes o se interrumpan derechos individuales en vistas a un futuro mejor -utópico-.

Esa izquierda que tiene que ir a caballo entre las posturas liberales y ciertos posicionamientos sociales de denuncia, tiene en el republicanismo de Pettit una oportunidad de estabilidad teórica. Con él abraza la libertad desde un principio, pero no como la no-intervención en los asuntos de las personas, sino como no dominación. Es decir, admitiendo que a veces tiene que intervenir para corregir situaciones de sometimiento, pero sabiendo que esa acción positiva no puede ser arbitraria, sino que tiene que responder a un principio general. A su vez no tiene porque rechazar la idea de estado ni supeditarla a la del pueblo, porque encuentra en el estado el dispositivo necesario para que las mayorías no tiranicen a las minorías o para que haya espacios para el control público y la libre expresión -Una nota, bajo estos supuestos, el republicanismo no aceptaría postulados populistas como los que algunas veces efectúan algunos miembros de la izquierda alternativa, poniendo en cuestión toda la arquitectura estatal. Lo digo porque no tiene sentido negar la idea de estado y a la vez enarbolar la bandera de la II República-

 

Contra el liberalismo:

La tradición republicana -eso trato de argüir- comparte con el liberalismo el presupuesto de que es posible organizar un estado y una sociedad civil viables sobre las bases que trascienden a divisiones de tipo religioso y afines. En esa medida, muchos liberales harán suya la tradición republicana. Pero en las dos últimas centurias de su desarrollo, el liberalismo ha venido siendo asociado, en la mayoría de sus variantes más influyentes, con la concepción negativa de la libertad como ausencia de interferencia y con el presupuesto de que no hay nada inherentemente opresivo en el hecho de que algunos tengan poder de dominación sobre otros, siempre que no se ejerzan ese poder ni sea probable que lleguen a ejercerlo. Esta relativa indiferencia al poder o a la dominación ha vuelto al liberalismo tolerante respecto de otras muchas relaciones -en el hogar, en el puesto de trabajo, en el electorado y en otros sitios- que el republicano está obligado a denunciar como paradigmas de dominación e ilibertad. Lo que ha venido a significar que, si muchos liberales se preocupan de la pobreza, de la ignorancia, de la inseguridad, etc., lo hacen, por lo común, movidos por compromisos independientes de su compromiso con la libertad como no interferencia (por un compromiso con la satisfacción de las necesidades básicas, o con la realización de una cierta igualdad entre la gente, pongamos por caso) (p.26)

La no-interferencia se puede volver en legitimación de injusticias, y por tanto de una situación de dominación, que necesitan de una acción positiva para su corrección. En España tenemos un ejemplo con la ley de Igualdad, donde la oposición se hace bajo pretendidos supuestos liberales -que no son más que un disfraz de un programa conservador- Otro ejemplo del absurdo a donde puede llevar la libertad como no interferencia nos los ofreció nuestro Ex Presidente del Gobierno José María Aznar, cuando reclamaba poder conducir libremente por las carreteras, sin el control del estado, aunque fuese bajo los efectos del alcohol. Si bien, repito, el liberalismo en los dirigentes de la derecha de nuestro país no es auténtico, es una cortina de humo de otro tipo de programa neoconservador cercano a lo que hay en EEUU ahora gobernando, porque sino ya se cuidarían de no estirar sus valores hasta el límite de la ruptura y el ridículo.

 

Contra el populismo:

De acuerdo con esos enfoques [los populistas], el pueblo, colectivamente representado, es el amo, y el estado, el siervo, con lo que se viene a sugerir que el pueblo debería delegar en los representantes y en los funcionarios estatales sólo cuando fuera estrictamente necesario: la democracia directa o asamblearia, o plebiscitaria, resultaría la opción sistemáticamente preferida. La tradición republicana, en cambio, ve al pueblo como fideicomitente, tanto individual como colectivamente, y ve el estado como fiduciario: en particular, entiende que el pueblo confía al estado la tarea de administrar un poder no-arbitrario. De acuerdo con esto, la democracia directa puede a menudo convertirse en una cosa muy mala, en la tiranía de la mayoría. (p. 26)

Para el republicanismo ni el pueblo está por encima del estado, ni el estado puede ser arbitrario con el pueblo. Esto exprimido un poco más tiene mucho sentido si entendemos pueblo como una masa de individuos y estado como una ciudadanía organizada. El control de las injusticias será más eficaz en un medio inteligente, como es el estado, y será nulo allí donde no hay articulación y si marejadas compulsivas, como entre las masas.

Además recordemos que los gobiernos populistas tienden a intervenir arbitrariamente muchas veces buscando la defensa de sus intereses, arguyendo su actuación en nombre del bien del pueblo, cuando en verdad, tras las actuaciones de este tipo, las situaciones de dominación que sufren las clases más populares no remiten ni lo más mínimo. Sin embargo el republicanismo sí que atiende a las intuiciones que lleva a muchos a abrazar el populismo, que son hacer que la gente corriente pueda ejercer un control del gobierno y que vean a través de ello sus intereses recogidos en los planes del estado. Además, si algo potencia el republicanismo es que la sociedad civil se vuelva activista y no renuncie nunca al control del poder, porque de ese control depende su libertad. Siendo esta una dialéctica perpetúa entre la persona libre y el poder.

Pettit presenta entre las labores del filósofo político la de ordenar aquello que está inmerso en las corrientes de la opinión pública, de tal forma que ayude a identificar las ideas para poder controlarlas y evitar que sean ellas las que nos dominen a nosotros como una marea imprevisible. Me gusta esta semejanza entre la labor analítica del pensador y la del activista. A veces siento cierto desencanto con los supuestos intelectuales universitarios que se distancian de cualquier postura política intentado dar a entender que ellos están limpios de cualquier interés más allá del teórico ¿Se imaginan a algún analista financiero saliéndose de su banco, empresa o de su institución pública para dar con ello mayor valor a sus afirmaciones? Nos daría un poco la risa.

Quien desarrolla el pensamiento político y a su vez participa activamente como ciudadano y miembro de un partido, organización o colectivo, no sólo no le quita valor a sus ideas sino que se lo añade, incorporando elementos como el compromiso y la honestidad intelectual. Presuponiendo la razonabilidad y la capacidad crítica, ningún teórico pondría en juego la actividad de su organización, su sociedad y su propio tiempo y fuerzas, si dubitara ante sus ideas sabiendo que en verdad son ocurrencias impracticables, es más, de que se las creyera se debería seguir que intentará aplicarlas personalmente y no esperará a que lo hicieran otros algún día lejano. Sin embargo alguien que sea consciente de la ficción de sus ideas, como un escritor de comics medianamente cuerdo, no se pondrá a construir una sociedad futurista para sus hijos y amigos, o un novelista no diseñará una trama delictiva en la realidad, porque saben que el valor de su obra no está en la reproducción real.

Además, aunar la creación de teorías con el activismo es darle un aspecto realista a lo desarrollado por el pensador -lo que plantea que el realismo político no es hacer quimeras intelectuales calculando intereses de supuestos agentes políticos para luego hacer conclusiones teóricas, sin que es diseñar propuestas que uno mismo o las organizaciones a las que pertenece podría llevar a cabo-

Pero antes de ordenar hay que analizar esas corrientes:

Pettit identifica detrás de las decisiones políticas -las que se estabilizan institucionalmente- tres factores: los intereses, la visión sobre los asuntos concretos y las ideas normativas -me imagino, por poner un caso imaginado de los tres elementos, a un secretario ministerial que quiere ascender a ministro en el mejor de los casos, o en el peor de ellos, mantenerse en el puesto, que tiene que resolver la creación de una oficina, por ejemplo de inmigración y tiene que diseñarla de tal forma que sirva a la expansión de valores como la libertad y la igualdad-Él tercer factor sería para nuestro autor, el que da movimiento a la marea comunicativa, es el que permite encontrar apoyos y legitimarse en los debates sobre los programas y puestos de mando.

Yo iría un poco más lejos con este elemento. Creo que los valores son la madre del cordero en política, ellos subsumen los intereses y la forma de abordar los casos particulares de toma de decisión. Diciéndolo popperianamente, no hay interés ni problema concretos que exista independientemente de las ideas normativas, igual que no existen los datos científicos sin las teorías que los explican. Otra cosa es que las ideas normativas defendidas por un político al expresarse públicamente sean diferentes de las ideas que mueven sus intereses particulares y su forma de trabajar, lo que no significa que realicen cosas independientemente de sus ideales, sino que los tienen contradictorios y en la medida de que se presentan a los ciudadanos con sólo uno de ellos, serán hasta hipócritas, pero nunca exentos de ideas generales -pienso, por ejemplo, en un liberalote de los que ponen los privado y sólo ello como referente político y moral, como aquello que mantiene la capacidad de esfuerzo y reconoce la excelencia, pero que luego van y montan sus empresas a costa de subvenciones publicas dadas por sus amigos en puestos políticos, demostrando que lo único que les importa es enriquecerse a costa de los demás; o se me vienen a la cabeza esos otros defensores de las dictaduras comunistas que excusan cualquier cosa por culpa de la opresión capitalista, sin quitarse su polo de marca ni renunciando a sus lujos occidentales; o de algunos supuestos socialistas donde eso del poder es más importante que lo que puede hacer con él; o un conservador amante de la tradición eclesiástica de nuestro país que no tenga reparos en divorciarse unas cuantas veces. Por ser equitativo sin ser justo, y repartir entre todos-

Bien, pues Pettit identifica cuatro corrientes principales de valores-yo preferiría llamarlas canales, pero ¿Quién soy yo?- La económica, la de los derechos, la del bienestar y la igualdad y la de la democracia. Además apunta que todas ellas están transitadas por la idea de libertad, y que cuando toca una justificación, todas acuden a ella.

(…) El lenguaje de la teoría económica nos conduce al libre mercado y la libertad para hacer los contratos que queremos con cualquiera; el lenguaje de los derechos gira en torno a los derechos de libertad de pensamiento, de expresión, de movimiento, etc; el lenguajes del bienestar y de la equidad y de la igualdad, o de la pobreza y la explotación y la subordinación, pretenden articular los requisitos necesarios para disfrutar de la libertad, o para hacerla efectiva. Y el lenguaje de la legitimación democrática insiste sin desmayo en la legitimidad de lo libremente decidido por el pueblo, así como el modo en que las personas individuales participan de esa libertad colectiva (p. 23-24)

Vemos que para Pettit la libertad es un motor que mueve todos esos lenguajes y por tanto el motivo por el cual montar todo el andamiaje gubernamental, legal, institucional, constitucional y cívico de un estado.

 

PS: Aplicando esa mezcla de teórico/activista deberíamos coger estas ideas para planificar un poco más nuestras acciones políticas. Dados los diferentes canales que recorren la opinión pública, y más después de identificarlos teóricamente, deberíamos entrar en ellos de una forma consciente y clarificadora.

La derecha ya hace tiempo que conoce el valor de su agitación -¿Cuánto de esto se deberá al pasado comunista de algunos de los neocons de hoy en día?- siendo su estilo el generar ruido y supuestas contradicciones en las posturas socialistas mezclando en el debate unos canales con otros. Reducen la libertad al ámbito económico, deslegitiman la libertad en materia de derechos e igualdad, intentando hacer chocar estas vías con la libertad democrática u económica, sometiendo el debate a un estrés y un ruido que hace que posturas que necesitan de una cierta explicación racional y pausada no puedan ser seguidas por el gran público.

El activismo de corte progresista tiene que ver con poner orden en este debate de una forma consciente, y para ello se tiene que tener un gran número de ciudadanos formados entre la ciudadanía dispuestos a encauzar la opinión pública.

Como decíamos ayer…

Una buena introducción se puede ganar un lector o perderlo para siempre. Dicen que las buenas novelas tienen en su primera página comprimido lo que luego se desplegará lleno de matices. De los ensayos podemos pensar igual. Ellos también necesitan de cierta tensión dramática que enganche, y como bien dice Pettit la filosofía política se alimenta de una estructura que también es narrativa: primero un agravio y luego el ideal que lo corrige o elimina.

Aquí el agravio es la dominación –o la subordinación arbitraria- a la que se ven sometidas las personas en el estado contemporáneo. El ideal que lo soluciona es la libertad como no dominación, núcleo de la tradición republicana.

Aunque Pettit no pretende ser un historiador de las ideas, y se previene de ellos, si que le da un toque histórico a su propuesta. El habla de una tradición. De momento y sin aventurarme demasiado –aunque imposible no hacerlo del todo al comentar un libro que se empieza a leer- creo que esto es producto de una de las virtudes teóricas del libro: no justifica desde sí mismo el valor que aguantará todo el sistema: la libertad. Coge la libertad como el valor de mayor intensidad histórica en occidente y como aquel que recorre todas las discusiones políticas, y no como una entelequia que tanto placer causan a muchos filósofos. La libertad viene de una lucha por escapar de la dominación y el poder arbitrario, nace de una pelea real recogida en personajes históricos; la libertad está en el tiempo y nace de un impulso individual de rechazo de la subordinación a los grandes poderes y su capacidad para imponerse arbitrariamente.

Esto es lo que más me ha atraído de la introducción, parece que se apunta a un sistema teórico lo suficientemente potente y articulado como para dar respuesta a los problemas e impulsar metas en los gobiernos e instituciones pero sin convertirse en un castillo en el aire –lo que haría imposible su implementación-

Prieto posiblemente sea uno de esos personajes históricos que Philip Pettit incluiría en la tradición republicana. La intersección entre la defensa de un estado fuerte y cohesionado, su representatividad democrática, su control, la libertad como fundamento de la acción política y la lucha contra las injusticias, harían de él un referente de esta tradición política.

Prieto se posicionaba como un socialista que para serlo debía asumir el liberalismo. No se podía ser socialista sin ser liberal. No se podían llevar a cabo políticas socialistas si se abandonaba la perspectiva de la libertad, o mejor, el horizonte último que animaba cualquier acción debía ser la consecución de la libertad.

Después de leer la introducción del Republicanismo de Pettit -en un buen libro no hay cosas importantes que no estén apuntadas ya en su introducción- creo haber encontrado una buena definición que nos permite escapar de una falsa disputa o semejanza con el liberalismo de derechas, a los que nos gusta posicionarnos rawlsianamente como liberales de izquierdas.

La defensa de la acción positiva por parte del estado, que no arbitraria, escapa a las situaciones de dominación derivadas de una libertad entendida como el dejar a su aire a esos atómicos individuos conectados entre sí ciegamente por intereses particulares y egoístas, dejando paso a una libertad consciente de que entre los ciudadanos que componen una sociedad se pueden llegar a dar relaciones de dominación y que tal situación se tiene que corregir constantemente. La libertad se conseguiría sacando a las personas de esas relaciones y eso necesita de un estado que tome parte sin ser arbitrario.

Ser socialista a fuer de liberal posiblemente tenga en Pettit una traducción filosófica potente, que aporte eso que algunos llevamos buscando desde hace algún tiempo, un nuevo discurso que exprese todas nuestras intuiciones políticas sin que parezca que unas veces estamos más a la izquierda, otras más en el centro, unas veces más cerca de los empresarios y las grandes cifras económicas, otras más cerca de los sindicatos, algunas veces defendiendo la inmigración como algo beneficioso económicamente, otras dando un paso atrás en nombre de la cohesión y de los derechos de los que aquí están ya, etc.

Por eso voy a traer mi lectura veraniega de el Republicanismo a este blog, buscando en cada apartado el discurso o las señales de eso que hace falta definir de una vez, que es el compromiso entre un estado fuerte, las políticas sociales, la economía y la nueva sociedad del conocimiento.