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Artículo del economista E. Campos.
Hace unos dias visitó España el gobernador del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, y manifestó, una vez más, las opiniones ya hechas pública y reiteradamente por su homólogo en España, el gobernador del Banco de España Miguel Ángel Fernández Ordóñez, sobre el estado del mercado laboral español, y sus soluciones claro está, que solo pasan por una “flexibilización” del mercado laboral, seudónimo de abaratamiento del trabajo y del despido.
España es, dentro de la Unión Europea, el país donde más ha crecido el desempleo en este año y medio, hemos pasado en menos de un año de poco más del 11% a más del 18% y subiendo, tasa que dobla la media de la Unión, y cuya subida sólo es comparable a la de Irlanda y a la de los países del este de Europa, sin embargo, en países como Alemania, Holanda, Dinamarca, Suecia, Bélgica, la tasa de paro no está en estas cifras ni en esos ritmos de crecimiento (http://epp.eurostat.ec.europa.eu/tgm/table.do?tab=table&init=1&plugin=1&language=en&pcode=teilm020).
Y a estas alturas, cualquier persona con sentido común se preguntará, ¿porqué se quiere flexibilizar (abaratar) el despido en un país en el que se está despidiendo a gente al mayor ritmo de la Unión Europea? ¿Qué se persigue con el intento de abaratar despidos, que sean más fáciles porque se está despidiendo a poca gente y las empresas no se pueden reajustar? ¿Por qué no nos cuentan las medidas que se están tomando en otros países en donde no crece el desempleo, y que es lo que nos diferencia de estos para tener una tasa de desempleo que en algunos casos triplicamos? ¿Por qué España no es capaz de retener el empleo que genera en las épocas de bonanza?
Todas estas preguntas son las que se hacen todas las personas que se paran a reflexionar sobre las “recomendaciones” de Jean-Claude Trichet, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, la OCDE, etc. que hacen bueno aquello de “pescar en río revuelto”. Se dice que el mercado laboral español es poco flexible, ¿Qué quiere decir poco flexible? En pocas palabras, y en el diccionario de neoliberales con fe ciega en el mercado, que el trabajador salga barato cuando trabaja, sea fácil de trasladar en el espacio-tiempo, es decir pueda echar horas no retribuidas y que se le pueda destinar en cualquier punto geográfico y que sea barato a la hora de rescindir de sus servicios, claro está. Pero yo me pregunto, si en un país donde se tiene la mayor tasa de temporalidad de Europa, y donde más se despide, ¿Qué pasaría si introducimos elementos de mas precariedad en la contratación y más libertad en los despidos? ¿A quién beneficiarían esos cambios? Creo que a quienes están yendo al paro no, y tampoco creo que con estas recomendaciones se persiga un mejor puesto de trabajo y una mayor estabilidad en este.
Se quiere perseguir el modelo norteamericano, en el que dicen, el mercado laboral es superflexible, y que sólo existe una tasa de paro friccional (o existía, ya está cerca del 10% la tasa de paro en EEUU) es decir, sólo aparecen en situación de desempleo en las estadísticas aquellos que se acaban de quedar en situación de desempleo y que están buscando trabajo que en breve encuentran. Me parece bien y en cierto modo es normal, que se quiera perseguir ese modelo por parte del sector empresarial, ya que en este modelo el trabajador tiene poco que decir. En ese modelo no existe la protección social, y los trabajadores no tienen alternativa a la hora de tener que aceptar un puesto de trabajo precario o alejado de su familia. Siempre nos han contado que eso es el modelo a copiar, que nos evitaría las altas tasas de paro, porque las empresas contratarían mucho más así. Pero, ¿Qué pasará ahora con los millones de parados de EEUU que forman parte de ese 10% de tasa de paro, y que parece no disminuir? ¿Y si el mercado no es capaz de absorber ese excedente de trabajadores? ¿Y si nos quedamos en un equilibrio con subempleo como pasó en los años 30? Como ya se demostró en los años treinta por Keynes, y antes de él en el norte de Europa por la escuela sueca, el mercado puede estancarse en un equilibrio con desempleo y no tender ni alcanzar un equilibrio con pleno empleo. ¿Qué pasará entonces con los defensores del ajuste automático? ¿Y con sus víctimas? Un sistema aplicado en un país que tiene dimensiones de continente y con un sistema productivo muy distinto al de España no tiene que ser el modelo en el que mirarnos.
El mercado no crea su propia demanda por mucho que lo repitan los liberales del mercado, esa premisa no se hace cierta, un trabajador de la construcción que pierde su empleo no se convierte de repente en un programador que necesita una empresa de software, o viceversa. En el camino que lleva del paro a la recolocación se necesita una política pública activa y de protección del desempleado en lo que dure ese camino.
Sería bueno que nos contaran que es lo que hace que Alemania, por ejemplo, no cree desempleo. En un artículo en el diario El Pais http://www.elpais.com/articulo/economia/Alemania/crea/paro/elpepieco/20090618elpepieco_9/Tes, se repasaban algunas de las medidas que se siguen en este estado para seguir empleando a gente sin tener que mandarla al desempleo, ese, a mi entender es el camino a seguir, no el del abaratamiento del despido, o de la merma de derechos y estabilidad de los que están empleados. Medidas teniendo en cuenta un modelo productivo a largo plazo, no a corto, y con medidas activas de empleo, como formación a desempleados y un verdadero papel de colocación a la agencia de desempleo estatal (el INEM en nuestro caso)
Así en España, tenemos que tener en cuenta que un muy alto porcentaje del desempleo creado viene de un sector muy concreto, como es la construcción, y los posibles sectores que tengan relación con él, al igual que el gran crecimiento del empleo en la época de bonanza fue gracias a este mismo sector. Pero que es un sector muy procíclico, crea mucho empleo cuando las cosas van bien, pero lo destruye muy rápido en cuanto las cosas van mal.
Un sector, que responde a las características de los que llaman a la flexibilidad del mercado laboral como la solución a todos los males del desempleo, es decir, en el sector de la construcción es muy fácil contratar, es flexible en cuanto al espacio, mueve obreros por toda la geografía según donde esté la obra donde se necesiten, es muy flexible en el despido gracias a ese gran invento llamado contrato por obra y servicio… entonces los que hablan de que el gran error del mercado laboral español es que es poco flexible, ¿se refieren a que todos los sectores se deben parecer al de la construcción? Porque el sector de la construcción es el sector flexible por definición.
Asique los que quieren, en teoría, arreglar el desempleo, lo quieren hacer igualando los distintos sectores productivo de la economía al sector que más problemas está dando y mas parados produce… es por lo menos curioso. Y hace pensar en que no sea lo que he dicho antes, intentar aplicar el dicho popular de “a río revuelto, ganancia de pescadores” o del sector empresarial en este caso. Solo hay que dar gracias a que en el Gobierno no haya al frente muchos de los que llevan la bandera del liberalismo entendido como ausencia de intervención en el mercado, y si se interviene sea solo por un lado, y que sigan aguantando mientras puedan quien defienda la intervención de lo público para paliar las consecuencias de la crisis.
Políticas activas de empleo; otorgando al INEM recursos financieros, materiales y humanos necesarios para convertirse en lo que tiene que ser, que es una agencia de colocación y reciclaje de trabajadores; políticas fiscales que incentiven una contratación estable y desincentiven la contratación temporal y de poca calidad; y una posible flexibilización para un ajuste vía precio y no vía cantidad en el empleo, es decir posibilidad que ante periodos de crisis se puedan negociar reducciones de jornadas, por ejemplo, y dejar de pensar a corto plazo y en el “pelotazo” para empezar a pensar en un modelo productivo a largo plazo. Aprendamos de quien lo esté haciendo bien y no imitemos formulas que no se pueden ni se deben imitar.
PS: El artículo está publicado originalmente en El Giro de Torrejón
Hace unos días el señor A. G. B. -y no es que sea candidato al CNI- nos pasaba un interesante enlace, sobre un vídeo inédito encontrado en la casa de un alcalde de un pueblo de Córdoba durante II República.
Hoy he visto el vídeo en mi ruta habitual y silenciosa por los blogs de izquierdas, en lakomarka con una buena entrada.
El nacimiento de una democracia, la emancipación de las mujeres, el municipalismo empezando por Madrid, etc. Recogidos en imágenes. Todo eso se se empezó a tener y todo eso se perdió. Ya saben que la lucha es perenne.
Nosotros nos quedamos además con dos momentos de Prieto, el discurso en el entirro de Pablo Iglesias y la entrega de la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid, a través de su alcalde.
Pedro Rico: Infraestructura, vivienda, empleo, centros escolares.
Dando un repaso por los blogs de los políticos, podemos ver que Leire Pajín ha contestado desde su espacio a la rumorología electrónica puesta al servicio del difama que algo queda, tan del gusto electoral de cierto sector de la política española. Diciendo lo que gana como secretaria de organización y lo que le corresponde en concepto de compensación por haber sido secretaria de estado y tener que someterse a las normas sobre incompatibilidades de dirección en las empresas privadas. No es la primera que lo hace, pero sí que es un ejemplo para la inmensa mayoría de los políticos de España. Y abre un necesario debate sobre la transparencia que parece que va a seguir estos días con el tema de las incompatibilidades de los diputados, con la trama de imputados del PP y con el ruido que trata de lanzar la prensa afín al PP.
UN DEBATE ESCASO EN ESPAÑA
No sé si es porque somos españoles o mediterráneos con toda su historia católica tan distinta del resto de los europeos con su espíritu del capitalismo, o porque a nuestra cultura le falta aún mucha filosofía sobre el dinero, el trabajo, la empresa y las responsabilidades públicas. Pero está claro que nos hace falta un fuerte debate público sobre estos temas para cambiar ciertas ideas.
El espíritu de la riqueza y la culpa.
¿Hay que sentirse culpable por ganar dinero y más si uno es de izquierdas?
Generalizando, España que tiene mucho pasado de curas, inquisiciones políticas y caballeros hidalgos y menos de empresarios, burgueses y profesionales, y esto ha hecho que tengamos un fuerte rechazo a la idea de enriquecimiento. Pensamos que quien tiene dinero es sencillamente porque lo ha robado legal –bajo pseudoleyes progresistas- o ilegalmente. Y no nos dé por pensar que se lo han robado a quienes no han tenido oportunidad para ganarlo, sino que la tendencia es a asignar las bienes a los que antes poseían todo por la gracia de Dios o de la herencia. Idea -latente en gran parte de derecha más rancia de este país y que infecta en otros grandes espectros- que sólo tolera que quienes tienen sean los que siempre han tenido. Mientras que a los demás sólo les cabe la culpa, porque además el sistema no permite tener ganancias con juego limpio y justicia, al menos el sistema que ellos se esfuerzan en imponer para cerrar su círculo.
Mientras que por un lado defienden un derecho atávico de exclusivo enriquecimiento y casi casi de pernada, por otro lado se dedican a difundir el espíritu de la culpa entre todos aquellos que pretendan vivir bien con su dinero, utilizando la religión, el espíritu de culpa con la pobreza de los demás, etc.
Y en parte funciona, porque nuestra herencia católica es dura hasta para las peores cosas. Tan es así que seguimos dando más valor al sentimiento de culpa –del arrepentido reincidente- que al de la responsabilidad. Siempre preferimos al que se arrepiente y confiesa públicamente entre sollozos, que al que se equivoca, calla con su orgullo herido y se esfuerza en mejorar para que nadie pueda volver a tener la posibilidad de llamarle la atención. Así somos.
Pero ya es hora de que abandonemos esa trampa de la culpabilidad y de esa falsa moral sólo aplicable a los demás. Y más cuando nos lo intentan infundir los más irresponsables y los que menos han hecho por ganar lo que tienen.
Noción del trabajo y la recompensa.
A cierta izquierda reaccionaria –política y sindical- le interesa confundir la idea de enriquecimiento con la idea de explotación. Hace sospechosa a cualquier persona que gane más que el sueldo de un trabajador medio. Ya sea porque se esfuerza y colabora con los explotadores, ya sea porque es ella misma un potencial explotador.
A parte del sector empresarial le parece que está en guerra con el trabajador. Que lo suyo no es una colaboración, sino un choque de fuerzas y un regateo permanente siempre buscando el menor sueldo posible.
A parte de la clase trabajadora le parece que a ellos les compran –se dejan comprar a veces y otras no les queda más remedio- por tiempo y no por trabajo hecho. Y que ya que es eso, encima no van a contribuir a quienes les fuerzan a trabajar. De ahí que seamos menos productivos que la mayoría de países ricos del planeta.
Y con estas ideas, los trabajadores están mal pagados -aunque sean de los serios y profesionales- comparados con cualquier país de occidente, entendemos que los negocios son cosa de explotar, que la competencia es exclusivamente ganar unos y perder otros, que lo de producir no va con nosotros, etc. Así, tenemos la crisis que tenemos y la especulación tipical spanish, ganada a pulso entre todos.
Algún día entenderemos que las empresas son esenciales para el buen desarrollo de un estado, que una sociedad necesita reconocer el trabajo de los profesionales, que defender el poder adquisitivo de todos no pasa por demonizar el dinero, y que el trabajo y los negocios son gano yo y ganas tú y no una guerra.
No hay que criticar los sueldos, sino él no ganárselos.
¿Tenemos que confundir él trabajo bien pagado con enriquecerse sin aportar nada a la sociedad?
A cierta derecha reaccionaria –política y empresarial- le interesa confundir la idea de enriquecimiento por cualquier medio con la idea de que ganar dinero es bueno. Pero son dos cosas distintas. Uno puede pensar que ganar dinero no está nada mal y sin embargo puede tener una idea clara de cómo es justo ganarlo y cómo no.
Uno puede tener la idea –nada utópica- de que un objetivo como progresistas es conseguir que el dinero sea cada vez una información más precisa de las relaciones y propiedades de los sistemas de trabajo y comercio. Pero también hay que reconocer que esto en parte se ha conseguido –en la Europa del bienestar-. A través de un sistema que posibilita estudiar a la mayoría, que protege al trabajador con derechos y convenios colectivos, que tiene mecanismos para controlar la competencia y el fraude, etc.
Es verdad que existen situaciones injustas presentes y heredadas. Patrimonios fruto de prácticas caciquiles pasadas, fraudes modernos y de naturaleza casi tecnológica. O simplemente las diferentes circunstancias de cada uno, con sus barreras y oportunidades. Pero de ahí no se sigue que el sistema sea esencialmente injusto y que todo lo que existe en él no es más que pecado injustificable.
El sistema, en la medida que es producto de las mentes más progresistas de la Europa moderna, deja espacio para la justicia y para que el trabajo individual redunde en el beneficio de la sociedad. Y en esa medida deberíamos empezar a juzgar los sueldos en función de lo que aportan a su parte del sistema –más justo- y no en función de ciertas críticas con aire de santurronería reaccionaria.
Socialismo y voto de pobreza
¿Esa es la herencia de Pablo Iglesias?
Ya saben aquello de que los socialistas están para que no existan pobres y no para hacer voto de pobreza –o peor, para hacer la pobreza igual para todos-
Lo que no significa que se pueda dar un salto para defender la validez de enriquecerse por cualquier medio mientras de paso se apoyan políticas de izquierdas para todos –que debe ser la excusa con la que se consuelan los corruptos de nuestro lado-
Pero que tampoco significa que se tenga que renunciar a ganar dinero por un trabajo que exige en muchos casos una larga carrera no reconocida de esfuerzos ocultos y cuando se llega, una dedicación casi exclusiva si es que se quieren cumplir con lo prometido a los votantes y con los propios valores.
Que el PSOE naciera fundamentalmente de la denuncia de la cuestión social –más la denuncia de la corrupción democrática de España y la oposición a las guerras coloniales- y que su fundador tuviese su mayor atractivo difusor en su conducta ejemplar y coherente, no significa que el PSOE de hoy tenga que ser una foto de aquellos inicios. El gran valor del PSOE en aquellos tiempos fue detectar los problemas fundamentales de los españoles y poner su maquinaria al servicio de las soluciones y la crítica feroz ante la salvaje situación. Más tarde su valor estuvo en aceptar la visión republicana que antaño había rechazado para concentrarse en su causa –las tesis de Indalecio Prieto que empezaron en el IX Congreso- Más tarde fue oposición y exilio. Luego regeneración a todos los niveles –Felipe González- Y ahora tiene que ser derechos, más democracia y modernización. Y para eso no necesita socialistas con raidos abrigos de pana, porque entre sus logros está haber eliminado esa pobreza que nos atenazó un siglo. No, necesitamos políticos profesionales, expertos, formados y reconocidos en su trabajo. El voto de pobreza ya no nos hace falta. La ejemplaridad de Iglesias, su auténtico legado político, viene de hacer causa personal de su causa política. Para igualarle tenemos que ser fieles defensores de los derechos, luchando contra cualquier relación de dominación, teniendo a la gente más preparada en un mundo donde los que juegan sucio tienen los mejores bufetes de abogados, y teniendo mucha visión de futuro. Ese es nuestro legado, y lo de la pobreza es una tontería de los que no entienden el papel del PSOE en el desarrollo de nuestro país.
La política sólo para los que previamente son solventes.
¿Para dedicarse a la política hay que tener otra vía de sustento?
Esto es una trampa. Una vez se lo escuché a Torres Mora en la Jaime Vera –cuando yo defendía que los políticos profesionales más jóvenes de hoy en día tenían que tener carrera, porque estas desde hace tiempo están al alcance de casi todos- y él respondía que la gente con poder y preparación no por tener una salida rechaza tener más poder. Y es verdad, las ansias de aferrarse al sillón son de otra naturaleza casi metafísica, tanto si se necesitaba de la política para sobrevivir, como si es para vivir por encima de lo que se ha tenido siempre, como si es para aparentar o tener contactos con los que ganar un dinero extra. La erótica del poder, ya saben.
De los que sólo piensan en el sillón no nos libra nada. Ni el que sean solventes más allá de la política –bueno, de estos, casi cabe esperar lo contrario, que se lo piensen dos veces antes de arrimarse a este mundo- Sólo nos protege de ellos una cosa, nuestra vigilancia más beligerante.
Pero es que además, esto de que la política es para los que pueden permitírselo, es un argumento reaccionario con solera. Recuerden aquello de que sólo está permitido que gobiernen reyes, o estamentos altos, burguesía o aquellos varones libres que pagan impuestos, etc. Recuerden, porque ya saben que la democracia no siempre fue universal. Y la excusa era que para participar había que aportar –desde sus reglas restrictivas y no decididas entre todos aunque hechas para todos, claro está-
Como esto se sostuvo poco tiempo, se añadió la excusa que así se evitaba que los advenedizos se acercaran sólo con el motivo de hacerse ricos. Y más tarde se le puso una tercera cláusula a esta maravillosa reacción: que la política era algo que no tenía que estar subvencionado por el dinero de todos sino sólo por el de los políticos. Ya saben, la cosa esa del liberalismo de palo y el estado mínimo.
Todo para que al final la política quedase en manos de los que tienen los enormes recursos que necesitan los partidos mayoritarios, las campañas electorales y la permanente actividad. Es decir, para que la política sólo fuese cosa de patriarcas y de sus grandes corporaciones.
Así, aquellos que critican a los que más tienen, a las formas injustas en las que muchas veces consiguen sus riquezas o la merma de derechos que lleva consigo su agenda –que es lo que les lleva a la política- no podrán acceder nunca al gobierno a no ser que pertenezcan a la propia clase que critican. Vamos, que así la crítica y la alternancia sólo es cuestión de cierta clase social, inamovible y caciquil, que se va turnando. Eso que los españoles inventamos en el S. XIX y que algunos siguen echando de menos, por lo que dejan entrever en sus argumentos.
No nos equivoquemos, la solvencia del político de izquierdas sólo tiene que ser juzgada por sus objetivos –derechos, democracia y modernización- Que sí necesitan de destreza y preparación –si es que no queremos dejar la política en manos de los funcionarios más altos o de las empresas subcontratadas- pero no de un capital inversor.
Otra cosa es la reforma de la vida política y el dilema de la profesionalización
Defender la profesionalidad de los políticos no implica defender una casta impenetrable, que se rige por normas internas exclusivamente, que no permite intromisiones y que tiene como principal valor el vivir de su trabajo público.
La vida política española –la que mejor conozco- necesita una gran renovación. Los partidos políticos necesitan encontrar un camino para seguir siendo mayoritarios y razonablemente homogéneos de tal forma que aporten estabilidad a la frágil democracia, y que les permita a su vez ser permeables por la sociedad, por sus opiniones, por sus expertos, por sus activistas de causas concretas, etc. para que puedan tener el suficiente conocimiento encarnado de la sociedad entera y de las soluciones a problemas – o innovaciones- que demanda.
Los partidos políticos necesitan una vida interna mucho más democrática, no haciendo de cada tema una asamblea, sino abriéndose en sus elecciones a la sociedad entera –tipo primarias americanas- necesitan que los simpatizantes puedan entrar y salir con mayor soltura, necesitan mayor contacto con la universidad, con las instituciones, incluso con la empresa –en un sentido de tener a mano a sus profesionales y sus métodos de trabajo-
Es verdad que este dilema complicado ha sido resuelto rápidamente, casi desde el principio, por la derecha y de una forma muy simple. Ha creado un híbrido con sus propios lobbys, haciendo que sean intercambiables las familias y cortes políticas con las familias y cortes empresariales.
En la izquierda parece que la solución tiende más hacia una oligarquía interna. Algo que se debería evitar antes de que cristalice de forma perenne, abriéndose más a la sociedad y poniendo en valor a sus profesionales por sus capacidades públicas. Al fin y al cabo, que existan políticos transparentes dependen de que los modelos institucionales y de partidos, sean también transparentes y abiertos.
Transparencia ordenada y no inquisición de difamadores.
La transparencia no tiene nada que ver con otra de nuestras maravillosas herencias: la confesión. Tan es así, que aun teniendo asumida y reglamentada la presunción de inocencia, mira que nos cuesta. El famoso que calla ante los comentarios de su vida sexual, otorga. El político que no responde a difamaciones, otorga igual. El acusado pero absuelto, seguro que algo hizo. Como somos y lo que nos queda por aprender.
La transparencia no es sólo estar atento a los periodistas más mordaces o a la oposición sin escrúpulos, no. Además eso nos convertiría en defensores de una falsa transparencia que sólo va con nosotros cuando nos afecta. ¡No! La transparencia va de crear un sistema universal de acceso a ciertos datos relevantes–los que tienen que ver con el control democrático y la defensa de los derechos- tanto de las instituciones públicas como privadas. Información accesible a todos porque a todos afecta. Información ordenada, comparable, estandarizada, comprensible e incluso computable –no como hace Esperanza Aguirre cambiando todas las comparativas de sus sistemas públicos-
Esta es la tarea del socialismo más joven: Un sistema de información y reglas accesibles de forma universal, que no haga que los derechos o las oportunidades estén sólo al alcance de tecnócratas entrenados para sobrevivir entre una maraña de leyes, prácticas habituales injustificadas, toma de decisiones oculta, estrategias de alto nivel que nada tienen que ver con el bien común, etc. Un sistema que nos permitan protegernos de las grandes corporaciones, de las instituciones mal gestionadas y de los malos políticos. Y no un sistema que cuando funciona mal sólo sea denunciable pagando a esos tecnócratas –algo que sólo pueden hacer muy pocos-
-Si usted está debatiendo sobre seguridad y ve como se cuestionan las libertades básicas, aquí tiene unos argumentos para encauzar el debate y señalar las falacias del neoconservador-
2. La mentira del nuevo equilibrio
3. Universalidad de los derechos humanos; diferentes interpretaciones y una misma evaluación
4. Formulaciones concretas; aquí cabe el debate
5. Las torturas, la pena de muerte y los derechos judiciales
6. Derechos humanos y extranjería
En gran parte de occidente tras la Segunda Guerra Mundial, cierta concepción humanística se terminó por imponer como sustrato último de toda política justificable y de toda norma legal: Los Derechos Humanos. Es verdad que han existido con una guerra fría de por medio, un Vietnam, una política de intervención en América del Sur y otra económica con África que poco ejemplo han dado, pero se podría decir que han sido bastante respetados de fronteras hacia dentro. Por desgracia hoy en día en vez de preocuparnos de sacar estos derechos más allá de nuestras fronteras, vemos que se empiezan a cuestionar abiertamente la legitimidad de estos derechos incluso internamente. Estas normas que alcanzaron la categoría de semi-sagradas están sufriendo el mayor ataque por parte de la estrategia neoconservadora del miedo.
Dworkin plantea su defensa desde la raíz que los nutre. Desde los principios de la Dignidad Humana. Si estos principios son los que nos mueven, los que nos permiten representar el mundo de una forma ética y los que nos dan significado como seres humanos, es desde ellos desde donde tenemos que defendernos contra las cesiones a las supuestas políticas de seguridad neoconservadoras. La gente tiene miedo, o se le infunde miedo, y hay que preguntarles si están dispuestos a renunciar a sus principios básicos para sentirse más seguros.
En su libro, Dworkin toma sus Principios de la Dignidad Humana como están recogidos en los diferentes tratados generales y más específicamente en las constituciones, leyes y acciones de gobiernos particulares. Para luego denunciar como estos están siendo puestos en cuestión con acciones como Guantánamo o Abu Ghraib, por las políticas de recortes de libertades y por la apelación a sentimientos de inseguridad mayoritarios.
[ Yo añadiría una consideración, subiendo al nivel superior –por sí resultase que los derechos humanos y los derechos políticos más básicos también fuesen objeto del debate político- A saber, que las políticas de derechos son auténticas políticas de seguridad de los ciudadanos. Nos protegen de las actuaciones arbitrarias de los poderosos y de los que poseen los recursos. Eliminar o aminorar las garantías constitucionales nos vende como ciudadanos ante el poder. El relato del peligro externo ni nos protege de lo de fuera ni nos preserva dentro como hombres libres. Los derechos son la seguridad de la ciudadanía, sin ellos, está vendida –esclavizada- ]
Uno de los argumentos neoconservadores trata de llevar el debate a una cuestión de equilibrio entre seguridad y derechos. Dado que el peligro ha aumentado sobremanera -dicen- desde el 11M, hay que volver a reajustar la balanza. Es necesario que existan menos libertades en un mundo más temible.
Igual que uno reequilibra el gasto según la prosperidad económica o invierte más en una infraestructura que en otras -estación de trenes o aeropuertos- o en el diseño de estas, según sea más conveniente. Así también, dicen, se deberían cambiar las garantías constitucionales.
En esta equiparación es donde denuncia la falacia. Los derechos políticos básicos no son decisiones deliberadas previamente según convengan como son las decisiones políticas cotidianas. Los principios de la dignidad humana están fuera del debate político porque no son negociables. Porque no es una cuestión de intereses, sino que es una cuestión moral.
Siguiendo a Dworkin podríamos decir que estos derechos básicos no son abordables desde un debate costes / beneficios, porque no se derivan de una posible gestión. Su procedencia es moral y aquí no cuadra la lógica del negocio.
Además, resulta significativo en cuanto a la capacidad que tienen los neoconservadores de aceptar incoherencias, como esos mismos derechos que se permiten poner en cuestión, son luego la principal razón pública para intervenir militarmente en otros países. Como tal o cual dictador pone en peligro o tiene supeditada a su población o la vecina, nosotros, nación poderosa, tenemos la obligación de intervenir. ¿Si los derechos humanos sufrieran un fuerte desgastes significaría esto que invadirían menos o peor, qué se andarían con menos miramientos a la hora de invadir, ya expresando sus verdaderas razones? Me parece que escogerían la segunda posibilidad.
[ Estirando la interpretación del autor, la lógica del coste beneficio o de la deliberación cotidiana del político producen inconsistencias en el marco moral, con terribles consecuencias posteriores para toda la arquitectura del sistema. Poner en cuestión estos derechos es poner en cuestión los fundamentos de una democracia sana. ]
Estos principios tienen en cada gobierno y en cada constitución un desarrollo propio, característico de la propia sociedad que lo legitima. Pero esto no quiere decir que cada equipo de gobierno o cada periodo constituyente pueda interpretar estos principios como les dé la gana. Antes decíamos que los derechos humanos no eran intereses negociables, ahora afirmamos que no son ni interpretaciones subjetivas ni partidistas.
Un país puede tolerar la libertad de expresión incluso si esta es usada para cuestionar sus principios fundamentales -el caso de EEUU- o un país puede acotar esa libertad de expresión para proteger otros derechos, como la dignidad de las víctimas del Holocausto -el caso de Alemania- Lo que une a estos dos ejemplos, es que procuran hacer inteligibles los principios básicos de los que hablamos. Puede que una formulación sea más perfecta que la otra, pero los dos responden a un interpretación de buena fe.
[ Por matizar a Dworkin, no creo que la buena fe ni la inteligibilidad de las interpreataciones sean los mejores criterios de evaluación de gobiernos y constituciones con respecto a los derechos humanos. Como él sabe, estas interpretaciones no se siguen de forma lógica de los derechos básicos, sino que responden a circunstancias concretas, pero no por ello tenemos que abandonar la búsqueda de una evaluación más analítica.
Podríamos considerar que los principios básicos de la dignidad del hombre son un núcleo a desarrollar según las necesidades del contexto. Que este desarrollo es técnico en gran medida y por tanto tiene un espacio de soluciones plural, en el que caben distintas respuestas para los mismos problemas -podemos diseñar diferentes motores para un mismo modelo de coche y ninguno tiene porque ser el mejor, sino que pueden responder a prioridades diferentes, como el consumo o la potencia- Y que la evaluación estará en cuantos casos concretos en la relación persona-estado pueden considerarse como una violación de la integridad moral de las primeras. Da igual que un modelo potencie una perspectiva u otra, que se base en una cultura u otra, que actúe positivamente contra unas discriminaciones u otras, con tal de que al final tienda a aminorar los casos de violaciones de los derechos humanos que se cometen bajo su órbita de actuación.]
Estos principios filosóficos recogidos en unos principios políticos básicos necesitan una ulterior concreción en las leyes y la política de lo cotidiano. De los principios filosóficos de la dignidad humana, a la libertad de expresión en los tratados de derechos humanos y constituciones, a regular a qué hora y en qué lugar puede tener una manifestación con su desfile en un lugar público, a través de leyes y gobiernos.
El paso de una fase a otro no es mecánico en palabras de Dworkin y por tanto cabe la discrepancia en cual sea la mejor opción. Debate sobre como concretizarlos, no como sobre cómo eliminarlos o neutralizarlos, téngase claro.
[Yo diría que si tiene algo de mecánico pero que la transferencia de valores entre unos niveles y otros no tiene un solo camino mecánico, el necesario, sino que tiene varios. Y que es mecánico porque al final puede evaluarse, puede retrocederse de la formulación concreta a los principios constitucionales y a los filosóficos para ver si se cumplen -tienes o no tienes derecho, es conveniente o no, emitir pornografía en una televisión pública en horario de máxima audiencia, ¿Se violan los estos principios si se ponen en un horario diferente? Parece claro que son posibles múltiples ajustes en la concreción de unos principios que no tiene enmienda posible en su formulación moral e ideal- ]
En este caso es donde cabe el debate de las mayorías. Donde la fuerza de la democracia es operativa y moral. En el trabajo sobre unos límites acotados filosóficamente y moralmente. Este es el marco de una democracia sana, el que lo diferencia de una posible tiranía de las mayorías. Sí, cabe el debate, las decisiones de las mayorías, pero con límites en la inviolabilidad de la dignidad de las personas. Esta es la razón que deberíamos esgrimir ante líderes que apelando a su mayoría pretenden derogar libertades de expresiones, de movimiento o quién sabe si en un futuro, de asociaciones. Es la razón para no aceptar, aunque la mayoría vote a favor, una legislación que permita espiar a un ciudadano sin que este tenga derecho alguno, e incluso sin que nunca llegue a saber que se le vigila tan íntimamente.
Un gobierno democrático que quiera considerarse legítimo no puede violar estos derechos humanos a su conveniencia. Como ya hemos dicho antes -y como se sigue más de otras obras de Dworkin o del análisis de Andrea Greppi sobre nuestro autor en su Concepciones de la democracia en el pensamiento político contemporáneo – el propio sistema necesita respetar unos principios universales que no admiten arbitrariedad ni negociación, porque estos dan la propia estabilidad al sistema y permiten cumplir sus objetivos generales. Vamos, que no es posible la democracia de hombres libres e iguales si el gobierno se permite tratar a las personas a su conveniencia, aunque sea con el apoyo de la mayoría. Algo parecido recogíamos de Pettit en una entrada anterior.-
La falta de derechos sobre los detenidos y encarcelados -Guantánamo-, la indulgencia con las torturas -Abu Ghraib- y las penas de muerte, merman el carácter de una nación. Es una renuncia inmoral que además tiene consecuencias para el resto de la sociedad -vivir bajo un sistema con menos garantías y con la brecha abierta de la arbitrariedad gubernamental. Hoy les toca a ellos mañana te puede tocar a ti.
[ Aunque este no esta no es la posición de peso de Dworkin, que no apela a que la arbitrariedad puede volverse en contra de todos , transformando una nación de hombres libres en La Corte del Zar Rojo, ni tampoco explora el argumento de que juicios rápidos y sin garantías, crearían el clima de mayor inseguridad para todos imaginable- donde una nueva Inquisición de la señora Democracia, como antes lo era también de lo más puro, Dios, podría convertirse en el mayor enemigo de todos, caso por caso, casa a casa, enemigo a enemigo del gobierno- Argumentos, que como veíamos con Pettit, siguiendo a Maquiavelo y Cicerón, demostraban que la República bajo derechos es la única forma de seguridad para el ciudadano, que se puede dedicar a sus propios asuntos sabiendo que unos principios legales le protegen de los poderosos. Sintetizando, sin derechos no hay calculo seguridad posible, porque el día que el poderoso o el gobernante decida macharle usted no podrá hacer nada. ]
Para Dworkin más bien es una cuestión de principios que de seguridad y ciudadanía. Y en último término de honor. No podemos aceptar estas violaciones porque la seguridad no vale tanto como para el honor, si de verdad queremos ser hombres libres.
[ A mí, esta invocación del honor, si bien me atrae por otro tipo de valores, no creo que sea la mejor razón sistemática. Porque al fin y al cabo el concepto honor se puede sustituir por lo mismo que pretende justificar: el segundo principio de la dignidad, el ser responsable de la propia vida, convirtiendo la explicación sería un círculo muy pequeño: Si tienes como derechos la propia libertad no puedes permitir que se lo quiten a otros, sería un deshonor, porque en vuestra humanidad sois iguales.
Prefiero decir que este honor, o esta capacidad y derecho de elegir la propia vida, estaría puesta en cuestión, por acciones arbitrarias, y que no sólo la libertad está en peligro, sino la propia integridad física. No es que renunciáramos al honor, es que tarde o temprano otros nos lo quitarían. Prefiero argumentarlo así, porque el argumento de Dworkin necesita de una empatía con respecto del resto que tengo mis dudas de que sea universal -por desgracia-Sin embargo creo que cierta forma de egoísmo, o el mirar primero por uno mismo y la empatía por los muy cercanos, está mucho más entendido, y saberlo explotar, puede permitir tanto o más que la empatía con toda la humanidad, en términos de justicia y libertades. ]
Posiblemente este sea el jardín con más espinas. El que tiene los caminos más torcidos, y en el que sino terminamos admitiendo las sutilizas del análisis minucioso, nos dejará la piel llena de espinas.
Por lo general hay dos discursos en la calle -me permito hablar como pseudofilósofo y como urbanita que convive con la inmigración en el trabajo, antes en la universidad, en el transporte público, en el barrio y en el portal. Y como ahora, lector de Dworkin. Esto no es sociología y no podría decir si se habla mucho o poco en la sociedad sobre el tema, pero donde yo he citado, se habla mucho, muchísimo, más que en los partidos políticos o en los medios de comunicación- Las dos mitologías son: Un primer discurso un tanto despreciativo, de recorrido fácil y a veces con tintes xenófobos. Luego hay otro de derechos humanos para absolutamente todo junto con una idea puramente mercantil, que curiosamente es la preferida de los progresistas -el extranjero produce, con lo cual es legítimo. Y… cuando no produzca miraremos para otro lado ¿no?-
No hay posibilidad intermedia. No existe el debate. Quien critica problemas derivados de los movimientos migratorios, corre el riesgo de ser un racista. Quien defiende los derechos de un inmigrante corre el riesgo de ser tachado de hippy progre que por supuesto vive en un barrio bien y mira las cosas desde la barrera.
El problema es que esta dualidad puede llevarnos al silencio y a la indiferencia, tanto ante los problemas como ante la persecución del inmigrante. Nadie habla públicamente, sí entre amigos, de estos temas. No se habla, porque diga lo que se diga, en tono crítico, uno está condenado a caer en uno de los abismos. Y así uno puede vivir en una esquizofrenia considerable. Esto es lo uqe ha llevado a las personas progresistas, las que mandan o pueden escribir y hablar en los medios de comunicación, a que no dijeran nada crítico en un periodo de exaltación del inmigrante y tampoco digan nada crítico cuando la bandera es la persecución del inmigrante ilegal.
La vacuna para esta ceguera, y posiblemente para el segundo mayor reto /problemón de Europa, sea diferenciar nítidamente entre derechos humanos y el debate sobre las políticas concretas sobre inmigración. Hemos estados viendo, que aunque viven conectados ideales y concreciones en el mundo de las leyes, conceptualmente pueden diferenciarse. Puedo defender la dignidad de un inmigrante y no por ello tengo que renunciar a decidir como quiero que sea la política de extranjería de mi país ni impedírselo a otros. Puedo intentar cambiar esta política de extranjería pero nunca puedo violar los derechos humanos.
Los derechos humanos no dictan como un estado tiene que trabajar por la humanidad entera. Dicen lo que no puede violar su legislación. Dice que no puede actuar con mala fe contra el inmigrante o la nación extranjera. Pero no dictan como una nación tiene que desarrollar sus políticas concretas.
Impedir este debate es lo que está llevando a Europa a un movimiento extremadamente conservador. No puedo opinar, pues me quedo con los mensajes más viscerales, irracionales, apeladores del miedo, pero en los que al fin y al cabo salgo mejor parado. Un debate que si se admitiese, quizás no sería tan difícil de abordar. Quizás descubriríamos los miedos de unos y otros, lo que esperan unos y otros, haríamos de los prejuicios de unos y otros razones cuidadas, pulidas y respetuosas.
Quién sabe, si con ordenanzas municipales de convivencia y orden público -para todos por igual y con obligaciones de verdad, legales, y no sólo marcas para extranjeros, como esa tontería esa del contrato para inmigrantes del PP- Quien sabe, si asumiéramos que el multiculturalismo político no es más que la defensa de guetos que nunca convivirán entre ellos y de líderes no democráticos de subcomunidades, y si asumiéramos que los beneplácitos con los dogmas de las distintas religiones no son más que los peores enemigos de los derechos humanos, este problema no sería más que una cuestión administrativa de cómo asentar flujos de personas en una sociedad próspera.
Es verdad que la Frontera es el gran problema conceptual. Que retornar a un inmigrante en el fondo, aunque sea él ilegal y el procedimiento de expulsión legal, cae bajo la conciencia de que se le manda a un mundo sin garantías a pesar de su humanidad. Que no dejarle entrar es la misma condena dentro del sistema global. Pero no tengo solución a esta falla, entre la ciudanía global y la protección que sólo asegura el estado concreto, sólo veo la cooperación internacional -idea claramente insuficiente para el desarrollo de los derechos en el resto del planeta- Eso y el deseo de una internacional progresista.
-Comenzamos una serie de artículos sobre el libro de Ronald Dworkin. Empezamos con una introducción de unos principios a los que tendremos que volver una y otra vez-
¿Por qué una política y no otra? ¿Por qué votar a unos líderes y no a otros? ¿Por qué identificarse con unos y no con otros? Por valores. La gente vota a sus líderes porque el universo que transmiten se adapta más fácilmente –es interpretable- por sus valores más básicos. Universo que se puede transmitir a golpe de imagen, confrontación y estrategia subterránea o a través del debate de las ideas. O de los dos.
Un núcleo de valores que nos sirven para interpretar la realidad social y para planificar nuestras acciones en ella, y que según Ronald Dworkin no son ni políticos ni morales, sino que son filosóficos. Unos valores que corren a nivel muy bajo, digamos que casi imperceptibles al debate actual, a la literatura incluso a las disciplinas sociales y humanistas que manejan la mayoría de los norteamericanos –él se dirige a ellos, yo lo ampliaría a todos los occidentales, y lo adaptaría a la mayoría de los españoles-
La interpretación de estos valores –yo diría desarrollo- es lo que marca la diferencia entre unas comunidades políticas u otras, entre unos partidos u otros, entre unos políticos u otros. Una interpretación que se nos trasmite la mayoría de las veces a través de una pelea continua, a través de contacto, contacto y más contacto, cosa en la que los neoconservadores son maestros, y por desgracia también, a veces la única vía conocida por muchos progresistas profesionales de la política. Cualquiera que lea periódicos –en el mejor de los casos- sabe que estas diferentes interpretaciones pocas veces se nos trasmite a través del debate de las ideas y de las buenas razones. La obra de Dworkin defiende este segundo medio, demostrando que además es el único camino para que el liberalismo de izquierdas –socialdemocracia, o progresismo, como prefieran- construya una opción positiva y atrayente para los ciudadanos.
Los dos principios básicos son:
1) El primer principio –al que llamaré <<principio de valor intrínseco>>- sostiene que toda vida humana tiene un tipo especial de valor objetivo. Tiene valor como potencialidad; una vez que la vida humana ha empezado, es importante como evoluciona. Es algo bueno que esa vida tenga éxito y que su potencial se realice, y es algo malo que fracase y que su potencial se malogre. Esta es una cuestión de valor objetivo, no meramente subjetivo; quiero decir que el hecho de que una vida humana tenga éxito o fracaso no sólo es importante para la persona de cuya vida se trata, o sólo importe si, y porque, eso es lo que ella quiere. El éxito o fracaso de cualquier vida humana es algo importante en sí mismo, es algo que todos tenemos razones para querer, o deplorar. (…) Así, con arreglo al primer principio, todos nosotros deberíamos lamentar que una vida se malogre como algo malo en sí mismo, sea la vida de la que se trate la nuestra o la de cualquiera otra persona (24-25)
2) El segundo principio –el <<principio de responsabilidad personal>>- sostiene que cada persona tiene una responsabilidad especial en la consecución del logro de su propia vida, una responsabilidad que incluye el empleo de su juicio para estimar que clase de vida sería para ella una vida lograda. No debe aceptar que ninguna otra persona a dictarle esos valores personales ni a imponérselos sin su consentimiento. Puede respetar las valoraciones codificadas en la tradición religiosa particular, o las opiniones defendidas por líderes o textos religiosos e incluso las valoraciones de maestros morales o laicos. Pero ese respeto a de ser fruto de su propia decisión; ha de reflejar su juicio más profundo sobre como desempeñar su responsabilidad sobereana sobre su propia vida (25)
Estos dos principios –que toda vida humana alberga un valor potencial intrínseco y que todo el mundo tiene la responsabilidad de realizar ese valor de su propia vida- definen juntos las bases y condiciones de la dignidad humana, y por esta razón me referiré a ellos como los <<principios o dimensiones de la dignidad>> (25)
Estos dos valores en cierta medida corresponden al ideal de igualdad y al ideal de libertad que se manejan en el tradicional debate filosófico. Con su también tradicional capacidad para provocar contradicciones cuando se ponen juntos. Pero como apunta Dworkin no se trata de que los ideales sean coherentes o incoherentes entre sí, sino que en que es la comunidad política la que tiene la tarea de aportar la interpretación consistente de los dos.
La idea es bellísima: no sé trata de ponerte del lado del valor que ves más potente para la causa de la facción en la que estás. El valor que te hará triunfar entre los tuyos y aplastar –a ojos de los tuyos también- al contrario. Se trata de hallar el discurso que aúne los valores básicos de la ciudadanía, con la realidad social que toca vivir y con un sistema de derechos y justicia.
El buen político y el buen partido tienen que iniciarse en este camino involucrando a toda la sociedad. Siendo no un contingente de lucha sino un catalizador de encuentro y trabajo de ciudadanos comprometidos con cualquier causa de interés colectivo.
Esto en España, posiblemente en todo occidente, supondría una ruptura de paradigma político de consecuencias difíciles de prever. Quizás la única que nos permita mirar cara a cara a la Globalización y a las superpotencias. A no tener que aceptar burradas en la política internacional. A la crisis energética y a la nueva oleada de conservadurismo producto del rápido cambio social. Porque como europeos sacaríamos todo ese gran potencial de inteligencia, trabajo, conocimiento y derechos, almacenado durante los últimos siglos, sin desgastarnos en interminables y estériles ciclos de opinión pública volátil en nuestro interior.
En menores dimensiones, quizás sea la única manera que tengamos para construir un progresismo eficaz en comunidades como Madrid, Valencia o Murcia.

