El factor humano

El Factor Humano, Seix Barral, de John Carlin

Invictus, nos lleva por el camino que eligió Nelson Mandela, el de proporcionar a una población oprimida un espacio donde crecer en libertad y en prosperidad, y muestra el otro camino que se evitó recorrer, por ser en la práctica incompatible con el primero, el de dar un juicio histórico justo con todas sus consecuencias a esa misma población negra que tanto había sufrido y una condena explícita y dolorosa a sus verdugos activos y pasivos. Una condena a la gran mayoría de la población blanca.

Como Mandela le dijo al poderoso general Viljoen, capaz de dinamitar el proceso de construcción nacional basado en el no racismo, podía elegir entre dos formas de proceder, una a través de la guerra, donde él con su ejército serían los más poderosos pero incapaces de alcanzar nunca la victoria, debido a las presiones internacionales y a que la población negra era una gran mayoría que no iba a desaparecer, eliminando cualquier oportunidad de futuro tanto para negros o como para blancos, o actuar desde una premisa básica, el que ningún bando podía vencer al otro, para llegar a un objetivo común: vivir en paz y con confianza mutua.

Como dijo el arzobispo Desmond Tutu y relee John Carlin, Mandela había creado un nuevo modelo de revolución que no buscaba la eliminación del enemigo, sino que le incluía, que no buscaba superar lo existente volviendo al punto de partida, a un cero temporal, sino que se asentaba sobre lo existente, desde el propio sistema, impulsando su parte positiva. Una revolución sabia, que sabía que las personas, los vencidos, no iban a irse. Que conocía algo tan obvio como que las personas no vuelven a un punto de partida cero, como si lo hacen las ciegas teorías revolucionarias.

Mandela consiguió reconstruir el sistema pacientemente, tirando de un fino hilo que empezó con sus carceleros y que acabó en el equipo de rugby nacional, pasando antes por ministros, jefes de servicios secretos, presidentes, periodistas del sistema y líderes de la extrema derecha. Un hilo que le permitió trenzar complicidades con una larga cadena de líderes hasta tejer una manta protectora para Sudáfrica entera.

Su método fue principalmente psicológico. Quién sabe si Nietzsche, hubiera dicho de él que era uno de esos superhombres, que por encima de todo eran grandes psicólogos y que en su forma de vivir llevaban acabo de grandes máximas: dar antes que recibir y ser francos. Y así lo hizo. Como dijo de él Niël Barnard, aquel jefe del Servicio Nacional de Inteligencia durante el apartheid que acabó atándole los cordones al anciano Mandela, el líder xhosa primero llegaba a las vulnerabilidades de sus oponentes tranquilizándoles, demostrándoles que destruirles no era su misión, para luego pasar a un ataque directo, defendiendo su postura, la de su pueblo, pero siempre sin ofender. Su sonrisa y su confianza en sí mismo y en los demás hacían que todos acabaran confiando en él y en su liderazgo. Tanto, que hasta la población afrikáner concentrada en el mundial de rugby sudafricano, esa población que había visto a Mandela como el símbolo de sus mayores miedos, acabó coreando su nombre en la final victoriosa.

Mandela era un genio en la persuasión cara a cara pero también lo resultó ser con la gran población. Ya de joven demostró ser un pura sangre para la política. Siempre con una buena imagen y carisma –sus caros trajes o sus vestimentas tradicionales de la realeza xhosa- y siempre liderando con ejemplaridad y riesgo –fue el primero en quemar su carnet del apartheid delante de las cámaras, desatando un movimiento subversivo a nivel nacional- Un instinto político que no perdió tras décadas de cautiverio, y que explotó al máxima con su salida de prisión. En su primera rueda de prensa ofreció tranquilidad a los blancos y negó ningún ánimo vengativo. En su recorrido por Sudáfrica supo encauzar las aspiraciones de una población negra oprimida y fragmentada, que bien podría haber exigido una reparación inmediata e incluso violenta, hacia la democracia pacífica y la reivindicación del no racismo. Sacó lo más generoso de ellos. Devolvió a las instituciones y a los deportistas una dignidad internacionalmente perdida. Y sobre todo ofreció a toda la población un símbolo común y una gran experiencia compartida, el mundial de rugby y la victoria de los Springboks, que curó en una gran catarsis unas heridas muy profundas. Que nunca habrían cicatrizado de esa manera con grandes discursos ni con grandes acciones políticas, como dijo Desmond Tutu.

Mandela permitió con el rugby todo lo contrario a la venganza y la reacción producida por el miedo, quizás tan naturales e instintivas del hombre. Consiguió que los blancos se libraran de gran parte del miedo y la culpa. Para ello pidió que la población negra fuera generosa, que apoyaran al equipo. Lo hicieron y ante ese gesto los miles y miles de aficionados blancos consiguieron la herramienta para su expiación. Devolvieron el favor coreando a Mandela, cantando esas canciones negras que tanto miedo les habían dado y aceptando los nuevos símbolos como la bandera multicolor y el himno que venían de la mano de la nueva democracia. Impulsó una experiencia común donde todos daban y sacaban lo mejor de sí mismos.

Mandela hizo una nueva revolución, tocando los elementos claves del sistema, no para su propia supervivencia, o para asentar como élite a los suyos. No para practicar una nueva opresión, sino para crear un orden donde todos tuvieran la seguridad de pertenecer; algo que experimentaron desde el principio. Mandela hizo una revolución a partir de un símbolo palpable.

PS: El ejemplo de Mandela y la narración de su estrategia política es digna de leerse. John Carlin la escribe fabulosamente. Consiguió en Sudáfrica lo que otros muchos países africanos han echado de menos. Unió a una población negra muy heterogénea, evitó la colisión sangrienta de la mano de la extrema derecha afrikáner –blancos- y zulú -negros- Y dio paso a un país, que con sus problemas, tenía y tiene futuro. Toda una hazaña política que daría para horas de discusión sobre liderazgo político, ética, moral y para historia comparada, especialmente con la transición española. Pero eso para otro artículo.