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La Democracia Posible

-Si usted está debatiendo sobre seguridad y ve como se cuestionan las libertades básicas, aquí tiene unos argumentos para encauzar el debate y señalar las falacias del neoconservador-

2. La mentira del nuevo equilibrio

3. Universalidad de los derechos humanos; diferentes interpretaciones y una misma evaluación

4. Formulaciones concretas; aquí cabe el debate

5. Las torturas, la pena de muerte y los derechos judiciales

6. Derechos humanos y extranjería

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En gran parte de occidente tras la Segunda Guerra Mundial, cierta concepción humanística se terminó por imponer como sustrato último de toda política justificable y de toda norma legal: Los Derechos Humanos. Es verdad que han existido con una guerra fría de por medio, un Vietnam, una política de intervención en América del Sur y otra económica con África que poco ejemplo han dado, pero se podría decir que han sido bastante respetados de fronteras hacia dentro. Por desgracia hoy en día en vez de preocuparnos de sacar estos derechos más allá de nuestras fronteras, vemos que se empiezan a cuestionar abiertamente la legitimidad de estos derechos incluso internamente. Estas normas que alcanzaron la categoría de semi-sagradas están sufriendo el mayor ataque por parte de la estrategia neoconservadora del miedo.

Dworkin plantea su defensa desde la raíz que los nutre. Desde los principios de la Dignidad Humana. Si estos principios son los que nos mueven, los que nos permiten representar el mundo de una forma ética y los que nos dan significado como seres humanos, es desde ellos desde donde tenemos que defendernos contra las cesiones a las supuestas políticas de seguridad neoconservadoras. La gente tiene miedo, o se le infunde miedo, y hay que preguntarles si están dispuestos a renunciar a sus principios básicos para sentirse más seguros.

En su libro, Dworkin toma sus Principios de la Dignidad Humana como están recogidos en los diferentes tratados generales y más específicamente en las constituciones, leyes y acciones de gobiernos particulares. Para luego denunciar como estos están siendo puestos en cuestión con acciones como Guantánamo o Abu Ghraib, por las políticas de recortes de libertades y por la apelación a sentimientos de inseguridad mayoritarios.

[ Yo añadiría una consideración, subiendo al nivel superior –por sí resultase que los derechos humanos y los derechos políticos más básicos también fuesen objeto del debate político- A saber, que las políticas de derechos son auténticas políticas de seguridad de los ciudadanos. Nos protegen de las actuaciones arbitrarias de los poderosos y de los que poseen los recursos. Eliminar o aminorar las garantías constitucionales nos vende como ciudadanos ante el poder. El relato del peligro externo ni nos protege de lo de fuera ni nos preserva dentro como hombres libres. Los derechos son la seguridad de la ciudadanía, sin ellos, está vendida –esclavizada- ]

Uno de los argumentos neoconservadores trata de llevar el debate a una cuestión de equilibrio entre seguridad y derechos. Dado que el peligro ha aumentado sobremanera -dicen- desde el 11M, hay que volver a reajustar la balanza. Es necesario que existan menos libertades en un mundo más temible.

Igual que uno reequilibra el gasto según la prosperidad económica o invierte más en una infraestructura que en otras -estación de trenes o aeropuertos- o en el diseño de estas, según sea más conveniente. Así también, dicen, se deberían cambiar las garantías constitucionales.

En esta equiparación es donde denuncia la falacia. Los derechos políticos básicos no son decisiones deliberadas previamente según convengan como son las decisiones políticas cotidianas. Los principios de la dignidad humana están fuera del debate político porque no son negociables. Porque no es una cuestión de intereses, sino que es una cuestión moral.

Siguiendo a Dworkin podríamos decir que estos derechos básicos no son abordables desde un debate costes / beneficios, porque no se derivan de una posible gestión. Su procedencia es moral y aquí no cuadra la lógica del negocio.

Además, resulta significativo en cuanto a la capacidad que tienen los neoconservadores de aceptar incoherencias, como esos mismos derechos que se permiten poner en cuestión, son luego la principal razón pública para intervenir militarmente en otros países. Como tal o cual dictador pone en peligro o tiene supeditada a su población o la vecina, nosotros, nación poderosa, tenemos la obligación de intervenir. ¿Si los derechos humanos sufrieran un fuerte desgastes significaría esto que invadirían menos o peor, qué se andarían con menos miramientos a la hora de invadir, ya expresando sus verdaderas razones? Me parece que escogerían la segunda posibilidad.

[ Estirando la interpretación del autor, la lógica del coste beneficio o de la deliberación cotidiana del político producen inconsistencias en el marco moral, con terribles consecuencias posteriores para toda la arquitectura del sistema. Poner en cuestión estos derechos es poner en cuestión los fundamentos de una democracia sana. ]

Estos principios tienen en cada gobierno y en cada constitución un desarrollo propio, característico de la propia sociedad que lo legitima. Pero esto no quiere decir que cada equipo de gobierno o cada periodo constituyente pueda interpretar estos principios como les dé la gana. Antes decíamos que los derechos humanos no eran intereses negociables, ahora afirmamos que no son ni interpretaciones subjetivas ni partidistas.

Un país puede tolerar la libertad de expresión incluso si esta es usada para cuestionar sus principios fundamentales -el caso de EEUU- o un país puede acotar esa libertad de expresión para proteger otros derechos, como la dignidad de las víctimas del Holocausto -el caso de Alemania- Lo que une a estos dos ejemplos, es que procuran hacer inteligibles los principios básicos de los que hablamos. Puede que una formulación sea más perfecta que la otra, pero los dos responden a un interpretación de buena fe.

[ Por matizar a Dworkin, no creo que la buena fe ni la inteligibilidad de las interpreataciones sean los mejores criterios de evaluación de gobiernos y constituciones con respecto a los derechos humanos. Como él sabe, estas interpretaciones no se siguen de forma lógica de los derechos básicos, sino que responden a circunstancias concretas, pero no por ello tenemos que abandonar la búsqueda de una evaluación más analítica.

Podríamos considerar que los principios básicos de la dignidad del hombre son un núcleo a desarrollar según las necesidades del contexto. Que este desarrollo es técnico en gran medida y por tanto tiene un espacio de soluciones plural, en el que caben distintas respuestas para los mismos problemas -podemos diseñar diferentes motores para un mismo modelo de coche y ninguno tiene porque ser el mejor, sino que pueden responder a prioridades diferentes, como el consumo o la potencia- Y que la evaluación estará en cuantos casos concretos en la relación persona-estado pueden considerarse como una violación de la integridad moral de las primeras. Da igual que un modelo potencie una perspectiva u otra, que se base en una cultura u otra, que actúe positivamente contra unas discriminaciones u otras, con tal de que al final tienda a aminorar los casos de violaciones de los derechos humanos que se cometen bajo su órbita de actuación.]

Estos principios filosóficos recogidos en unos principios políticos básicos necesitan una ulterior concreción en las leyes y la política de lo cotidiano. De los principios filosóficos de la dignidad humana, a la libertad de expresión en los tratados de derechos humanos y constituciones, a regular a qué hora y en qué lugar puede tener una manifestación con su desfile en un lugar público, a través de leyes y gobiernos.

El paso de una fase a otro no es mecánico en palabras de Dworkin y por tanto cabe la discrepancia en cual sea la mejor opción. Debate sobre como concretizarlos, no como sobre cómo eliminarlos o neutralizarlos, téngase claro.

[Yo diría que si tiene algo de mecánico pero que la transferencia de valores entre unos niveles y otros no tiene un solo camino mecánico, el necesario, sino que tiene varios. Y que es mecánico porque al final puede evaluarse, puede retrocederse de la formulación concreta a los principios constitucionales y a los filosóficos para ver si se cumplen -tienes o no tienes derecho, es conveniente o no, emitir pornografía en una televisión pública en horario de máxima audiencia, ¿Se violan los estos principios si se ponen en un horario diferente? Parece claro que son posibles múltiples ajustes en la concreción de unos principios que no tiene enmienda posible en su formulación moral e ideal- ]

En este caso es donde cabe el debate de las mayorías. Donde la fuerza de la democracia es operativa y moral. En el trabajo sobre unos límites acotados filosóficamente y moralmente. Este es el marco de una democracia sana, el que lo diferencia de una posible tiranía de las mayorías. Sí, cabe el debate, las decisiones de las mayorías, pero con límites en la inviolabilidad de la dignidad de las personas. Esta es la razón que deberíamos esgrimir ante líderes que apelando a su mayoría pretenden derogar libertades de expresiones, de movimiento o quién sabe si en un futuro, de asociaciones. Es la razón para no aceptar, aunque la mayoría vote a favor, una legislación que permita espiar a un ciudadano sin que este tenga derecho alguno, e incluso sin que nunca llegue a saber que se le vigila tan íntimamente.

Un gobierno democrático que quiera considerarse legítimo no puede violar estos derechos humanos a su conveniencia. Como ya hemos dicho antes -y como se sigue más de otras obras de Dworkin o del análisis de Andrea Greppi sobre nuestro autor en su Concepciones de la democracia en el pensamiento político contemporáneo – el propio sistema necesita respetar unos principios universales que no admiten arbitrariedad ni negociación, porque estos dan la propia estabilidad al sistema y permiten cumplir sus objetivos generales. Vamos, que no es posible la democracia de hombres libres e iguales si el gobierno se permite tratar a las personas a su conveniencia, aunque sea con el apoyo de la mayoría. Algo parecido recogíamos de Pettit en una entrada anterior.-

La falta de derechos sobre los detenidos y encarcelados -Guantánamo-, la indulgencia con las torturas -Abu Ghraib- y las penas de muerte, merman el carácter de una nación. Es una renuncia inmoral que además tiene consecuencias para el resto de la sociedad -vivir bajo un sistema con menos garantías y con la brecha abierta de la arbitrariedad gubernamental. Hoy les toca a ellos mañana te puede tocar a ti.

[ Aunque este no esta no es la posición de peso de Dworkin, que no apela a que la arbitrariedad puede volverse en contra de todos , transformando una nación de hombres libres en La Corte del Zar Rojo, ni tampoco explora el argumento de que juicios rápidos y sin garantías, crearían el clima de mayor inseguridad para todos imaginable- donde una nueva Inquisición de la señora Democracia, como antes lo era también de lo más puro, Dios, podría convertirse en el mayor enemigo de todos, caso por caso, casa a casa, enemigo a enemigo del gobierno- Argumentos, que como veíamos con Pettit, siguiendo a Maquiavelo y Cicerón, demostraban que la República bajo derechos es la única forma de seguridad para el ciudadano, que se puede dedicar a sus propios asuntos sabiendo que unos principios legales le protegen de los poderosos. Sintetizando, sin derechos no hay calculo seguridad posible, porque el día que el poderoso o el gobernante decida macharle usted no podrá hacer nada. ]

Para Dworkin más bien es una cuestión de principios que de seguridad y ciudadanía. Y en último término de honor. No podemos aceptar estas violaciones porque la seguridad no vale tanto como para el honor, si de verdad queremos ser hombres libres.

[ A mí, esta invocación del honor, si bien me atrae por otro tipo de valores, no creo que sea la mejor razón sistemática. Porque al fin y al cabo el concepto honor se puede sustituir por lo mismo que pretende justificar: el segundo principio de la dignidad, el ser responsable de la propia vida, convirtiendo la explicación sería un círculo muy pequeño: Si tienes como derechos la propia libertad no puedes permitir que se lo quiten a otros, sería un deshonor, porque en vuestra humanidad sois iguales.

Prefiero decir que este honor, o esta capacidad y derecho de elegir la propia vida, estaría puesta en cuestión, por acciones arbitrarias, y que no sólo la libertad está en peligro, sino la propia integridad física. No es que renunciáramos al honor, es que tarde o temprano otros nos lo quitarían. Prefiero argumentarlo así, porque el argumento de Dworkin necesita de una empatía con respecto del resto que tengo mis dudas de que sea universal -por desgracia-Sin embargo creo que cierta forma de egoísmo, o el mirar primero por uno mismo y la empatía por los muy cercanos, está mucho más entendido, y saberlo explotar, puede permitir tanto o más que la empatía con toda la humanidad, en términos de justicia y libertades. ]

Posiblemente este sea el jardín con más espinas. El que tiene los caminos más torcidos, y en el que sino terminamos admitiendo las sutilizas del análisis minucioso, nos dejará la piel llena de espinas.

Por lo general hay dos discursos en la calle -me permito hablar como pseudofilósofo y como urbanita que convive con la inmigración en el trabajo, antes en la universidad, en el transporte público, en el barrio y en el portal. Y como ahora, lector de Dworkin. Esto no es sociología y no podría decir si se habla mucho o poco en la sociedad sobre el tema, pero donde yo he citado, se habla mucho, muchísimo, más que en los partidos políticos o en los medios de comunicación- Las dos mitologías son: Un primer discurso un tanto despreciativo, de recorrido fácil y a veces con tintes xenófobos. Luego hay otro de derechos humanos para absolutamente todo junto con una idea puramente mercantil, que curiosamente es la preferida de los progresistas -el extranjero produce, con lo cual es legítimo. Y… cuando no produzca miraremos para otro lado ¿no?-

No hay posibilidad intermedia. No existe el debate. Quien critica problemas derivados de los movimientos migratorios, corre el riesgo de ser un racista. Quien defiende los derechos de un inmigrante corre el riesgo de ser tachado de hippy progre que por supuesto vive en un barrio bien y mira las cosas desde la barrera.

El problema es que esta dualidad puede llevarnos al silencio y a la indiferencia, tanto ante los problemas como ante la persecución del inmigrante. Nadie habla públicamente, sí entre amigos, de estos temas. No se habla, porque diga lo que se diga, en tono crítico, uno está condenado a caer en uno de los abismos. Y así uno puede vivir en una esquizofrenia considerable. Esto es lo uqe ha llevado a las personas progresistas, las que mandan o pueden escribir y hablar en los medios de comunicación, a que no dijeran nada crítico en un periodo de exaltación del inmigrante y tampoco digan nada crítico cuando la bandera es la persecución del inmigrante ilegal.

La vacuna para esta ceguera, y posiblemente para el segundo mayor reto /problemón de Europa, sea diferenciar nítidamente entre derechos humanos y el debate sobre las políticas concretas sobre inmigración. Hemos estados viendo, que aunque viven conectados ideales y concreciones en el mundo de las leyes, conceptualmente pueden diferenciarse. Puedo defender la dignidad de un inmigrante y no por ello tengo que renunciar a decidir como quiero que sea la política de extranjería de mi país ni impedírselo a otros. Puedo intentar cambiar esta política de extranjería pero nunca puedo violar los derechos humanos.

Los derechos humanos no dictan como un estado tiene que trabajar por la humanidad entera. Dicen lo que no puede violar su legislación. Dice que no puede actuar con mala fe contra el inmigrante o la nación extranjera. Pero no dictan como una nación tiene que desarrollar sus políticas concretas.

Impedir este debate es lo que está llevando a Europa a un movimiento extremadamente conservador. No puedo opinar, pues me quedo con los mensajes más viscerales, irracionales, apeladores del miedo, pero en los que al fin y al cabo salgo mejor parado. Un debate que si se admitiese, quizás no sería tan difícil de abordar. Quizás descubriríamos los miedos de unos y otros, lo que esperan unos y otros, haríamos de los prejuicios de unos y otros razones cuidadas, pulidas y respetuosas.

Quién sabe, si con ordenanzas municipales de convivencia y orden público -para todos por igual y con obligaciones de verdad, legales, y no sólo marcas para extranjeros, como esa tontería esa del contrato para inmigrantes del PP- Quien sabe, si asumiéramos que el multiculturalismo político no es más que la defensa de guetos que nunca convivirán entre ellos y de líderes no democráticos de subcomunidades, y si asumiéramos que los beneplácitos con los dogmas de las distintas religiones no son más que los peores enemigos de los derechos humanos, este problema no sería más que una cuestión administrativa de cómo asentar flujos de personas en una sociedad próspera.

Es verdad que la Frontera es el gran problema conceptual. Que retornar a un inmigrante en el fondo, aunque sea él ilegal y el procedimiento de expulsión legal, cae bajo la conciencia de que se le manda a un mundo sin garantías a pesar de su humanidad. Que no dejarle entrar es la misma condena dentro del sistema global. Pero no tengo solución a esta falla, entre la ciudanía global y la protección que sólo asegura el estado concreto, sólo veo la cooperación internacional -idea claramente insuficiente para el desarrollo de los derechos en el resto del planeta- Eso y el deseo de una internacional progresista.