Leyendo hoy el blog de Joaquín Leguina me he decidido a mandarle un comentario, ahí va:

Aceptando que no se puede ser de izquierdas otorgando derechos en función de la comunidad cultural que algunos “expertos” o predicadores otorgan a un grupo humano -y eso vale tanto para el nacionalismo como para un multiculturalismo político mal entendido- el argumento se queda corto.

Porque los derechos, tanto legales como sociales, que nosotros tenemos en España, están en función de un estado -de bienestar- que los distribuye y asegura, y el estado está en función de una soberanía nacional que en su germen no se diferencia del que tienen los nacionalismos.

La soberanía, concepto todo lo chusco que se quiera, está muy asociada a la idea de nación, al de poder, o poderes que se llevan bien en un mismo espacio y a falsas creencias en una cultura común -como si la cultura pudiese ser única y homogénea-

La diferencia no está en eso, sino en que la “izquierda” da a esa herencia histórica del estado -que a su vez es heredero del cruce de linajes de casas reales luchando por el dominio del resto- un impulso universal, al menos dentro de sus fronteras, y en la medida de lo posible fuera.

Y quiero que se me entienda, a mi no me gustan los nacionalismos, pero creo que criticarlos haciendo un canto al igualitarismo y contra las fronteras, sólo le da razones a ellos por nuestra incoherencia o por negarles algo de lo que nosotros si hacemos uso –la soberanía-

Más bien lo que diferencia a la izquierda –con sentido de gobierno y estado- del nacionalismo, es que una usa la soberanía para ampliar derechos, como por ejemplo los lingüísticos, y los nacionalismos para restringir unos y apoyar otros. La izquierda democrática juega a crecer y el nacionalismo a un juego de suma cero.

Quizás la diferencia entre la izquierda y el nacionalismo, más que de igualitarismo y de identidad, sea de la racionalidad aplicada al juego del estado.