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tervia.jpgHablar de la tematización electoral que favorece a la izquierda o a la derecha, supone que previamente tenemos que analizar y aclarar varias cuestiones que pueden surgir como por ejemplo ¿qué es la izquierda?, ¿qué es la derecha?, ¿qué supone el progresismo o el conservadurismo?, etc.

Desde la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición del llamado “socialismo real” que imperaba en la Unión Soviética y en sus países satélites estamos asistiendo a un fenómeno de reposicionamiento ideológico mundial, puesto que la antigua división del globo en bloques en cierta manera inspiraba la dialéctica política concreta de cada país, de manera que la izquierda en su conjunto y en su pluralidad tenía un referente ideológico en los países prosoviéticos, inclusive aquella izquierda contestataria con el comunismo como la socialdemocracia, mientras que la derecha tenía su referente en el modelo norteamericano más liberal.

Se ha extendido la idea de que con el fin de la división bipolar del mundo también habría desaparecido la dicotomía entre la izquierda y la derecha, debido al triunfo inapelable del modelo norteamericano de sociedad sobre el comunismo que se colapso solo. Las corrientes de pensamiento que proclaman el “Fin de la Historia” (Fukuyama: 1992) afirman que con el fin de la tradicional división ideológica, el mundo esta reagrupándose en “civilizaciones”, esto es,  en áreas geográficas afines en base a criterios étnicos, religiosos, económicos o sociales y que en consecuencia en el futuro la política estará marcada por la inevitable contradicción y enfrentamiento de “civilizaciones”. Estas corrientes de pensamiento apoyan el fin de las ideologías además en varios postulados que podemos agrupar en tres principios (Huntington: 1997):

§         La espontaneidad de los acontecimientos en el mundo actual y la inexistencia de margen para la acción política: para estos autores, las fuerzas de la razón económica son globales y por tanto prácticamente ingobernables para la política que tiene un ámbito de poder más reducido y apegado al Estado nacional, por lo tanto en opinión de quienes afirman que las ideologías han desaparecido tampoco cabría la diferenciación ideológica entre opciones, puesto que gobierne quien gobierne va a tener que hacer sustancialmente lo mismo

§         Las grandes transformaciones de nuestra sociedad: cierto es que vivimos en una época de cambios producidos por las nuevas tecnologías, los nuevos medios de comunicación y los recientes descubrimientos científicos que han revolucionado la vida de las personas.

Sin embargo ante postulados que afirman la desaparición de las ideologías, también han surgido teorías que aseguran que con la desaparición del sistema de bloques, sigue habiendo diferencias ideológicas muy profundas, entre la izquierda y la derecha y que desde luego hay margen para una acción política diferenciada entre opciones, que aunque compleja de explicar es sustancial en las países desarrollados.

Por ejemplo Norberto Bobbio (Bobbio: 1994) señala que aunque la izquierda ha salido tocada tras la caída del muro de Berlín, las diferencias existen y pueden enmarcarse en el concepto de igualdad, de tal manera que mientras la izquierda sigue luchando por el fin de las desigualdades, la derecha entiende a la sociedad como irremediablemente jerárquica.

Anthony Giddens (Giddens: 1998) sostiene que a pesar de lo que él denomina como “la muerte del socialismo” (cuando Giddens habla de socialismo está refiriéndose continuamente al marxismo) está surgiendo una “nueva izquierda” fusión de la socialdemocracia y el liberalismo superadora de la “vieja izquierda estatista” que se contrapone en el nuevo esquema ideológico de la Globalización a la “Nueva Derecha Neoliberal”.

 Incluso autores de procedencia marxista como Marta Harnecker (Harnecker: 1999) o Immanuel Wallerstein (Wallerstein: 1996), señalan que la globalización y la desaparición de la dinámica de bloques no ha terminado con la diferenciación entre la izquierda y la derecha, y que la supuesta falta de respuestas desde la izquierda al fenómeno de la globalización se debe exclusivamente a una crisis teórica que encuentra sus raíces en la incapacidad para elaborar un pensamiento propio y para  realizar un estudio riguroso de las experiencias socialistas que permita un análisis serio de las causas de su derrota y del desmoronamiento del “socialismo real”.

En este sentido también existe el convencimiento en las organizaciones de la izquierda internacional de que la dialéctica ideológica no ha desaparecido, aunque ha variado. El Informe de la Comisión Progreso Global (Global Progress; 1999) de la Internacional Socialista que se presentó al Congreso de Paris de 1999, señalaba que es cierto que las ideologías como sistemas cerrados y totalizadores han sido superadas, pero que cuando las ideologías se entienden como un conjunto de valores más progresistas e igualitaristas o más conservadores, es innegable que siguen estando vivas y siempre lo seguirán estando.

Igualmente otras iniciativas sostienen que la diferenciación ideológica no ha muerto, así pues en 1998 en Nueva York, se produjo el primer encuentro internacional sobre la “Tercera Vía” que fue seguido del “Policy Network” (Policy Network: 2003) celebrado en Londres en 2003 en ambos participaron importantes miembros de la Internacional Socialista como Tony Blair, Gerhard Schröeder, Göran Persson o Ricardo Lagos, junto con destacados miembros del Partido Demócrata norteamericano como Bill Clinton o Al From y miembros de la izquierda no encuadrada en la socialdemocracia como Luis Ignacio Lula Da Silva o Francesco Rutelli.

En ambos encuentros se trataron de cotejar las ideas de la izquierda internacional desde sus diferencias y en las conclusiones se manifestó que la globalización puede ser gobernada de otra manera desde otros valores, en definitiva desde la izquierda.

A este movimiento de defensa de la existencia de la dicotomía izquierda-derecha no han dejado de ser ajenos los partidos verdes europeos quienes en el Congreso de Constitución del Partido señalaron en su carta fundacional (en coincidencia con los postulados socialdemócratas) la necesidad de gobernar la Globalización.

Pero tampoco han sido indiferentes los otrora partidos comunistas europeos cuando constituyeron el Partido de la Izquierda Europea en 2004 en su manifiesto optaron por una postura de confrontación puesto que señalaba el mencionado documento que la Globalización debe ser combatida porque es el ultimo movimiento del capitalismo global para someter a las clases trabajadoras de todos los países, es decir desde este postulado la izquierda se asocia a la antiglobalización.

Todas estas posiciones doctrinales y políticas en definitiva sostienen que las diferencias entre izquierda y derecha siguen existiendo y que la globalización simplemente ha supuesto un cambio de terreno de juego y algunas reglas del mismo, sin embargo las principales decisiones sobre las cosas básicas que afectan a la vida de los ciudadanos pueden seguir ventilándose en la esfera de la política y desde una pluralidad de opciones.

En definitiva, puede concluirse que por un lado hay que tomar en serio las teorías que constatan el cambio mundial tras la caída del muro y la Globalización, porque son hechos históricos sin vuelta atrás, por tanto podemos acertar al indicar que tanto Fukuyama como S. Huntington tienen una posición correcta al señalar la obviedad de que el mundo bipolar ha desaparecido, no obstante no es menos cierto que la situación creada tras la desaparición de los bloques, no ha diluido la diferenciación ideológica entre la izquierda y la derecha puesto que como señala Bobbio esta se basa permanentemente en razones morales y filosóficas  (el principio de igualdad) y coyunturalmente en modelos políticos nacionales como sucedió durante la Guerra Fría.

Por lo tanto esta dicotomía entre la izquierda y la derecha sigue plenamente vigente, aunque es cierto como señalan autores tan dispares como Harnecker o Giddens, que el cambio de terreno de juego (el escenario de la globalización) debe ser atendido desde la izquierda, en mayor medida que desde la derecha, porque ésta ya lo ha hecho, mediante un proceso de adaptación de sus postulados a las nuevas circunstancias 

LA TERCERA VÍA 

               En este contexto el primer intento de redefinición de la alternativa socialdemócrata tiene su orígen en Gran Bretaña en el movimiento que se ha denominado la “Tercera Vía”. 

              A finales de los años 80 es en los países anglosajones es donde la embestida contra la izquierda se da con más virulencia, en los Estados Unidos por razones obvias puesto que su superpotencia adversaria en el mundo bipolar era la Unión Soviética  de la que bebía (incluso para negarla) la izquierda europea.

En los restantes países anglosajones la fuerza de las teorías neoliberales tiene como fundamento, la fuerte influencia (sobre todo en Gran Bretaña) de las políticas conservadoras procedentes de los Estados Unidos y que cristalizan en la era de Margaret Tatcher que realizó un desmantelamiento casi total del Estado del Bienestar construido en Gran Bretaña desde los años 50 (Giddens:1998) ha tenido manifestaciones en políticas seguidas por los gobiernos de países anglosajones como Australia o Nueva Zelanda, unida a una izquierda con unas características sui generis, que tradicionalmente la debilitaban en el plano del debate ideológico.

En un primer momento la izquierda anglosajona y norteamericana durante los años 80 e incluso antes de la caída del muro reaccionó plegándose a la ortodoxia más dura organizando  un discurso que pivotaba sobre los siguientes temas:

  

§         Política internacional de distensión e incluso de apuesta por la neutralidad: En los años 80 el Partido Laborista en su programa apostaba por la salida de Gran Bretaña tanto de la OTAN como de la entonces CEE, así como  por el abandono de las armas nucleares. Esta postura en un momento de crisis entre los bloques – recordemos que en los años 80 se produjo la invasión de Afganistán por la URSS, la invasión de Granada por los EEUU, etc –  fue hábilmente aprovechada por la derecha tatcherista que supo colocar a los laboristas como una opción irresponsable en política exterior y de seguridad. El Partido Demócrata también proponía una política de distensión con la URSS en un momento de crisis y de desmoronamiento que fue inteligentemente explotada por los Presidentes Reagan y George Bush quienes con su política de dialéctica anticomunista dejaron a sus contrincantes (Carter –1980-; Mondale –1984- y Dukakis –1988-) fuera de juego.

§         Defensa del sistema de bienestar creado desde finales de los años 40: esta es una pauta común en los partidos de la izquierda anglosajona y en el Partido Demócrata norteamericano (aunque en este último caso con las peculiaridades propias del modelo estadounidense). A finales de los 40 los presidentes demócratas (Roosvelt, Truman, Kennedy, sobre todo Johnson y Carter) y los primeros ministros del Labour Party (Atlee, Harold Wilson, etc.) habían impulsado un modelo social que pretendía terminar con la exclusión y que se basaba en líneas generales, en el esfuerzo por extender la salud, la educación y los subsidios a los más desfavorecidos y en un altísimo sistema impositivo y de cotizaciones. Este sistema fue el trampolín de los sectores más desfavorecidos hacia la clase media. Sin embargo con el tiempo la derecha supo hacer ver a los nuevos sectores de la clase media que sostener este sistema era un despilfarro porque la mayoría de la población ya no lo necesitaba y los que lo necesitaban se instalaban cómodamente en la “Cultura del subsidio” y era un incordio para el progreso económico porque requería de mucho esfuerzo económico. A mediados y finales de los 80 el Labour y los Demócratas norteamericanos mantenían un discurso de reclamar el esfuerzo de todos para mantener los logros del sistema de bienestar social sin proponer reformas o agilizarlo.

§         Apuesta decidida por la intervención pública del Estado: cuando a mediados y finales de los 80 se constata la crisis del sector público empresarial por su falta de productividad y se comienzan a plantear las liberalizaciones económicas en sectores estratégicos que requieren de competencia para su desarrollo (telecomunicaciones, sector naval, carbón) sobre todo los laboristas británicos se enrocan, seguramente fuertemente presionados por los sindicatos (que en el movimiento demócrata y laborista son realmente un poder fáctico y en el caso del Labour Party británico controla su estructura durante los 80 y 90) en la defensa del sistema de empresas públicas tal cual estaba frente a las privatizaciones (que no liberalizaciones) que proponía la derecha, de manera que este tema fue inteligentemente aprovechado por la derecha republicana y conservadora que hizo aparecer a los laboristas y demócratas como despilfarradores.

Las estrepitosas derrotas de los demócratas y de los laboristas, pusieron en marcha una serie de estudios electorales que trataban de demostrar por qué los antiguos sectores sociales a los que la izquierda había conducido al bienestar social le daban la espalda y se pasaban a la derecha, en este ámbito hay que destacar los trabajos de la Consultoría Norteamericana Greenberg Research, (Stanley Greenberg: 1990) que realizó importantes sondeos entre los “Reagan´s Democrats” y los antiguos votantes ingleses del labour y  detectó dos elementos importantes:

§         En primer lugar los antiguos votantes de izquierdas percibían que los partidos de la izquierda hablaban de temas de justicia social (sanidad, educación, pensiones) que por un lado y gracias a sus políticas ya eran de acceso universal pero que a ellos no les tocaban directamente puesto que en la mayoría de los casos se trataba de personas de edad media sin necesidad de médicos o de seguir estudiando y con un nivel suficiente de ingresos y que se agobiaban por los impuestos que tenían que pagar, es decir de personas que una vez logrado un mínimo bienestar tenían otros problemas que la izquierda no atendía.

§         En segundo lugar que el lenguaje político de ese periodo histórico era favorable a la derecha es decir la política se jugaba en el campo de la riqueza.

A partir de estos análisis y estudios surgen a finales de los 80 los denominados Nuevos Demócratas, un grupo auspiciado por en Comité Nacional Demócrata y que recogía en su seno a Electos Demócratas (como el Gobernador de Arkansas Bill Clinton, el Senador Al Gore o el Congresista Bill Richardson) este grupo apostaba por  ha denominado una estrategia de triangulación, en este caso proponían políticas progresistas que partían de postulados moderados en materia de impuestos, intervención económica o política internacional y que se internaban, dando una respuesta de izquierdas, en materias propias del adversario (familia, seguridad ciudadana, estimulo del crecimiento económico, etc). (Morris: 2002) Este movimiento pronto fue denominado “The Third Way” “La Tercera Vía” y pretendía ir más allá de la mera defensa del statu quo burocrático y de la pretensión conservadora de, simplemente, desmantelar el Gobierno.  (Obiols: 1999)

El éxito de los postulados de los nuevos demócratas estadounidenses, supuso que en 1992 recuperaron la Presidencia para Bill Clinton, lo que dio alas a los laboristas que tras un convulso periodo de crisis interna que desembocó en el fin del control de los sindicatos sobre el partido y en el abandono del marxismo con la abolición de la cláusula 4ª, así como  en el  cambio de algunos lideres  y la elección de Tony Blair; deciden imprimir un nuevo rumbo a su posicionamiento político. Es con la cita electoral de 1997 cuando Tony Blair lanza su propio concepto de “Tercera Vía” que después desarrollará Anthony Giddens, director del London School of Economics. La nueva vía de Tony Blair (Blair: 1998) se caracteriza por estos puntos:

1.      Es un término medio entre dos sistemas de organización económica y social (Capitalismo y Socialismo) esto es entre Mercado y Estado que surge de la síntesis de las dos grandes corrientes de la izquierda, el socialismo y el liberalismo.

2.      Apuesta por una sociedad civil fuerte, basada en los derechos y en los deberes de los ciudadanos.

3.      Quizá la aportación más importante y la más desconocida es la apuesta por el Gobierno activo basado en la descentralización y la participación ciudadana.

4.      Es inequívocamente internacionalista.

Anthony Giddens esquematiza los puntos que caracterizan a la Tercera Vía de forma clarificadora (Giddens: 1998):

Justicia Social – Protección de los vulnerables – Libertad entendida como autonomía – No hay derechos sin responsabilidades – No hay autoridad sin democracia – Pluralismo cosmopolita – conservadurismo filosófico –

Tanto los postulados de la Tercera Vía de los laboristas, como de los Nuevos Demócratas convergieron a partir de los encuentros de Nueva York y Washington en 1998. En ambos casos a pesar del intento por contar con la presencia de los líderes socialistas del momento, el nuevo posicionamiento de la izquierda anglosajona tuvo las reticencias de la Internacional Socialista, pues tanto Jospin, como Wim Kok y Antonio Guterres declinaron la invitación. (Plaff: 1998). Por su parte, Giddens criticó esta falta de entendimiento de lo que significaba la Tercera Vía y en todo momento negó que fuese Tatcherismo con rostro humano. (Giddens: 1999).

Tanto los demócratas como los  laboristas adoptaron una  temática electoral que les dio buenos resultados, lo que pudo observarse hasta el 2000  en el caso de los demócratas y continúa hasta hoy  para  los laboristas. Ésta temática se centra en  los siguientes puntos:

§         Nuevo Estado Democrático.

§         Descentralización del poder hacia arriba y hacia abajo: este tema defendido por la izquierda anglosajona supone una ruptura con el aislacionismo clásico de estos países: en el caso anglosajón es una apuesta decidida por la UE y en el caso norteamericano se basa en un voto de confianza para la ONU.  La descentralización ad intra, supone en el caso británico la devolution de la autonomía a las regiones y un impulso a los gobiernos locales como administración más ágil y cercana al ciudadano.

§         Doble democratización: ésta es la denominada “Reinvención del Gobierno” que supone un impulso a la desburocratización y a la calidad en el servicio público, es decir la aplicación progresista de la Nueva Gestión Pública.

§         Mecanismos de democracia directa: la descentralización debe suponer un aumento de los mecanismos de democracia directa allí donde es posible, principalmente en la esfera local. En este sentido hay que destacar el éxito de la reforma de Blair en el Gobierno Local, que ha supuesto como señala, un aumento en la participación y concienciación cívica de los británicos. (Lewis: 2004).

§         Prevención del Crimen basada en la Comunidad: este es un elemento clave en los éxitos electorales de Clinton y Blair, ambos apuestan por introducir un tema de la derecha en sus discursos y darle una respuesta progresista (el crimen no solo se combate con el castigo sino con la educación en la responsabilidad).

§         Una política progresista de la familia.

§         Economía mixta con preponderancia del mercado: apuesta por el mercado como regulador, por el papel progresista del emprendedor y con una intervención mínima del Estado.

§         Modernización Ecológica: las cuestiones medioambientales tienen una fuerte impronta en las administraciones Blair y Clinton (en ello jugó un importante papel Al Gore como Vicepresidente) y son un elemento nuevo en la temática de la izquierda laborista y demócrata.

§         Fin de la cultura del subsidio y nuevo papel del Estado: se apuesta por que el Estado tiene que garantizar a los ciudadanos las condiciones necesarias para que estos entren a competir en el mercado laboral, para ello los laboristas y demócratas apuestan por recortes drásticos en las ayudas sociales al desempleo y en un reforzamiento de la educación a todos los niveles de la sociedad como verdadero motor de igualdad de oportunidades, además apuestan decididamente por los sevicios de apoyo y recolocación de desempleados de naturaleza pública y por garantizar los subsidios a quienes lo necesiten por sus dificultades para retornar al mercado laboral, con lo cual no se suprime la ayuda pero se adapta para hacerlo sostenible.

La Tercera Vía puede parecer un cierto postulado temeroso del neoliberalismo que no puede renunciar a ciertas reformas impulsadas por el Tatcherismo y en parte es así, sin embargo ha sido para la izquierda, en particular para la socialdemocracia, un importante impulso en una doble dirección puesto que por un lado le ha permitido afrontar una respuesta a determinados elementos de la globalización que no parecía tener claros como por ejemplo la perdida de poder del Estado hacia dentro, es decir hacia los gobiernos locales. De otro ha permitido a la izquierda entrar en temas que le eran ajenos y que los electorados atribuían como mejor gestionados a la derecha cuyo caso más evidente es el de la seguridad ciudadana basada en la comunidad y en la educación en la responsabilidad, así como la familia.

Leyendo hoy el blog de Joaquín Leguina me he decidido a mandarle un comentario, ahí va:

Aceptando que no se puede ser de izquierdas otorgando derechos en función de la comunidad cultural que algunos “expertos” o predicadores otorgan a un grupo humano -y eso vale tanto para el nacionalismo como para un multiculturalismo político mal entendido- el argumento se queda corto.

Porque los derechos, tanto legales como sociales, que nosotros tenemos en España, están en función de un estado -de bienestar- que los distribuye y asegura, y el estado está en función de una soberanía nacional que en su germen no se diferencia del que tienen los nacionalismos.

La soberanía, concepto todo lo chusco que se quiera, está muy asociada a la idea de nación, al de poder, o poderes que se llevan bien en un mismo espacio y a falsas creencias en una cultura común -como si la cultura pudiese ser única y homogénea-

La diferencia no está en eso, sino en que la “izquierda” da a esa herencia histórica del estado -que a su vez es heredero del cruce de linajes de casas reales luchando por el dominio del resto- un impulso universal, al menos dentro de sus fronteras, y en la medida de lo posible fuera.

Y quiero que se me entienda, a mi no me gustan los nacionalismos, pero creo que criticarlos haciendo un canto al igualitarismo y contra las fronteras, sólo le da razones a ellos por nuestra incoherencia o por negarles algo de lo que nosotros si hacemos uso –la soberanía-

Más bien lo que diferencia a la izquierda –con sentido de gobierno y estado- del nacionalismo, es que una usa la soberanía para ampliar derechos, como por ejemplo los lingüísticos, y los nacionalismos para restringir unos y apoyar otros. La izquierda democrática juega a crecer y el nacionalismo a un juego de suma cero.

Quizás la diferencia entre la izquierda y el nacionalismo, más que de igualitarismo y de identidad, sea de la racionalidad aplicada al juego del estado.

LA DOMINACIÓN.

De la oposición y la lucha contra la dominación nace el republicanismo, su concepción y su historia de batallas y logros en nombre de la libertad. En el segundo capítulo Pettit trata de perfilar conceptualmente eso a lo que se opone esta tradición, a la interferencia arbitraria dentro de una sociedad.

No tener que bajar la mirada ante otro, poder ir de frente y sin miedo, viene de un impulso que yo diría que es casi ancestral o incluso biológico del hombre. Pettit no va tan atrás sino que lo enmarca allí donde tiene cabida la discusión política, en el estado. Para él la dominación, eso que nos hace estar un escalón por debajo del dominador y nos lleva a rehuir su atención por miedo, viene cuando éste interfiere arbitrariamente en nuestras opciones y elecciones que vamos encontrando y construyendo a lo largo de nuestra vida.

Esto puede pasar de muchas maneras, la interferencia no tiene porque ser sólo la evidente, que es la coerción física, también puede ser la de la voluntad, a través de castigos o amenazas de castigo -a eso que llamamos maltratos psicológicos, desde esta óptica se vería como una forma de dominación- e incluso la dominación se puede presentar en forma de manipulación, como puede ser la de controlar la agenda política. Pettit señala que esta forma no ha sido tenida en cuenta durante siglos, quizás por la misma forma de hacer política, donde la transparencia no ha sido uno de los valores fundamentales.

Hasta hace bien poco, la lucha contra la manipulación, ni era lo más atractivo que podía ofrecer una causa política, ni era una demanda fundamental de la ciudadanía. Pero ahora, en la sociedad del conocimiento donde la información lo es casi todo, esta forma de dominación, de interferencia arbitraria, tiene que ser contrarrestada, ya no basta con que los poderes se controlen a sí mismos con la antigua forma de la división de los poderes de Montesquieu; el acceso a la información de importancia se hace vital para ser libre eligiendo. Debe ser la sociedad global la que se pueda inspeccionar a sí misma.

ARBITRARIEDAD DEL ESTADO

Como ya hemos dicho en otras entradas, arbitrario no es tomar en consideración las opiniones y los intereses sobre los que se interfiere. No habría dominación de una persona sobre mí si se inmiscuye en mis opciones siempre y cuando lo haga atendiendo a lo que yo le diga y a que pueda tener control sobre ello. ¿Y en el caso de estado? ¿Estaría actuando arbitrariamente si actúa interfiriendo la voluntad de un ciudadano? Por ejemplo, alguien que se niega a pagar los impuestos o a respetar las normas de tráfico.

Pettit contesta argumentando que un estado no se ocupa de los intereses individuales que pueda tener una persona, sino aquellos que son comunes a todos. El estado diríamos, siguiendo al filósofo, se ocupa de intereses públicos, de los que están entrelazados entre los ciudadanos.

El estado para conocer estos intereses compartidos necesita disponer de la visión de la sociedad de cada una de las partes, por eso la libertad de opinar se hace fundamental y más a un la libertad de crítica posterior, vigilante de que las acciones del estado terminen siendo banderizas o faccionales. Programas de televisión como tengo una pregunta para usted, responderían a este tipo de exigencias republicanas. A las que por cierto Zapatero es el primero que se somete. Impulsa su propio control externo.

Y en último término está el control a través de unas elecciones libres y democráticas.

Este cuestionamiento constante del poder de interferencia se ve con mayor respaldo tras unos temibles hijos de finales del siglo XIX: el populismo y la libertad de contrato para imponer cualquiera de sus términos. Con el populismo, con esa verdad de la mayoría, con ese pueblo que habla, las minorías nada tienen que hacer ni protestar, aunque las estén exterminando. Con ese tipo de libertad de contrato, uno puede que tenga que llegar a la esclavitud si quiere entrar en el sistema de trabajo. Dos cosas que por supuesto sucedieron.

Felizmente, un poco de reflexión un poco de reflexión muestra que lo que se requiere para que no haya arbitrariedad en el ejercicio de un determinado poder no es el consentimiento real a ese poder, sino la permanente posibilidad de ponerlo en cuestión, de disputarlo. De acuerdo con lo dicho antes, el estado no interfiere de modo arbitrario mientras su interferencia se guíe por ciertos intereses e interpretaciones relevantes y compartidos por los afectados. Esto no significa que las gentes tengan que consentir activamente las disposiciones, de acuerdo con las cuales actúa el estado. Lo que significa, es cambio, es que siempre tiene que estar abierta la posibilidad de que los miembros de la sociedad, procedan del rincón que sea, puedan disputar el supuesto de que los intereses y las interpretaciones que guían la acción del estado son realmente compartidos; y si el cuestionamiento de este supuesto es sostenible, tiene que alterarse la pauta de acción del estado. (P.91)

¿Pero sólo la crítica puede acabar con la dominación? Recordemos que no sólo un jefe político puede dominar a través de la fuerza del Estado, también lo puede hacer un funcionario o la autoridad pública. Y difícilmente la crítica mellará su actividad. Así también hace falta un sistema de sanciones y leyes coercitivas levantadas sobre un orden constitucional.

El control público que asegura la no-dominación estaría pues en la libertad de opinión y en las sanciones bajo parámetros constitucionales. Yo añadiría una transparencia obligatoria -constitucional- de la agenda política, legislativa, económica, comunicativa y judicial.