Cuando se estudia la incidencia que tiene y los retos que plante la inmigración al Estado debe establecerse este análisis sobre dos premisas, en primer lugar que el factor que lanza los retos, el fenómeno migratorio, no es una realidad nueva y en segundo lugar que el elemento que se ve impactado por el fenómeno anteriormente señalado, el Estado, es un concepto que puede ser muy variable y por lo tanto difícilmente acotable en una definición.
En relación al primer factor, hay que tener en cuenta que el desplazamiento de personas de un lugar a otro, buscando mejores condiciones de vida por razones diversas (clima, prosperidad, riqueza territorial, etc.) es algo que ya se ha producido a lo largo de la historia, la Antigua Roma, sin ir más lejos, tuvo que asumir la llegada, a la capital del Imperio, de flujos de personas de diversos orígenes, culturas y tradiciones muy diferentes entre sí, mediante actuaciones de diverso tipo como la ordenación urbana, procura de agua y alcantarillado a las nuevas edificaciones de una ciudad en continuo crecimiento o reformando su sistema legal para afrontar supuestos interpersonales de sujetos de distintas procedencias.
Por su parte el segundo elemento de análisis, tampoco es nuevo, si bien es realmente complicado de conceptuar, puesto que cuando se habla de Estado, se enuncia un término de difícil acotación por razones emocionales e ideológicas.
Entre las muchas definiciones que se pueden dar del Estado pueden seleccionarse cuatro, cada una de las cuales puede explicar algunos determinados modelos de concebir el Estado, que se han tenido. Una perspectiva tomista[1], diría que el Estado vendría a ser la ordenación de la razón, dirigida al bien común por quien tiene a su cargo cada comunidad temporal, inspirada en el orden divino, es decir esta postura explicaría un modelo de Estado teocéntrico, en el que el soberano, inspirado en el ordena divino dirigiría los destinos de las personas de su ámbito espacial. En cambio un análisis marxista[2] definiría el Estado como un instrumento espacial de dominación de clase, es decir el Estado sería una herramienta en manos de la clase burguesa preponderante en un territorio, a través de la cual mediante mecanismos identitarios de alienación hacen olvidar al proletariado su conciencia de clase. El autor Alemán carl Schmitt[3], entiende el Estado como la integración de la comunidad nacional bajo el mando del Fhürer. Finalmente Bobbio[4] concibe el Estado como la legitimación del poder, democráticamente legitimado para remover los obstáculos, permitiendo desarrollar a los ciudadanos sus planes de vida libremente elegidos.
Estas cuatro definiciones son solo algunas de las que han pretendido definir qué es el Estado, sin embargo no es posible afirmar con rigor y sin ideología que una de ellas es la verdadera, antes al contrario puede afirmarse que todas en tanto en cuanto explican modelos de Estado tienen elementos de veracidad, puesto que el Estado ha sido teocéntrico, inspirado en un supuesto orden divino, pero también durante el siglo XIX y principios del XX fue un instrumento de dominación de clase, puesto que en las “democracias censitarias” el acceso de la clase trabajadora a derechos individuales y colectivos estaba vedado, si acudimos al periodo entre la I y la II Guerra Mundial también podemos observar que los Estados totalitarios como la Alemania nazi se fundamentaban en la adhesión fanática y basada en elementos de carácter racial de un pueblo a un líder, pero también tras 1945, se aprecia que el Estado se convierte en un elemento protector de los ciudadanos, que lo legitiman participando en la democracia, que ofrece protección y cobertura de las necesidades básicas de todos ellos, para que puedan desarrollar sus proyectos de vida. Sin embargo en todas ellas encontramos tres elementos comunes, población, territorio y poder o soberanía, es decir hablamos de entes que se forman cuando en un territorio se organiza jurídico-políticamente un pueblo, que por razones de diversa índole (alienación, legitimación democrática, etc.) se somete a un Gobierno[5].
Por lo tanto podría afirmarse a tenor de lo anterior de que quizás se esté mitificando el fenómeno de la inmigración, a fin de cuentas es habitual, desde finales del Siglo XX, oír hablar de que se vive una época de cambios, de grandes transformaciones, que han generado todo un presupuesto ideológico de la cultura del cambio, que hay que relativizar en muchos casos puesto que grandes transformaciones se han producido siempre, piénsese en la generación que vive la II Guerra Mundial y que observa como en apenas menos de diez años, surgen y desaparecen los Estados totalitarios, se lanza la primera bomba atómica, caen los Imperios Británico y Francés para dar paso a un mundo bipolar, se desarrolla un modelo de Estado del Bienestar y se crea el Mercado Común en Europa.
Sin embargo el hecho de relativizar la cultura de los cambios vertiginosos a la que anteriormente se ha hecho referencia, no implica negar por otro lado que cambios de gran calado (como siempre) se están produciendo y que el fenómeno de la inmigración, que se está produciendo desde finales del siglo pasado, parejo al proceso de la Globalización, supone un importante reto para el Estado moderno[6], puesto que desafía a los tres pilares sobre los cuales se ha sustentado, población, territorio y poder, dilema que no deja de ser menor puesto que afecta a la esencia misma de la idea de Estado, cualquiera que fuese su variante o modelo.
[1] Sobre la concepción tomista del orden social y el poder puede acudirse al texto de Tomas de Aquino en, Ansuategui Roig, 1994.
[2]. Sobre la concepción marxista del Estado puede acudirse al texto de Karl Marx en, Ansuategui Roig, 1994
[3] Schmitt, 1990.
[4] Sobre la concepción tomista del Estado promocional puede acudirse al texto de Norberto Bobbio en, Francisco Javier Ansuategui Roig, 1994
[5] Sobre los elementos constitutivos del Estado, puede acudirse al texto de Biscaretti di Ruffia en Pérez Royo 1997.
[6] López Sala, 2005.

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